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21 de Jan de 2021

Cultura

Vivir para celebrarlo

PANAMÁ. Llegar a cumplir 100 años, con la cabeza lúcida, en control de todas las funciones y encima conduciendo en las atiborradas calle...

PANAMÁ. Llegar a cumplir 100 años, con la cabeza lúcida, en control de todas las funciones y encima conduciendo en las atiborradas calles de Panamá –y no usando lentes ni para ver de cerca o de lejos – es algo muy inusual, pero doña Javiera de Ruiz lo está disfrutando a plenitud, organizando su gran fiesta de cumpleaños, la primera celebración de esa índole que se realiza en el Club Unión. Desde hace un año hizo la reservación para el Salón Las Perlas y no se le escapa detalle para hacer de su onomástico un gran evento.

Sus hijas, Doris y Gladys, han venido desde España para estar presentes y, como estuvieron en el Colegio de María Inmaculada, conservan todas sus amistades de la infancia y las han invitado.

Pero la vida de esta señora centenaria vale la pena conocerla por las muchas vivencias que ha tenido en Panamá, --donde vino a vivir cuando tenía 16 años,-- como por la alegría con que enfrenta la vida, el optimismo que le pone a todo lo que hace.

Tiene un lindo apartamento donde amontona muchos recuerdos, retratos y donde se recrea haciendo sus manualidades, unos ángeles y mujeres empolleradas con tela, cola y papel, que regala con cariño y esmero a sus afectos.

SU ARRIBO A PANAMÁ

Doña Javiera vino a Panamá porque una tía, que residía en la Zona del Canal, le pidió a su madre que le mandara uno de sus hijos para acompañarles, a ella y su marido, que no tenían hijos.

El tío era empleados del gobierno americano y disfrutaban de todos los beneficios de los zonians. Estudió y se graduó en Balboa High School pero en vez de enamorarse de otro gringo, conoció al que fue su marido por 54 años, otro español que vino a nuestro país exactamente por las mismas circunstancias, para acompañar a un familiar que tampoco tenía descendencia. A diferencia de Javiera, Joaquín Ruiz estudió Farmacia en el Instituto Nacional y trabajaba en la recordada Farmacia Ruiz, que estaba en la avenida Central, propiedad de su tío, al que después se la compró.

Doña Javiera recuerda con detalles y fechas que conoció a Joaquín en un baile de la Sociedad de Beneficencia Española, el día de San Juan (24 de junio) y que le gustó desde el primer momento. Después lo volvió a ver en la piscina, donde ella era una diestra nadadora y él, queriendo impresionarla, se tiró desde el trampolín y casi se ahoga.

Ella lo salvó, metiéndole un puñetazo para sacarlo del agua. De allí en adelante, solamente tuvieron ojos el uno para el otro. Se casaron en 1931 y sus hijas nacieron entre 1932 y 1934. Javiera es de Navarra, de un pueblecito llamado Sanjueza y Joaquín de Burgos. Él era seis años mayor así que tuvo que esperar a que ella se graduara para casarse.

La situación en España no estaban muy bien así que, queriendo pasear y darles a sus hijas variados escenarios donde crecer, se fueron en 1942 a Buenos Aries, donde vivieron un par de años y las chicas asistieron a un estricto colegio alemán.

Las muchachas tuvieron otro destino de estudios después de un año de vuelta a María Inmaculada: internas en un colegio de monjas en Madrid. Posteriormente estuvieron semi internas y los padres las iban a ver en las vacaciones de verano y las llevaban a conocer un país que les había sido extraño durante sus primeros años de vida.

Gladys recuerda que cuando recién llegaron estaban perdidas en geografía, historia y otras materias que se referían a España, y daban hasta latín.

SU VIDA A PLENITUD

En ciudad de Panamá tenían un hermoso chalet donde hoy queda la Mueblería Ancón, en la esquina de Vía España y calle Colombia. Allí sus hijas crecieron con los jóvenes del barrio, a los que se refieren con mucho cariño y a la sombra de un jobo que daba muchos frutos.

Cuentan anécdotas hilarantes de cuando un toro se escapó y entró a su patio, y que iban a bañarse a la playa, donde hoy está el Hotel Miramar.

Los Ruiz demolieron la propiedad para darle paso a las exigencias del paso del progreso, construyeron un edificio de oficinas y se fueron a vivir a un departamento cuando ya sus hijas se habían quedado en España, cada una casada con madrileños. Con el paso de los años vendieron el inmueble y hoy la avistan desde la terraza del edificio donde viven.

Con la liberación de las cargas tanto laborales como familiares, ambos, Joaquín y Javiera se dedicaron a disfrutar de los amigos, a jugar al bridge, a ir al cine, al teatro y a viajar, cuando ya la sombra de la guerra había desaparecido. Javiera ha colaborado con las Damas Españolas, ha sido voluntaria del Hospital del Niño y parte de las Damas Doradas. No le ha faltado nada y ha derrochado salud todo el tiempo.

Joaquín murió en 1985, por haber fumado mucho, pero sin tener una enfermedad larga y desgastante.

Javiera le cocinaba a diario a su esposo. Hoy día ella lleva una dieta saludable, se toma una copa de vino con el almuerzo, no come carne y su comida más importante es el desayuno.

Además de estar en total control de su vida, tiene internet y un profesor que le enseña cómo manejarlo Dedica muchas horas a hacer sus muñecas de polleras, las que una vez el marido las exhibió sin que ella supiera, y juega bridge tres veces a la semana.

Doris tuvo cinco hijos y acaba de enviudar. Gladys tuvo dos y su marido murió hace dos años. Ahora Gladys pasa medio año acompañando a su madre y Doris, con más obligaciones por una familia más extensa, compromisos docentes ya que es filóloga y su reciente pérdida, lo hace menos.

Uno de sus nietos es pintor y exhibió hace unos años en Panamá --Carlos Fernández-- y recrea escenas tropicales en los lienzos.

VIVIR PARA CONTARLA

Es el título de la biografía de Gabriel García Márquez, y le queda calzada a doña Javiera. Su vida y la de su marido han sido gozosas y este hecho lo quiere compartir en esta celebración de sus 100 años. Así sí vale la pena vivir tanto como un siglo.