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02 de Mar de 2021

Cultura

El último Diablo Rojo a París

M e parece tan curioso cómo los seres humanos no estamos preparados para la visita de la Señora Muerte, siendo que el llamado de la paci...

M e parece tan curioso cómo los seres humanos no estamos preparados para la visita de la Señora Muerte, siendo que el llamado de la paciente damisela es una de las pocas certezas que tenemos en esta azarosa y fútil existencia. El fin como una consecuencia inequívoca del inicio, así como esta vida de altibajos no es más que un trance hacia el más allá. Así las cosas, digo yo, ¿para qué vivir preocupados por ese último respiro?

Mejor, como dice la canción, Smoke and be happy. Más cuando la inmensa mayoría de los habitantes del planeta abandera alguna de las tantas creencias religiosas que habla de la muerte como el paso hacía una vida mejor. Y sí la suya no, hágame el favor y se cambia de tolda inmediatamente, no sea masoquista. Bastante duro es este infierno (y no lo digo por la crisis de gobernabilidad que vive el país, aunque bien podría) como para tener fe en que la muerte será peor.

No quiero parecer sobrado ni resuelto, tampoco provocar alguna polémica estéril, tan solo compartir con ustedes esta genuina curiosidad que ronda mi cabeza estos días y mi opinión sobre el tema. Quizá peco de pragmático o no tengo hijos que vayan a quedar desamparados, quizá porque mi sensación de espiritualidad se parece más al plácido sabor del whisky jugueteando en mi boca (y no entiendo cómo Johnny Walker no es mi patrocinador oficial), pero hay algo de lo inevitable que me tranquiliza y en el fondo me reconforta. Sí que me asfixia cada milisegundo del diario vivir, pero me preocupa tan poco lo que vaya a pasar luego de que cierre mis ojos y no los abra nunca más. Muy por el contrario, intuyo que con la Pelona vendrá la paz envuelta en una música bonita.

Cómo y cuándo, ¿qué más da? Antes, ya no recuerdo bien cuándo por aquello de la edad, materializaba la muerte como un bus. Seguramente una derivación metafórica de esa frase popular que afirma que ‘andar en Diablo Rojo es como la muerte’, me figuraba que el día que me tocara el turno se iba a aparecer un bus al pie de mi casa. También llegué a imaginarme solo, esperando en la mitad de una carretera desierta y silenciosa, viendo cómo se acercaba a lo lejos uno de esos Diablos Rojos bien prittys de los que ya no quedan.

Uyuyuy, acabo de recordar que hubo un tiempo en que tenía un sueño recurrente en el que al morir estábamos destinados a volver al colegio. Como si no fuese suficiente tortura verme nuevamente con el uniforme escolar, siempre tenía que rendir algún examen pendiente para el que no había estudiado. ¡Un horror!

Hoy si me preguntan, pido que me toque algo fulminante y certero, como un ataque cardiaco, sin dolor ni agonía. De preferencia en un lugar público, bien concurrido. Si me toca en Panamá tendrá que ser en un Mall, pero me gustaría algo así como una plaza. Y que al caer mi cuerpo inerte, aun fresco, desate una gritería no vista, y que la gente compungida diga: ‘Ay que pena, era tan guapo y sexy…’.

Tengo miedo a ser asociado a uno de esos escritores de autoayuda de cuarta, que son tan famosos como carentes de sustancia (¡sí me refiero a ti, Coelho!), pero, ya que estamos, pienso que es importante tener conciencia del fin y vivir como si no hubiese mañana. La muerte, lejos de robarnos el sueño, tendría que movilizarnos, encendernos, excitarnos, liberarnos y apasionarnos, emparentarnos con el delirio y amigarnos con el absurdo. Y así correr desnudos por las calles dispuestos a incendiarlo todo.

PERIODISTA