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25 de Feb de 2021

Cultura

“Ahorasoy otra”

Lucy Molinar es tal como la ve uno en televisión: sencilla, intensa, espontánea, apasionada, y con una energía desbordante que a veces p...

Lucy Molinar es tal como la ve uno en televisión: sencilla, intensa, espontánea, apasionada, y con una energía desbordante que a veces puede resultar apabullante para quienes la rodean. Sin rodeos, sin maquillajes y sin la más mínima muestra de cansancio, a pesar de llevar sobre sus hombros una de las carteras con mayores desafíos dentro del gobierno, la ahora Ministra de Educación nos recibe en su casa de Costa del Este, donde vive junto con su esposo francés, Olivier, y sus cuatro hijos: Sebastián, Valentina, Viviana y Matías. Los chicos entran y salen, inquietos, de la pequeña sala donde nos instalamos. No les gustan los medios, a pesar de que nacieron entre ellos. Su mamá es una de las grandes de la televisión y la radio panameña. Durante casi veinte años ha estado al frente de las cámaras haciendo lo que más le gusta y en lo que más cree: defender a los que no tienen quién los defienda y tratar de mover los hilos de un andamiaje que ella ahora percibe más pesado de lo que creía. “Cuando te cambias de lado te das cuenta que no es tan fácil hacer las cosas”, reconoce.

Lo más difícil del cargo para Lucy es tener que contestar cuando su trabajo ha sido siempre preguntar. Sabe que su reto es grande y ha puesto toda su fuerza y su empeño en impulsar los cambios necesarios para que el sistema mejore. Pero no es fácil. “El sistema”, dice la ministra, “está hecho para decir que no se puede a lo que sea, pero al mismo tiempo pide que se hagan las cosas (...) Mientras uno en los medios siempre está peleando por causas y resolviendo cosas, en la administración pública hay que enfrentarse todos los días a la barrera de ese 'No' generalizado”. Por eso tampoco fue fácil tomar la decisión de aceptar el cargo que el Presidente Martinelli le ofrecía. “Fue el momento más difícil de mi vida”, advierte. Y aunque considera que el hacer este oficio no la cambió en nada como persona, reconoce que si le cambió la perspectiva y le hizo ver las cosas de otra manera. “Creo que, en ese sentido, ahora soy otra”.

Esa nueva mirada la ha llevado también a reconocer errores en el pasado y que es más fácil decir que hacer. “Incluso he llamado gente a decirle creo que me equivoqué al juzgarla”, admite.

Su mayor preocupación, naturalmente, es la calidad de la educación panameña. Sabe que el país está mal en este campo y que mejorar no es tarea fácil. “El cambio tiene que empezar en la cabeza de las personas, los profesores, los padres de familia y los funcionarios que tienen que estar convencidos de que cada persona vale por sí misma, que tiene que desarrollar un proyecto de vida y que no se va a la escuela a cumplir con un requisito, sino a ser mejor”, explica con vehemencia. Sabe que ella sola no va a lograr transformarlo todo, pero también que puede poner un grano. “Decir que lo voy a logra sería una vanidad que casi rayaría en lo ridículo”, anota. “pero por lo menos aspiro a dejar sembrada la inquietud”.

Cuando hemos avanzado varios minutos en la entrevista, Matías, el más pequeño de sus hijos, introduce una nota por debajo de la puerta, tratando de llamar la atención de su mamá. Lucy la lee tranquilamente y sonríe. Como madre de cuatro hijos, está acostumbrada a que ellos hagan parte de su vida profesional, que ha transcurrido en medio de funcionarios, ministros, presidentes, pero también llena de gente del común que suele acudir a ella en busca de las respuestas que el sistema no le puede dar.

Pero no todo ha sido éxito en la vida de Lucy Molinar. Para llegar a donde está ha tenido que trabajar duro. Aunque desciende de una familia de educadores, optó por estudiar periodismo en Chile, en épocas de la dictadura. Cuando regresó a Panamá a buscar trabajo, por cuatro años consecutivos recibió la misma respuesta: “No”. Entretanto trabajó en Venezuela, Brasil, España y Chile. “ Yo sabía que estaba tratando de saltar una barrera alta”, dice. “En esa época en Panamá no había un negro en televisión. Lucy Molinar de Colón...¿quien eres tú?, me preguntaban”. Lloró mucho y la pasó muy mal, pero no se detuvo. Aprendió entonces que en Panamá hay discriminación contra los negros y contra las mujeres. Pero no permitió que nada de eso la marcara. En una cena en Chile le presentaron a una de las dueñas de Canal 13 y, sin pensarlo dos veces, le pidió trabajo. “Háblate con mi hijo”, le dijo ella. Y así fue. Regresó por un mes a Panamá, a intentar de nuevo, y se quedó. Empezó como reportera de noticias y conductora de los programas “Alto y Claro” y “De mujeres” en Canal 13, después pasó a Canal 2 como productora y conductora de “Qué opinas”, y fue directora de noticias y gerente general de W Radio. De conductora del noticiero matutino de TVN salió para el Ministerio.

La clave del éxito, para ella, está en estudiar y aferrarse a Dios. “Yo estudio todos los días”, cuenta. Y como fiel seguidora del Opus Dei, cree que es importante avanzar, pero respetando siempre a los demás. “Tengo un carácter muy fuerte”, concede. “Si no hubiera aprendido a querer a los demás habría irrespetado a mucha gente”. Con el Opus Dei aprendió el verdadero sentido de la vida, que cada persona tiene un valor y merece un lugar que debe defender.

A la hora de las fotos, poco a poco va llegando cada uno de los hijos. Sebastián, el mayor, sienta de entrada su posición. “Lo que hago por tí, mamá”, le dice mirándola a los ojos con aire de 'después pasaré mi factura'. Se ve que se entienden. Después se incorporan Valentina y Matías, y más tarde Olivier. La más vanidosa de la familia, la pequeña Vivi, se hace esperar. Cuando llega, empiezan todos a hablar al mismo tiempo. Al preguntarles quién es el más exigente de sus padres, no dudan en decir que su mamá. “Pero cuando se trata de organización es mi papá”, dicen al unísino. Es evidente que se divierten juntos. Lo que más les gusta es cantar karaoke y jugar básquetbol en familia. “Los hombres contra las mujeres”, dice Olivier. Coinciden en que las mejores vacaciones fueron las del año pasado en España y las más descomplicadas unas en Estados Unidos, donde nadie los conocía, pero un “cazatalentos” se les acercó a ofrecerles un casting a los chicos por sus lindas facciones, resultado de la mezcla entre papá francés y mamá colonense.

CONTINÚA EL ALBOROTO Y EN MEDIO DE RISAS LOS NIÑOS SACAN A LA LUZ PÚBLICA QUE SU MAMÁ NO ES BUENA EN LA COCINA. “¡UNA VEZ CASI NOS INTOXICA!”, GRITA ALGUNO. “EL ÚNICO CHEF EN LA CASA SOY YO”, INTERRUMPE OLIVIER. TERMINADAS LAS FOTOS SE VAN, NO SIN ANTES INSISTIR EN QUE LA BRAVA DE LA CASA ES SU MAMÁ. +3B

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“Soy muy exigente”, reconoce Lucy. “uno tiene que aprender a exigirse a sí mismo si quiere ser alguien”, inisiste, y recuerda varios episodios en que quienes trabajaban con ella llegaron incluso a creer que los odiaba, porque les pedía mucho. Su directora de relaciones públicas, Fabiola De León, que nos acompaña en la entrevista, sonríe con picardía y cuenta que cuando trabajaba con ella en W Radio se peleaban cada dos por tres, hasta que renunció. “Se fue furiosa”, agrega Lucy. Hoy es su mano derecha en el ministerio y es evidente que mantienen una excelente relación.

La mayor satisfacción de Lucy Molinar es haber podido dominar el arte de ser mujer, tener una vida profesional satisfactoria y una hermosa familia. “Saber todos los días que puedes hacer algo por alguien, me da mucho placer. No trabajo buscando satisfacciones como coleccionando trofeos, sino por convicción”, dice con esa sonrisa amplia y generosa que hizo famosa en televisión. “Mi mayor satisfacción es tener cuatro hijos maravillosos y un marido espectacular”, agrega. ¿Su mayor frustración? “Que las ruedas no giren tan rápido como quisiera”. Con su impaciencia, a Lucy le cuesta ver que las cosas, especialmente en el Ministerio, no funcionen al ritmo que ella lleva. ¿Amigos? “Tengo muchos. La mayoría de ellos son mis mayores contradictores.. Hablamos, debatimos, pero seguimos siendo amigos”. ¿Enemigos? “Monedita de 20 dólares no soy”, advierte. Ella sabe que hay quienes dicen que es demasiado exigente en el trabajo y hasta algo soberbia y prepotente.

Y si de relaciones difíciles se trata, es imposible dejar de lado el tema de Omar Moreno, el ex director del Instituto Panameño de Deportes, separado del cargo esta semana. “Ahí no pasó nada, lo que hubo fue una lamentable situación. Hay una apasionante tarea por delante, el Presidente creyó necesario hacer un cambio que permitiera dividir las tareas y no nos pusimos de acuerdo con Omar”, cuenta.

— ¿Siente que Moreno fue desleal con usted?

— No, no..., responde tajante.

— ¿Y podemos hablar de su relación con Juan Carlos Tapia?

— Ustedes pueden, yo no.. (risas). Yo defiendo la libertad porque creo en ella, incluso la libertad de decir lo que no quiero oír, lo que no me gusta. No voy a hablar de él porque no comparto su forma de pensar. Hay cosas de las que no tiene idea. La rigurosidad que le piden a uno para un juicio no se la piden a él y ha dicho cosas que no son verdad. Pero si insiste en decir 'yo tengo la verdad'. Entonces mejor que sea feliz..

Lucy se considera una persona que se ríe de todo, empezando por ella misma. “También lloro por todo”, admite. “No te dejes llevar por la fachada. Soy una llorona”. Y es verdad. Cuesta creer que una mujer con tanta fortaleza, voz recia e ideas firmes, llore fácilmente. Entre sus defectos reconoce que el mayor es la impaciencia. “me lleva a ser intolerante. Esa es mi lucha constante”, dice con cierta introspección. Y entre sus virtudes, cree que la mayor es la comprensión.

A diferencia de muchos de sus compañeros de gabinete, a Lucy, que cuando inició su carrera periodística nunca pensó llegar a dónde está, no le interesa la función pública. “Yo no estoy aquí por política. Acepté porque se trataba del Ministerio de Educación y desde aquí tengo la oportunidad de construir un proyecto para mucha gente. ¿A cuántas personas un maestro les ha cambiado la vida? Si logramos que el sistema le cambie la vida a alguien, esa sería mi máxima realización.

— ¿Y consideraría alguna vez ser candidata a la Presidencia de la República?

— ¡No.. Me divorcian!

Aún así, es evidente que su nuevo trabajo ha ido permeando poco a poco todo lo que hace. Muestra de ello es que los seis libros que tiene sobre su mesa de noche, a medio terminar, son de educación. Entre ellos están “La dignidad de la persona humana” y “Educar es positivo”. Asegura que no los lee por oficio sino por placer, porque quiere contagiar al sistema para que se tome conciencia de que en los salones de clases no hay alumnos sino individuos a los que hay empujar y motivar para que cada uno encuentre y realice su proyecto de vida. “Que tengan adentro la ilusión y el deseo de aprender cada día más y convencerlos de que sólo así podrán llegar lejos”.

La entrevista se ha extendido más de lo que puede tolerar la familia de la ministra. Nuevamente el pequeño Matías pone en la ventana una carta para llamar la atención de su mamá y finalmente se asoma para decir que la esperan en el coche. Durante la sesión de fotos acordaron ir a cenar comida china y el hambre apura.

— ¿Ha pensado alguna vez en escribir un libro?

— Quizás cuando sea viejita, mis hijos no estén, y la casa me haga eco, contaré la historia de una niña colonense que salió adelante en la vida...