23 de Oct de 2021

Cultura

Israel, los palestinos y la piscina árabe

T odos hemos pasado por ello alguna vez. Una fiesta en una casa con piscina. Siempre comienza igual: los primeros valientes se zambullen...

T odos hemos pasado por ello alguna vez. Una fiesta en una casa con piscina. Siempre comienza igual: los primeros valientes se zambullen por iniciativa propia. El segundo paso es aún más sagrado, buscar a los que aún están secos y tirarlos al agua. En los últimos seis meses, los países de Medio Oriente y el Norte de África (la región MONA) han celebrado una fiesta en la piscina de la inestabilidad política, y han seguido las mismas dinámicas. Israel, el invitado más singular de la fiesta, ha estado observando todo con una mezcla de nerviosismo y excitación. Ya lo intentaron tirar a la piscina en marzo, con la matanza de Itamar y el atentado en Jerusalén, pero no funcionó. Israel se mantuvo seco, mirando a los demás chapotear. Ahora, con los últimos acontecimientos y lo que se espera hasta septiembre, parece que no hay escapatoria.

A LA CARGA NUEVAMENTE

Una nueva ofensiva regional e internacional parece estar tomando forma para intentar, una vez más, ’resolver’ el conflicto palestino-israelí. La rueda empezó a girar el 5 de mayo, cuando Hamás y Fatah fumaron la pipa de la paz en El Cairo. El acuerdo, no obstante, está aún lejos de traducirse en hechos concretos. Los apretones de manos y las fotos son fáciles y baratos y sólo el tiempo dirá si las heridas están cerradas. Por lo pronto se sabe que en la ceremonia no podían ni ponerse de acuerdo en quien hablaría primero.

Diez días después, el pasado domingo, Israel se vio ’atacado’ en todos los frentes en la conmemoración de la ’Nakba’, o la versión palestina de la creación del Estado de Israel. El ejército israelí estaba preparado para problemas en Cisjordania y la valla en Gaza, pero no se esperaba los miles de refugiados que intentaron cruzar la frontera desde Líbano y Siria. El resultado es de sobra conocido: los israelíes abrieron fuego, matando e hiriendo a decenas de refugiados.

Más allá de la rutinaria indignación, pocos se han hecho preguntas básicas. Israel no tiene paz ni con Líbano ni con Siria, por lo que esas fronteras son zonas militarizadas. ¿Por qué sirios y libaneses los dejaron cruzar en primer lugar? El caso libanés es más complicado y probablemente pasa por Hizbulá, pero en el caso sirio la respuesta es más obvia. Siria está totalmente sumergida en la piscina de la inestabilidad, y necesita desviar la atención por un rato.

Dos acontecimientos en Washington añaden más leña al fuego. Aprovechando el impulso de la muerte de Osama Bin Laden, Obama dio un discurso el jueves exclusivamente dedicado a la región MONA. No dijo nada fuera de lo normal, pero quedó claro que va a volver a la carga con una solución basada en las fronteras de 1967, producto de la guerra de los Seis Días. Al día siguiente, Benjamín Netanyahu visitó Washington para discutir el discurso y, por supuesto, el inminente salto israelí a la piscina. Después de los sucesos del domingo, varios oficiales israelíes han advertido que esto es sólo el inicio de lo que se viene: en septiembre, la Autoridad Palestina va a presentar una declaración unilateral de independencia en la Asamblea General de la ONU, y muchos países ya han prometido su apoyo. Huele a Tercera Intifada.

Todo parece indicar, entonces, que habrá un nuevo esfuerzo para lograr la paz a través de una solución de dos estados, que producirá ese estado independiente con el que sueña Obama. Pero, ¿que tan independiente sería ese hipotético estado palestino? Para evaluar esa pregunta debemos dar un paso hacia atrás, en tiempo y espacio, y ver las cosas con una perspectiva más amplia.

HISTORIA Y GEOPOLÍTICA

Comencemos por la historia. A grandes rasgos, la región MONA pasó de ser parte de una sóla entidad—el Imperio Otomano—a ser un conglomerado de Estados sin nación en sólo 30 años. Los vencedores de la Primera Guerra Mundial, Francia y Gran Bretaña, se repartieron el ’pastel’ como quisieron, creando fronteras geográficas arbitrarias, repartiendo tierras a sus aliados en la guerra y, más importante aún, inyectando el veneno del nacionalismo en la región. En el ex distrito otomano de Palestina, los británicos pusieron la cereza en el pastel patrocinando un proyecto colonial en pleno siglo XX. Sólo en Palestina hubo un transplante violento de población. Sólo ahí los judíos europeos—también contaminados con el veneno nacionalista—llegaron a una tierra a la que sólo les unía precisamente eso, un nacionalismo sui generis llamado sionismo. El desmoronamiento de franceses y británicos en la Segunda Guerra Mundial, el Holocausto y el inicio de la Guerra Fría catalizaron un desastre que llevaba cocinándose ya décadas. Los palestinos no son más que el residuo de la colonización judía de lo que hoy es Israel.

Así fue que Israel nació por tercera vez en la historia. Y por muy increíble que parezcan su victorias militares de 1948, 1967 y 1973, es necesario desmitificarlas. La geopolítica indica que Israel, cuando ha existido, ha sido inexpugnable para sus vecinos. El desierto que cubre toda su frontera sur y la mayoría de su frontera oriental es protección suficiente, y el área montañosa que lo separa de Siria hace que esa amenaza sea, en el peor de los casos, manejable. Las tierras a su norte han sido siempre áreas marítimas, mucho más orientadas al comercio que a la guerra. Israel, una vez establecido, sólo tiene que temerle a dos cosas.

La primera es a los grandes imperios. La costa oriental del Mediterráneo es la zona de convergencia del hemisferio oriental, y su dominio un imperativo para cualquiera que quiera dominar el Mediterráneo (como Roma), expandirse hacia el este (como Alejandro Magno) o hacia el norte desde África. La historia de Israel, desde los tiempos bíblicos, es clara: ha sido controlado por babilonios, persas, macedonios, romanos, turcos y británicos, y ninguno es vecino. La mira diplomática israelí, entonces, tiene que ser global.

La segunda cosa, y la más importante en la actualidad, a la que Israel tiene que temer es a la división interna. Y es aquí donde podemos responder a la viabilidad de un estado palestino. La ironía es que un estado palestino sólo sería independiente sobre el papel, pues económicamente sería un satélite israelí. Todo esto, claro está, asumiendo que Israel pagara el costo social de ’repatriar’ a los 500,000 colonos en Cisjordania.

El futuro estado palestino constaría de dos entes separados: Cisjordania y la Franja de Gaza. Cisjordania, de salida, se encuentra rodeada por un enemigos y un medio amigo: Israel y la Jordania hachemita. Aun así, su potencial económico es decente. Gaza, por otro lado, es una trampa demográfica y económica. Salvo sostenida por ayuda internacional, es un lugar económicamente inviable, con una densidad de población de unos 11,000 personas por kilómetro cuadrado.

De concretarse, el estado palestino tendría inmediatamente un producto de exportación: trabajadores. Miles y miles de palestinos que, al gozar finalmente de pasaportes y ciudadanía, abandonarían el infierno de Gaza. ¿Adónde irían? Aparte de los destinos tradicionales—países del Golfo, Europa y Norteamérica—la gran mayoría iría a Cisjordania y a Israel. En Cisjordania, las consecuencias son impredecibles, pero no muy optimistas. Israel es, sin duda, la única economía regional capaz de metabolizar este exceso de mano de obra. Las consecuencias de esa hipotética migración están directamente relacionadas con la unidad israelí, y con la preservación de su carácter de Estado judío. Los israelíes lo saben perfectamente. Un Estado palestino tal y como lo imagina la comunidad internacional es, a día de hoy, una pesadilla para todos los países de la región.

EL TABÚ SUDAFRICANO

El tema tabú es, por supuesto, la solución ’sudafricana’: una lucha palestina por derechos en un mismo Estado. Ésta no sólo sería imposible de contener en el mundo actual, sino que significaría el fin del Estado de Israel tal y como lo conocemos. Al fin y al cabo, el problema real es que los palestinos necesitan un estado, y en ninguna piedra está escrito que éste tiene que ser exclusivamente palestino. Su viabilidad y conveniencia son debatibles, pero al final de cuentas el debate se reduce al nacionalismo judío y árabe, ese veneno que los europeos esparciaron por todo el mundo.

El Medio Oriente contemporáneo es un gran desastre, producto de la debacle seguida de tres imperios en 30 años y del suspendimiento de las leyes de la historia por parte de los vencedores de la última Gran Guerra. La organización del mundo actual, con naciones-estado de fronteras sacrosantas, es producto de la era nacionalista, esa idea que es ahora anatema en Europa pero sigue contaminando al resto del planeta. Hoy, millones de personas que—a punta de sufrimiento y humillación—son conocidos como ’palestinos’, son muertos vivientes, seres sin Estado, sin derechos, y con una identidad precisamente definida por los atropellos de 1948, la contraparte desahuciada del nacionalismo judío, sirio, egipcio, libanés y jordano. Los palestinos son quizá los mayores perdedores de la historia. Cualquier solución que no tenga esto en cuenta será un bonito pero inútil intento: la fiesta en la piscina terminará antes o después, pero a los palestinos aún nadie los ha invitado.