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30 de Jun de 2022

Cultura

El hombre que se ideó

T al vez Andy Warhol supo que se terminaría pareciendo a la idea que tenían de él, indefectiblemente, y que podía construir esa idea.

T al vez Andy Warhol supo que se terminaría pareciendo a la idea que tenían de él, indefectiblemente, y que podía construir esa idea.

Apretaba sus granos, se ponía una de sus tantas pelucas y tomaba su polaroid para conquistar la primera promesa de inmortalidad. Con la segunda, presumía, le iría mejor: usaba su técnica de pintura y serigrafía y, entonces sí, la inmortalidad fue un hecho.

Warhol se copió a sí mismo muchas veces. Y ahí está ahora, sarcasmo fijo, en las paredes de los museos más importantes del mundo, como él quería que lo recordaran.

No, no es lindo. Buscaba esa belleza que se le negaba casi tanto como la fama. Poseerla era la realización mayor, después de todo, la belleza es una forma de rehuir al paso del tiempo, y también a la muerte. Y si algo quería era estar, permanecer: ‘Hago pinturas de mí mismo para recordarme que todavía estoy aquí’, mintió en una declaración.

El rey del arte pop nunca hablaba en serio. El arte le servía para la construcción fantástica del yo, perpetuarse y volverse él mismo una obra.

-¿Quiere ser un gran artista?

-No, quiero ser famoso-, respondió Warhol en una entrevista.

-¿Y quién es usted?

-Preferiría seguir siendo un misterio.

Nunca quiso dar por terminado el asunto de quién era. Tampoco pasar desapercibido. Que lo vean, sin entender. Que lo miren, sin ver. Estar en los márgenes.

Sí es cierto que tenía un deseo patológico de ser una estrella y que ee mostraba tan contradictorio como la cultura estadounidense de post guerra que representó como nadie: vanguardia y farándula, elitismo e igualdad, integración y marginalidad.

Quién es Warhol era el interrogante que le repetían los periodistas y entrevistadores, deseosos de ser ellos los poseedores de la respuesta más buscada. Huidizo, esquivaba: ‘Si quieres saberlo todo sobre Andy Warhol, sólo tienes que mirar la superficie: en la superficie de mis pinturas, de mis películas, de mí mismo, es ahí donde estoy. No hay nada detrás’.

¿Y qué en la superficie? Los 15 minutos de fama. Una imagen, varias. Luz, cámara, acción.

EL EMBRIÓN DE LA FANTASÍA

La fantasía llegó con varios fantasmas. Un padre ausente (murió cuando el tenía 14 años), una madre dominante, Julia, con la que vivió toda la vida, y dos hermanos mayores machistas, que muy poco entenderían su inclinación homosexual. Y él, que venía del fango, se soñaba estrella.

Tuvo dos aportes de la Gran Depresión que empujó a la familia a la humildad: el dinero escaseaba y en la mesa se servían las latas de sopa Campbell. Muchos años después, fue un gran negociante en el negocio, ganó millones y gastó céntimos, y justamente la sopa contribuyó con eso.

Alimentó, también, las ansias de ser parte de ese mundo de estrellas que se pasaba viendo por televisión. Le escribió cartas a muchas de ellas. Shirley Temple le contestó con una foto autografiada que, más adelante, le serviría como inspiración para los retratos.

PARECER, ESA ES LA CUESTIÓN

Al principio no le fue nada bien. Dibujante exquisito, su impronta gay explotó en una serie de serigrafías que a nadie le llamó la atención, y hasta a los artistas gays de la época le parecieron demasiado gays.

En los ‘50 intentó circular dibujos homoeróticos. No hubo caso. Las galerías le cerraban la puerta en la cara y Warhol, que quería vivir de su arte incomprendido, desembarcó en la publicidad en Nueva York. Ahí sí la pegó. No tanto, íntimamente, por los billetes que supo reunir, sino porque tomó conciencia de la importancia del packaging. Y se vio a sí mismo como un producto. Y reinventó sus productos.

Más que como el ideal de deseo masculino, puso a Troy Donahue, Elvis Presley y Marlon Brandon como la representación del papel que interpretaban en el ideario social. El fuera de la ley, el criminal, el motoquero.

O el que todos quieren ser. A esa la tenía clara: ‘Si ves por la calle a una persona que se parece a tu fantasía adolescente, es probable que no sea tu fantasía adolescente, sino alguien que tenía tu misma fantasía y en vez de hacerla realidad decidió parecérsele y entonces fue a una tienda y se compró el look que les gusta a los dos. Así que olvídalo. Piensa cuántos James Dean hay por ahí y en lo que eso significa’.

EL DANDY COOL

Para los ‘60, Warhol ya había conseguido hacer de él mismo una marca registrada. No era la imagen del loco, al estilo Dalí. Tampoco el perturbado, como Van Gogh. Lo de Warhol era un dandismo cool.

No respondía en las entrevistas y se cuenta que una vez le pagó a un actor para que fuese por él a una gira de charlas en universidades y a otro para que al mismo tiempo fuese a fiestas. Todo para que la gente creyera que podía estar en todos lados.

Había entendido cuál era el papel que mejor le cuadraba en el imperio del ‘American way of life’.

-¿Creés en el sueño americano?-, le preguntó Glenn O’Brien.

-No creo, pero creo que podemos ganar dinero con él-, contestó Mr. América.

Y lo hizo, diversifcado: desde las Campbell y fantasías infantiles, con lugares comunes y con íconos sociales, en cine y dibujos, montajes y otras creaciones.

En todas ellas, el poder, el sexo, la fama y la muerte, con una sutileza profunda. Detrás, el sueño americano que describió.

Ahí el drama y la muerte, cruzando a esas estrellas mitológicas que permanecen en el cúmulo social con un caudal desorbitante de juventud. Ahí Marilyn y Kennedy, poniendo su cuota de tragedia al sueño americano.