24 de Feb de 2020

Cultura

Amos de las arenas

Las grandes metrópolis del mundo sólo existen, como unidades, en nuestra imaginación. En realidad, son miles —quizá millones— de univers...

Las grandes metrópolis del mundo sólo existen, como unidades, en nuestra imaginación. En realidad, son miles —quizá millones— de universos paralelos, todos con sus leyes propias y realidades únicas. Universos sólo unidos conceptualmente por un nombre: Beijing, Jakarta, México D.F., Mumbai o Buenos Aires. El Cairo es una de esas joyas de la raza humana, uno de esos espacios urbanos a los que que millones y millones de almas llaman casa.

Quizá la esencia de lo que significa El Cairo esté recogida en el viaje de hora y media desde el lujoso barrio de Zamalek hasta el mercado de camellos (Souk al-Gamaal) de Birqash. Zamalek es el Manhattan egipcio, una isla de prosperidad y riqueza en el milenario Nilo. El mercado, en el eje del desierto, a 25 kilómetros a las afueras de la ciudad, es el Egipto auténtico, donde el comercio de camellos se lleva a cabo de la misma manera que en los últimos cientos de años. Y el camino entre ellos comprende todos y cada uno de los niveles entre una cosa y la otra, entre tradición y modernidad, entre futuro, presente y pasado, entre los extremos que moldean la peculiar identidad del Egipto moderno.

CAMELLOS AL RESCATE

Los contrastes de Egipto son demasiado grandes como para ignorarlos. Inevitablemente, la mente se va hacia ellos mientras te alejas del centro de la ciudad. El viaje hacia las afueras es el tránsito hacia la pobreza, la miseria y la cruda realidad de un pueblo que ha sido violado sin piedad por sus gobernantes y élites.

Afortunadamente, a pocos kilómetros del mercado, los camellos aparecen para rescatarme de esa espiral estéril de indignación con el mundo. Aparecen poco a poco, montados en camionetas, de dos en dos o de tres en tres. Con sus largos cuellos mirando por encima de los vagones en los que viajan de camino a su nueva casa. Con sus ojos semicerrados, sus cejas caídas y sus narices en forma de ranura. Hay algo extremadamente simpático, gracioso, en éstos animales. Mientras que una vaca, una oveja o incluso un caballo son animales entrañables pero de expresión generalmente seria y ojos redondos e inexpresivos, los camellos tienen una expresión facial que parece sugerir que sonríen, que disfrutan de la vida, que en el desierto lo han visto todo y que, de alguna manera, están siempre en control de la situación.

El mercado, sin embargo, es un verdadero desafío para un camellófilo como yo. Incluso, diría, es una prueba de fuego para cualquiera con un poquito de sensibilidad para con los animales. Es un verdadero golpe a los sentidos. Lo primero que se ve son dos claros a cada lado del polvoriento camino. Es el mercado ‘informal’, donde las transacciones no pagan comisión al mercado pero tampoco gozan de las facilidades y garantías que éste ofrece. A cada lado del camino hay cientos de camellos. La mayoría lleva una pata amarrada, para reducir su movilidad, lo que hace que, cuando lo intentan, se muevan dando saltitos extremadamente graciosos. La medida de amarrar la pata, por cruel que parezca, es la única manera de mantenerlos controlados. Hay camellos que alcanzan los 2.15 metros de altura (con joroba y todo) y 700 kilogramos de peso, por lo que un bicho de esas proporciones a su aire y a toda velocidad no sólo es problema del pastor de turno: es una amenaza pública.

CRUELDAD Y TRADICIÓN

Mientras miro a un camello dando saltitos, un rugido de dolor me devuelve a la realidad. A 10 metros de donde estoy, un grupo de hombres intenta meter a un camello al vagón de una camioneta. La escena, para qué mentir, es impactante. Los camellos, todo sea dicho, son animales grandes, fuertes, y tozudos. Una vez realizada la transacción comercial, llega el verdadero desafío, que es meterlos en la camioneta de su nuevo dueño.

Y para hacerlo, los comerciantes no escatiman esfuerzos ni crueldad. Vi hombres dar golpes, patadas y garrotazos a los tercos animales. Fui testigo de cómo les echaron agua por la nariz para ahogarlos y les metieron las manos por la boca para hacerlos reaccionar. Y vi a los camellos gritar, gemir, y llorar de dolor mientras eran abusados y empujados, o cuando sus largas extremidades tropezaban sonoramente con el metal del carro. El brusco choque de hueso contra metal -con el consiguiente y desgarrador alarido de dolor- son cosas difíciles de olvidar. Son sonidos que te rompen el corazón, pero que hay que saber interpretar. Por más crueldad aparente que haya, la comunión entre camello, desierto y pastor está ahí, y es más fuerte que mis nociones adquiridas de crueldad animal. Es la manera como ésto se hace y se lleva haciendo por siglos. Difícilmente yo, un niño de ciudad del otro lado del mundo visitando Egipto por primera vez, pueda juzgar, precoz y torpemente, las leyes de un universo tan distinto al mío. El desierto tiene su manera de ser. Y como tal, debe ser respetada, al menos por mí.

UNIVERSOS NO TAN PARALELOS

Un poco más adelante, aparece la entrada al mercado en sí. Después de pagar las correspondientes 20 libras (unos $3.50) para entrar, dediqué las próximas dos horas a recorrerlo de arriba a abajo. Tampoco es que haya tanto que ver: en el fondo son sólo camellos, camellos y más camellos. Pero para el que sabe observar, aquí y allá se suceden escenas invaluables. Si te paras a tomar una foto, o te distraes momentáneamente con algo, es muy posible que te encuentres a punto de ser atropellado por un camello. Cada poco tiempo es posible ver un joven pastor correteando a un camello rebelde que, a pesar de tener la pata amarrada, decidió que era ahora o nunca. Una vez atrapado el fugitivo, la adrenalina del pastor baja y éste se distrae momentáneamente. Y en ese preciso momento, el camello aprovecha para intentar morderlo. La dentadura de un camello es tan peligrosa como la fuerza bruta de una abuela, así que el ataque es meramente anecdótico. Pero el camello obtuvo su venganza y el pastor, avergonzado, mira a su alrededor, asegurándose de que no hay testigos, que nadie se está riendo de él. Y yo aprovecho para irme de allí.

También es posible ver a los hombres regateando, con esa manera tan particular que tienen los árabes de negociar. Por momentos, pienso que se van a empezar a dar golpes, y poco después los veo abrazarse con la satisfacción del precio justo y la batalla bien librada. Un buen camello puede estar entre los $400 y $1000 dólares.

Además, está el aspecto social: la mayoría de los hombres que pasan las horas aquí, entre polvo, paja, calor, sudor y camellos, son sólo empleados —generalmente mal pagados— de grandes ‘ganaderos’ egipcios, millonarios que viven al otro extremo de todos los posibles espectros de la sociedad egipcia. La mayor parte de ese dinero tan apasionadamente negociado irá a parar a los bolsillos de éstos magnates, muchos de los cuales viven en barrios que hacen a Zamalek parecer un tugurio. Los universos de El Cairo, en realidad, no son tan paralelos.