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27 de Jan de 2021

Cultura

El tesoro escondido de los escritores

M ario Vargas Llosa solía identificar los suyos con nombre y apellido y la ciudad donde los había comprado. Y los calificaba: del 1 al 2...

M ario Vargas Llosa solía identificar los suyos con nombre y apellido y la ciudad donde los había comprado. Y los calificaba: del 1 al 20, como se hace en las escuelas del Perú. Arturo Pérez Reverte aún acomoda sus 30.000 por tópico: ‘trabajo’, ‘clásicos’ y ‘sumidero’. Javier Marías desparrama los 20.000 por toda la casa. Eso sí, ordenados.

Esa es la relación que estos escritores tienen con sus libros. Una relación casi maniaca de tan visceral: es un material que aman, preservan y revisan todo el tiempo. Ahí está lo que más les interesa en el mundo: el lenguaje inmortalizado en papel. Son hojas y hojas asquerosamente bien escritas, justo lo que ellos intentaron hacer toda la vida.

Así lo cuenta el periodista y escritor español Jesús Marchamalo: ‘Las relaciones con los libros son siempre caprichosas, al menos en apariencia’. Marchamalo inspeccionó las bibliotecas de 20 autores y descubrió las curiosidades y obsesiones, y lo cuenta en el libro Donde se guardan los libros (Siruela). En diálogo con Facetas explicó que ‘cada persona se relaciona con los libros, con la lectura, de una manera personal, de modo que cada lector convierte su lectura en una experiencia diferente’.

VARGUITAS, EL ANOTADOR

La biblioteca del Nobel de Literatura, Mario Vargas Llosa, encierra algo de su propia dispersión infatigable de viajero. Las huellas de la errancia y las cuarenta casas.

Eso, dice Marchamalo, y un ‘vago rastro de los libros perdidos: los de su adolescencia, sus primeras lecturas, los textos de colegio y de universidad que devoraron el tiempo, el polvo y los gusanos’. Es que cuando Varguitas -en 1958 era Varguitas- dejó Perú para viajar a Europa y guardó algo más de mil libros en cajas en el desván de sus abuelos, no tenía ni idea de lo que iba a ver cinco años después: cajas deshechas, abiertas, abarquilladas, y los libros enmohecidos. Otros tantos, pedidos. Un tratado de Pascual de Gayangos sobre novelas de caballerías, por ejemplo. Desapareció y Vargas Llosa lo supuso malcomido. Pero un tiempo después ocurrió uno de esos milagros de los libros: ‘Lo encontró perdido en la tienda de un anticuario que se lo vendió sin saber que era suyo’, relata Marchamalo. ¿Cómo supo que lo era? Porque ‘siempre ha tenido la costumbre, algo escolar, de firmar los libros con su nombre’, cuenta.

EL GUARDADOR

Además de poemas exquisitos y un Premio Cervantes, el poeta Antonio Gamoneda tiene en su biblioteca de León, ciudad española en la que vive desde los tres años, un lugar destinado al libro del que aprendió todo. Allí, en primer plano, descansa el poemario con el que se inició en la lectura, el único escrito por Antonio Gamoneda padre, con el título de Otra más alta vida.

‘Fue durante mucho tiempo el único libro que teníamos’, cuenta el poeta, uno de los pocos que habían sobrevivido a los desastres de la Guerra Civil.

Su biblioteca actual creció sin raíces, con mimo, lo bueno y lo malo: jamás ha tirado ni un libro, y los divide en tres partes. Las estanterías de la primera planta, cerca de donde trabaja, para los mejores. Los menos interesantes van a parar al desván.

MARCHAMALO, EL INSPECTOR

Casualmente fue Gamoneda quien bautizó a Jesús Marchamalo como ‘el inspector de bibliotecas’. Él lo acepta con deportividad, y lo comparte para extender la felicidad de husmear libros ajenos: ‘Creo que fue una enorme suerte poder entrar en ese espacio de privacidad. Especialmente en el caso de los escritores, las bibliotecas aportan infinidad de datos que llevan a conocer mejor al escritor, y a entender mejor su obra’.

Así se metió, y narra, ese mundo íntimo de autores como Fernando Savater, Arturo Pérez-Reverte, Enrique Vila-Matas, Gustavo Martín Garzo, Clara Janés y Javier Marías entre otros.

El español, hijo del filósofo Julián Marías, atesora unos 20.000 volúmenes, apilados por toda la casa. Con el tiempo, su colección personal ha acabado pareciéndose al hogar de sus padres. La gran diferencia es que el novelista los ordena y en la casa paterna se dejaban sueltos.

¿Comparten ellos gustos literarios? Marchamalo arriesga que El Quijote es una presencia en todas las casas que visitó, y que hay autores que se repiten una y otra vez: Faulkner, Nabokov, Kafka, Baroja.

La minuciosidad de Vargas Llosa con las anotaciones, ¿lo define como quisquilloso? O la avidez de Javier María por llegar a lo que tenía Julián, ¿muestra la dificultad de un hijo con padre reconocido por desarrollar una vocación que es idéntica a la del modelo? ‘No sé hasta qué punto los libros hablan de sus propietarios o los definen. Decía Marguerite Yourcenar que una de las mejores maneras de conocer a alguien es ver su biblioteca’, contesta Marchamalo.

Lo que sí asume es que recuerdan que el amor a los libros está no sólo en leerlos, sino en hacerles habitantes privilegiados en las casas. Porque ‘hay libros indispensables que nos obligan a poseerlos, a conservarlos para hojearlos de vez en cuando, tocarlos, apretarlos bajo el brazo. Libros de los que es imposible desprenderse porque contienen fragmentos del mapa del tesoro’.