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27 de Nov de 2020

Cultura

No os confieis demasiado

No hay cosa más peligrosa que un perro famélico, arrinconado y azuzado. No hay bomba de relojería más inestable que un hombre sin espera...

No hay cosa más peligrosa que un perro famélico, arrinconado y azuzado. No hay bomba de relojería más inestable que un hombre sin esperanza y sin salida. Cuando no tienes nada, si no tienes esperanzas de tener nada, tampoco tienes nada que perder. Cuando se sofoca a un pueblo hasta hacerle perder el miedo a la muerte, porque nada puede ser peor que lo que están sufriendo, se corre el riesgo de que lo único que pretendan sea llevarse a la mayor cantidad de enemigos posible por delante. Cuando tú ves que, si protestan unos cuantos pendejos en medio de una de las vías más importantes de Panamá durante horas, colapsando a un tercio de la población del país no les pasa nada y nadie les molesta, mientras que si tú cierras una calle allá lejos, donde el viento da la vuelta, te mandan enseguida a los antimotines acompañados de papá pitufo. Si tú ves todo esto, lo mínimo que puede pasar es que te pitufes un poco …No pretendo ser alarmista pero la historia me da la razón. Cuando a un grupo humano se les toca lo suficiente las pelotas suelen montar unos tinglados muy de temer. A veces no ganan, pero definitivamente joden.

Los indígenas panameños han sido masacrados, desalojados, reubicados, burlados, maltratados y ninguneados durante siglos. Sí, es cierto que hubo una conquista por parte de otro país hace varios cientos de años, pero no es menos cierto que desde hace un par de siglos son los propios panameños los que los matan de olvido.

La sociedad pendeja, feliz en sus nubes de cemento y cristal, alejada de la mierda de las calles, ignorante del hambre en la montaña, que no sabe lo que es ver morir a tu hijo mientras trata de nacer en cualquier trocha porque tu mujer no fue capaz de llegar al centro de salud, esa sociedad bruta, ciega, sordomuda, torpe, traste y testaruda se regodea en su estercolero de falso desarrollo, mientras a unos cuantos kilómetros hay personas con ganas de rebanarles el cuello mientras abusan a sus mujeres.

La falsa confianza que nos da la civilización, las garitas de seguridad, los muros aparentemente insalvables, los G.I. Joe`s de verde oliva y cananas repletas por la calle, con los bracitos balanceándose cerca del pistolón recién estrenado, nos hace pensar que es imposible que una horda hambrienta y cabreada se lance sobre nosotros. Pues muy bien, so tarados, sigan así, sigan ninguneando a un gran segmento de la población y verán cómo nos va a todos, quizás estos disturbios solo sean una algarada reclamando ser oídos, quizás en esta se libren, escudados en sus carros blindados y en las nubes de perdigones, pero fíjense, cuando los tengan suficientemente cabreados, cuando hayan tirado lo suficiente de la cola al tigre, a lo mejor todos nos ganamos un zarpazo. Y si no me creen dense una vuelta por el Museo Antropológico Reina Torres de Araúz y pidan ver las esculturas de Barriles, verán lo que hacían los antepasados de los que hoy están ahí fuera, peleando contra sus imposiciones y su intento de seguir tratándolos como idiotas, con los que no les caían bien… Verán hachas en una mano y cabezas cortadas en la otra… ¡Oh, perdón! Se me había olvidado que esas esculturas también las arrinconaron en una bodega para poder poner en su sitio a los ilustres panameños, los antepasados de los que ahora les tocan las narices a los indígenas panameños.