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18 de Sep de 2020

Cultura

Amores gatos y eslabones perdidos

Nunca pensé que algún día iba a encariñarme tanto con un animal. Eso bajo el supuesto, claro está, de que los seres humanos hayamos real...

Nunca pensé que algún día iba a encariñarme tanto con un animal. Eso bajo el supuesto, claro está, de que los seres humanos hayamos realmente evolucionado y dejado de ser bestias (cosa que dudo). Pero, sin entrar en diatribas científicas, yo me refiero a un animal animal (y no a los gorilas que nos gobiernan, mal pensado), específicamente a un felino negro y juguetón que vive conmigo desde hace unos dos meses y medio: mi gato Sábato.

Hace años que quería tener uno, pero la sola idea me hacía entrar en shock. No sé cual era el estres, sospecho que me asustaba perder mi libertad e independencia si adoptaba un animalito que dependiera de mí para sobrevivir, que son más o menos las ‘grandes’ preocupaciones que atribulan a los veinteañeros rebeldes y a las almas que se resisten a la estabilidad. O quizá simplemente quería ser un soltero empedernido/amargado/solitario, no sé. Lo raro es que de chico era un gatero irremediable. No podía ver uno mal puesto porque me lo metía en el bolsillo -¡literalmente!- y llevaba para la casa. No tengo idea dónde quedó ese niño despreocupado que fui.

Lo cierto es que Sábato me ha robado el corazón, lo cual descarta la posibilidad de que en el fondo sea un huraño insensible. Él no, yo. Me siento terriblemente cursi confesando esto, un Justin Bieber cualquiera, pero ahora no me imagino la casa sin él saltando de un lado para el otro, maullando y mordiendo para hacerse notar.

Ahora que, cuando se pone como loco, ‘vuelto el diablo’ como decimos en el patio, me da algo de culpa. Primero porque dicen que todo se parece a su dueño, y yo una santa paloma precisamente no soy; y de cachorro, digo de pibe, digo de pela’o me porté muy mal. Y segundo, porque dicen que los nombres influyen en la personalidad; y aunque fue todo un genio y es uno de mis escritores favoritos, quienes lo conocieron describen a Ernesto Sábato como un neurótico inaguantable.

Lo bueno de su personalidad volátil y pendenciera –y una de las cosas que más estoy disfrutando de su compañía- es que no le importa un cuerno lo que yo esté pensando o haciendo. Sábato siempre quiere jugar un rato. Y luego un poco más. Se esconde al pie del sofá, o debajo del perchero, a esperar que pase para saltarme encima y clavarse con sus uñas en mi pantalón. Si es que traigo, claro, sino pego un grito y lloro. Le debe parecer un mar de diversión ‘cazar’ zoquetes desprevenidos.

Cuando más enroscado en mis obsesiones creo estar, casi a punto de convencerme de mi pose ridícula de artista incomprendido que se está volviendo loco, aparece el inefable Sábato con su pelotita verde o ese tigre roñoso con el que se la pasa luchando todo el santo día, a ofrecerme su mejor cara de ‘deja de quejarte y vamos a jugar ya’. Y por solo cinco segundos, logra alegrarme el día.

En mi próxima vida quiero ser gato, dedicar mis días a comer, jugar y dormir. Pero de la calle, arrabalero. Y nunca más volver a escribir.

COLUMNISTA