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28 de Nov de 2020

Cultura

Viaje al fondo del alma pataconera

Las calles panameñas están cubiertas de latas huérfanas, papeles andariegos y paquetitos de chigüí que, en su ocioso ir y venir, no han ...

Las calles panameñas están cubiertas de latas huérfanas, papeles andariegos y paquetitos de chigüí que, en su ocioso ir y venir, no han escuchado hablar jamás del origami y la posibilidad de una vida después de la muerte. Están de vacaciones, toman el sol y aprovechan el verano, qué remedio, luego de haber sido disparados desde esos autos trancados y furiosos que pitan sin cesar mientras no van a ningún lado. En su bonanza, las ventanas escupen todo aquello que les sobra. Y expulsados cual papa caliente, caen del cielo al destierro de una esquina anónima en un barrio centroamericano sin glamour, formando ese peculiar otoño panameño que desprecia las hojas secas y le apuesta a la más cínica reutilización de desperdicios que el mundo haya conocido.

Como dice la canción, ‘Oh qué será, qué será’. En estos días de importantes descubrimientos arqueológicos, no falta quien diga que los panameños, más que cochinos, son descendientes de tribus que se distinguían por tener muy mala puntería. Lo que si bien explica esos mares de locura que se forman en el 99.9% de los baños públicos del país, acaba siendo una teoría insuficiente a la hora de acercarse al misterioso origen de cómo fue que acabamos acostumbrándonos a vivir rodeados de desechos.

No caigamos en la ingenuidad express de achacarle los motivos a la falta de educación, negando así la labor de incontables maestros y padres de familia que perdieron la voz y la paz interior repitiendo hasta el cansancio que la basura va en su lugar. Reconozcámosle su labor y aceptemos que hemos decidido que vaya regada en las calles. Atrevámonos a descubrir qué es lo que la proliferación de pataconcitos refleja de nuestra identidad. (Para los amigos que nos leen en Vietnam, un ‘pataconcito’ es una pila de bolsas negras llenas de desperdicios que esperan a que las recoja el camión o se desate una epidemia, lo que llegue primero. La palabra viene del nombre del vertedero de la ciudad de Panamá, llamado Cerro Patacón. Y si quieren saber qué es un patacón, ahí sí ya les toca venir o preguntarle a Google, qué pena.)

Sospecho que la sociedad panameña es corrupta. Y no me refiero solo a quedarse con el vuelto o a las locas ansias de tumbar a un alcalde electo democráticamente. Corrupción es también la nada misma que parece haber invadido el alma viciada y desesperanzada de nuestra gente, que no logra desarrollar el más mínimo sentido de pertenencia con la ciudad que los alberga. Es romper lo que está nuevo y no arreglar lo que se rompió; es no indignarse ante la muerte de envenenados, quemados, reprimidos e infectados por instituciones del estado, solo porque no tienen apellidos importantes. Es conmoverse ante el dolor solo si lo promociona la Teletón. Tener un celular caro y ropa de marcar parece que logra mantener a raya el temor a que nos invadan las ratas, de la misma forma en que los fósiles chamuscados de todos los pinitos navideños que andan amontonados por ahí, demuestran que, sin importar lo mucho que crezca nuestra economía, nunca saldremos del subdesarrollo nuestro de cada día.

PERIODISTA