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18 de Apr de 2021

Cultura

‘Mi mundo son los libros’

El ruido de la calle ha desaparecido. En la estancia el olor de los libros apilados en escaparates en todas las paredes – salvo en los a...

El ruido de la calle ha desaparecido. En la estancia el olor de los libros apilados en escaparates en todas las paredes – salvo en los amplios ventanales y en el anaquel donde reina Napoléon en diferentes formatos – nos llena las fosas nasales. Hay libros en el escritorio, en el piso y también en el baño. Es aquí, donde Jorge Eduardo Ritter se complace en leer, escribir, pensar y recordar. Es aquí donde deja transcurrir la mayor parte de su tiempo.

‘No nos vemos todas las semanas ni todos los meses, pero como el mismo Gabo dice, cuando nos vemos es para ser amigos’, dice Ritter pensativo, afirmando a continuación que ‘lo más importante de nuestra amistad es que no recuerdo haber hablado de literatura con él’. Y aunque parezca contradictorio, no es un tema que al Nobel de literatura le interese tratar con personas que acaba de conocer, prefiere hablar de política, actualidad o música. Hace algunas semanas algunos panameños tuvieron el privilegio de compartir en Cartagena una tarde de ballenatos con García Márquez y hablaron de música.

A pesar de afirmar enfáticamente que el secreto de su amistad con Gabo es no haber alardeado de ella y que precisamente eso la ha hecho tan entrañable y perdurable, Jorge Eduardo reconoce que ‘uno no puede dejar de considerar un privilegio el tener la amistad del escritor en lengua española más importante después de Cervantes. Pero a la vez uno no puede dejar de pensar que 10 o 15 minutos después de conversar con él se tiende a olvidar que se está frente al gran escritor y sencillamente se halla frente a un amigo que hace sentir así a todas las personas’.

Pero la amistad con García Márquez no es lo único que hace de Ritter un personaje interesante, quien a pesar de asegurar que lo único que quiere hacer es estudiar y escribir y mantenerse alejado de la política - donde más fácilmente encuentras enemigos - es, según personas muy cercanas a él, un político nato. Aficionado historiador, este abogado de profesión que hizo sus pininos en la vida pública gracias a Omar Torrijos como viceministro de Trabajo, ocupó importantes cargos en etapas trascendentales de la historia panameña, como el de Ministro de Relaciones Exteriores el año de la invasión norteamericana y el de primer Ministro para Asuntos del Canal hasta la transferencia de este recurso a Panamá.

NI TAN CERCA QUE TE QUEMAS...

Fue precisamente de la mano de Omar Torrijos, a quien considera el hombre más agudo e inteligente que ha conocido, que aprendió a no acercarse demasiado a los militares. ‘Le voy a dar un consejo’, cuenta que le dijo, ‘no trate de ser su amigo porque ni piensa como ellos ni tiene su misma formación’. Y lo aprendido se reflejó en lo que pasó después de la invasión. ‘Pese a haber sido canciller en una época muy difícil para Panamá mi nombre nunca fue involucrado en las investigaciones porque no he pertenecido al círculo íntimo de ninguno de los militares’, recuerda Ritter. También gracias a este consejo su relación con Manuel Antonio Noriega fue absolutamente institucional. ‘Nunca fui a su casa ni él a la mía, ni éramos compinches’, afirma como para despejar cualquier duda al respecto.

Dos veces Ministro de Relaciones Exteriores, una de Gobierno y Justicia, una para Asuntos del Canal, embajador en Colombia y representante ante la ONU, entre otras funciones, Jorge Eduardo Ritter todavía lamenta no haber podido encontrar una solución negociada a la crisis política que enfrentó Panamá en los años 80, que hubiera evitado la invasión estadounidense. ‘Haber terminado ese periodo sin encontrar la solución creo que ha sido la gestión menos exitosa y el fracaso más estruendoso de mi vida pública’, sentencia con amargura.

En cuanto a su acción más exitosa, Ritter desearía que aún esté por llegar y que se manifestase en la producción nacional de investigación histórica y biográfica. ‘Porque no existen biografías de los personajes que han marcado la historia panameña: presidentes, artistas, deportistas’, sostiene Ritter. Pero si tuviera que escoger un aspecto de su vida pública ‘donde todo fue un éxito de principio a fin, en el cual no hay 10 o 15 años después ninguna reserva ni arrepentimiento, ni siquiera para decir que pudimos hacerlo mejor, fue la transferencia del Canal y todo lo que la rodeó’, asegura con un dejo de orgullo imposible de ocultar, aunque reconoce enseguida que no fue un éxito personal.

El tiempo ha transcurrido rápidamente esta mañana de agosto. Es quizás encontrarse frente a un buen conversador lo que ha aligerado el tiempo. Sin prisas, sin poses, sin pretensiones y con sencillez pero tratando de dejar bien claro lo que quiere decir, Jorge Eduardo Ritter se sometió al interrogatorio. Ataviado con un saco deportivo azul marino, camisa celeste, pantalón y calcetines grises, y zapatos negros, ha mantenido durante toda la conversación una postura relajada y cálida.

AVERSIÓN CARNAVALERA

Resulta difícil creer que este panameño que tuvo un papel protagónico en situaciones cruciales para la historia de Panamá y estuvo inmerso en la fuente misma del poder político no haya tenido ni tenga aspiraciones presidenciales. ‘Si alguna vez las tuve, el general Torrijos se encargó de quitármelas cuando me preguntó qué sería lo primero que yo haría si fuera presidente y le contesté que prohibir los carnavales’, cuenta socarronamente. Torrijos lo sentenció entonces a no alcanzar nunca tan alta magistratura, porque también es difícil creer que haya algún panameño que no guste de esta fiesta. Pero Ritter que ya experimentó las intrigas de la vida pública como ministro de estado, prefiere no saber cómo serán las de presidente y escoge quedarse con aquello que considera su mundo: el de los libros, la historia y la literatura.

Tratando un poco de justificar su aversión hacia una fiesta que tan fervorosamente celebran los panameños, comenta que quizás es porque la clase de música que le gusta – que tiene más que ver con la nostalgia que con el gusto – son las baladas y la clásica, música más para escuchar que para bailar. Se resiste, tal vez por un temor atávico, a mencionar los géneros musicales que no le gustan pero asiente y agradece cuando decimos ‘salsa, merengue y pindín’.

A pesar del pragmatismo con que enfoca el mundo y de saberse un hombre afortunado que ha tenido todos los libros que ha querido leer, a Ritter lo acompaña el temor a que ‘de verdad haya vida después de la muerte y yo no esté preparado para eso’, advierte serio. ‘Porque yo me he preparado para que con la muerte se acabe todo y no para después’ afirma este hombre que prefiere no hablar de sus creencias religiosas y a quien le sacan lágrimas el recuerdo de personas a las que ha querido, la tristeza y el llanto ajenos.

Nos despedimos de él sin poder dejar de pensar que quedaron muchos temas pendientes. Que debimos preguntarle sobre el tapón de Darién, sobre las relaciones colombo-panameñas con Santos en la presidencia del país vecino, sobre la carretera transversal del Caribe, sobre Ricardo Martinelli en en palacio de Las Garzas, en fin..., pero estamos seguros de que habrá otra oportunidad. Jorge Eduardo Ritter seguirá viviendo en Panamá y está dispuesto a darnos una entrevista por año.