28 de Feb de 2020

Cultura

Reinas

Han pasado varios incidentes del mismo jaez y los he dejado correr sin escribir sobre ellos, pero como veo que en este país, a pesar de ...

Han pasado varios incidentes del mismo jaez y los he dejado correr sin escribir sobre ellos, pero como veo que en este país, a pesar de ser una república, el tema de los reinados es tan vital como los devaneos de la política nacional o las evoluciones de la última novela de moda, no me ha quedado más remedio que hacer referencia al hecho.

Antes de empezar he de decir que la existencia de mujeres bellas e inteligentes nadie la pone en duda. Todos conocemos a alguna, tanto entre aquellas que han alcanzado la fama como entre la ciudadanía anónima. Pero las que se presentan a concursos de belleza, o a reinados de lo que sea, pertenecen a una clase diferente, no quiero entrar en polémica, ni mejor ni peor, solo diferente.

A una mujer que se presenta a uno de esos concursos se le presupone un cierto grado de belleza, tal y como se le supone el valor a los soldados (bueno, por lo menos a los de antes). Con esa exigencia cubierta, los otros frentes que defender para presentar batalla son, a saber: maquillaje; vestido de gala (preferiblemente con mucho de lo que sea: mucho brillo, muchos volantes, mucho escote…); traje de baño (que tape lo que debe con la menor cantidad de tela posible); y un adefesio que se ponen para hacer ver que son la alegoría de algo.. Con estos elementos y un par de zapatos con tacón de infarto ya están listas para epatar a los jueces. Hasta aquí vamos bien. Mi asombro es por lo siguiente, si son concursos de belleza ¿porqué ponen a las pobres muchachas en la difícil situación de aprender cosas que no van a reflejarse en si se ven más flacas o más altas?

El tema no es nuevo, yo llevo mucho tiempo recopilando anécdotas. Por ejemplo, hace algunos años, en el magno y conocidísimo concurso Miss Hispanoamérica, celebrado en La Paz, hubo respuestas memorables: río más largo del mundo, Everest; año de la llegada de los españoles a América, 1893 (¡¿?!); capital de Bolivia, La Paz (tomando en cuenta que el concurso era en La Paz, podemos decir que esa señorita, literalmente, no sabía donde estaba parada). Para más regocijo, varias de ellas no sabían quien fue Cristóbal Colón. No he de recordar en nuestro país a Confucio, ni las recientes siete provincias panameñas, al río Tuira que pasa por la provincia de Panamá, y tantos y tantos otros dichos de gran profundidad, que fácilmente pueden ser buscados en Internet por los interesados.

Yo entiendo que ser bella 24 horas al día, los siete días de la semana, todo el año, debe ser un trabajo agotador. Tener una sonrisa permanentemente esculpida en la cara debe requerir una gran cantidad de fuerza de voluntad y un entrenamiento duro. Caminar con tacones como si fueran la prolongación de sus pies seguro que les ha costado sangre, sudor y lágrimas. Depilación total, salón de belleza diario, manicura, pestañas postizas y dietas draconianas. Aprender a poner la patita p'atrás para salir más estilizada en la foto y a dar la vuelta al final de la pasarela sin perder la elegancia. Saber como si fuera tu propio nombre qué colores son los que te favorecen, huir como de la peste de aquellos que no realcen tu tez, y saber que con tu color de pelo y de ojos el labial de moda este año, en tu caso, debe tener base azulada y no naranja.. En fin, tantos y tan importantes conocimientos que me asombra que siquiera recuerden en qué concurso están.

Por eso estoy escribiendo esto, como un apoyo a las esforzadas participantes de estos concursos, como un clamor a los señores organizadores. Sean clementes, si son concursos de belleza, confórmense con juzgar la belleza, midan las corvas, la inclinación de hombros, la proporción de la nariz respecto de las orejas y el tanto por ciento de puntas abiertas que tienen las cabelleras de las participantes, pero no sean crueles, no les permitan hacer el ridículo más espantoso tratando de hacer ver que, además, son inteligentes.