22 de Feb de 2020

Cultura

Cortázar y los libros

Quienes tuvieron ocasión de visitarlo, recuerdan un antiguo edificio de fachada gris amarillento y grandes ventanales en la rúe Martel, ...

Quienes tuvieron ocasión de visitarlo, recuerdan un antiguo edificio de fachada gris amarillento y grandes ventanales en la rúe Martel, en París. En el piso séptimo, sin ascensor, vivía Julio Cortázar con una gata, la fotogénica Flanell, que había consumido parte de sus siete vidas, no se sabe exactamente cuántas, arriesgándose como un funámbulo por la cornisa del edificio desde la que cayó alguna vez al suelo.

Era una casa espaciosa y cómoda, llena de libros y discos. Nada más entrar, en una estantería a la derecha, llamaba la atención la ‘Enciclopedia Universalis’ que el editor le había regalado: en el lomo de uno de los primeros tomos aparecía su nombre, Cortázar, en letras doradas. La entrada dedicada a él cerraba el volumen y era algo que mostraba orgulloso y divertido a sus amigos.

En el salón, al lado de un ventanal, tenía un sillón negro de piel, con las patas sorprendentemente cortas. Alrededor, pilas de libros y, en medio, un pequeño velador sobre el que se veía un cenicero y una pirámide de cristal azulado. Contó en una ocasión Mario Muchnik que la compró en un anticuario por un precio ridículo. La veía en el escaparate cada mañana, al salir de su casa, y nunca se atrevió a preguntar pensando que sería carísima. Hasta que una mañana comprobó que la pirámide no estaba, y pensó que la habrían vendido.

A pesar de todo, entró. Resultó que la habían retirado para limpiarla, y que en contra de lo que pensaba, podía comprarla perfectamente.

Allí era donde se sentaba a leer, casi siempre con música de jazz sonando de fondo, aunque más que sentarse parecía de lejos agazapado en aquel sofá minúsculo, con sus piernas de zancudo plegadas a modo de atril.

Así se ve al Cortázar lector en sus libros: páginas profusamente anotadas, comentadas y llenas de cruces, subrayados, corchetes, y todo de tipo de señales con las que dialogaba con el autor.

Protestaba con frecuencia por la luz cuando dormía en hoteles o en casa de amigos. Y por eso hablaba con fervor de la luz parisina, ese paraíso de los medios tonos, de la luz matizada y el color blanquecino que se colaba a través de los cristales.