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26 de May de 2020

Cultura

Hijo meritorio de los manglares de Juan Díaz

Nací en 1978, año en que mis padres decidieron comprar una casita en Las Acacias, barrio del corregimiento de Juan Díaz en el que crecí ...

Nací en 1978, año en que mis padres decidieron comprar una casita en Las Acacias, barrio del corregimiento de Juan Díaz en el que crecí y viví durante 25 años de mi vida.

Lo que más recuerdo de mi niñez ahí es la gran cantidad de espacio que teníamos para jugar, rodeados como estábamos de naturaleza en un barrio aún sin terminar. Detrás de mi casa, por ejemplo, había un amplísimo terreno sin uso al que llamábamos ‘El cerro’. Era un lugar increíble para montar bicicleta o para armar los ranchitos que inventábamos hacer cada verano, con las palmas secas y palos que encontrábamos. Nunca faltaba oportunidad para cruzarse con alguna culebra u otro bicho espectacular para mi tierna edad.

Si uno caminaba hacia abajo hasta el final de ‘El cerro’, llegaba al manglar. Una zona mítica para mí entonces, en mi mente siempre aparecía como un lugar lleno de animales y aventuras. Yo soy muy travieso y de niño mucho más, era frecuente que me diera mis escapadas por horas. Y recuerdo vivamente que era de lo más común, que al salir de casa mi vieja me dijera ‘Roberto Isaac, no quiero que estés inventando ir al manglar’. Por lo que hoy, con mucho humor y sinceridad, cuando me preguntan de donde soy respondo que de Los Manglares de Juan Díaz. Un caimán.

En el Juan Díaz de mi niñez era todo muy verde, no había edificios. Era como estar en Managua, por ejemplo, una ciudad completamente rodeada de verde. Mi papá me llevaba a ver carreras de motocross y competencias de lazo ahí donde hoy hay centros comerciales y barriadas. También recuerdo esa cosa graciosa de ‘Vamos para la ciudad’. Pero ciertamente, entonces parecía que la ciudad llegaba hasta Río Abajo, y nosotros vivíamos en algún punto en el camino al aeropuerto. Es más, en el colegio siempre jodían con que yo vivía donde ‘El diablo tiró la chancleta’.

Hoy de aquello queda muy poco. En la calle donde crecí, calle 8va, a duras penas puedo conseguir estacionamiento cuando voy a visitar a mi vieja: pasan 20 autos por segundo, todos a gran velocidad. Me resulta increíble que justo ahí solíamos jugar al béisbol, fútbol, ‘la tiene’, la lata y todas esas cosas, sin que pasara un solo auto. En serio, no es exageración. Por partido si acaso pasaban dos y a una velocidad moderada. Dónde juegan los pelaos hoy, no sé. Seguramente videojuegos encerrados en casa.

Juan Díaz no es más ese lugar donde el Diablo tiró la chancleta. Está prácticamente en el centro del infierno, si consideramos cómo ha crecido Panamá Este. Y hoy padece de todos los males de los lugares que crecieron sin planificación alguna: tráfico, escasez de agua, basura por todos lados, problemas de inseguridad, etc. Me da no sé qué volver al barrio y ver todas esas casas llenas de rejas.

Cómo ha influido esto en mis obras, pues no lo sé. En el periodismo sin duda que sí, pero en el teatro no lo sé. Las influencias deben verlas los críticos. Sí te sé decir una cosa: algo que me ha acompañado toda la vida de haber crecido en Juan Díaz, en el barrio de Las Acacias, es el guacho cultural que se cocinaba en sus calles, y eso sí que se ve en mis obras.

Siempre me preguntan que por qué mis personajes son siempre de distintos lugares, a lo que respondo que pienso que el mundo está compuesto de esa forma, de personas de diferentes lugares. Y no podría pensar de otro modo luego de haber crecido rodeado de vecinos que venían de todas partes: inmigrantes del interior del país que vinieron a establecerse en la capital igual que mis padres; así como la gran cantidad de afro antillanos y estadounidenses que eran mis vecinos: los Forbes, los Leonard, los McKenzie y los Cumberbatch, por mencionar solo algunos. Luego toda la inmigración china, el cura venido de España. En fin, un poco de todo, como es Panamá y en definitiva el mundo.