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09 de Apr de 2020

Cultura

Preludio a la liberación de la niña

Luego, la ternura y la guerra; la guerra y la ternura. Después, la piel desnuda, los labios rojos y los pechos mordidos; la espalda en l...

Luego, la ternura y la guerra; la guerra y la ternura. Después, la piel desnuda, los labios rojos y los pechos mordidos; la espalda en la pared, el rasguño; el espejo, los pies descalzos. Y las manos (¡cómo van a faltar las manos!). Las manos —arañas— que se muerden, que se atacan, que se aprietan. Las manos que se dan el veneno del recuerdo. Las manos que, al fin, se entrelazan. Y después la penumbra, las ventanas abiertas, las ramas de los árboles que se mecen allí fuera en lo negro. No es el viento el que las mueve, es la batalla, el ritmo, el movimiento, la noche, la entrega; el verso y el color, el poeta y la pintora. ‘Las ramas -piensa el poeta- las ramas se meterán en el cuarto, nos abrazarán y nos llevarán, desnudos, a la copa del árbol, y allí nos quedaremos, aves nocturnas, entre las hojas, respirando la noche, lamentando y celebrando muertes; yo describiré la muerte de la luna, tú pintaras la muerte de la ciudad’.

La pintora, toda ella un lienzo bajo el cuerpo del poeta, lo mira como leyéndole el pensamiento, y parece que quiere hablar, pero su deseo es hacer del gozo un grito y del ardor un abrazo. ‘Apartarle el cabello del rostro -piensa el poeta- ver sus ojos al momento del estallido; es un riesgo, lo sé, pero quiero corrérmelo’. Pero no se atreve, titubea, y ella, atenta, lectora de sus dudas, se aparta el cabello ella misma y lo mira a los ojos, profundamente y sin piedad. Y ella estalla. Y él estalla. Poeta y pintora estallan. Poema y color estallan. Y por primera vez un silencio verdadero se riega por la habitación. Y en los ojos de ambos: cansancio, alegría, noche, confusión, risa, árboles; y noche. Y ramas.

Ella se levanta y va al baño. Se escucha agua correr. Luego regresa y con el rostro mojado se asoma por la ventana. Acaricia las ramas de los árboles. Voltea la cabeza y con la mirada lo invita a ir con ella. Él accede y se quedan acariciando las ramas juntos. Pero él, impaciente, busca, en los bolsillos de sus pantalones tirados en el suelo, dos pedazos de papel y dos bolígrafos. ‘Dibuja algo mientras yo escribo’, le pide. ‘No quiero dibujar esta noche -responde ella- quiero hacer alguna cosa que nunca haya hecho antes, alguna cosa que resucite a la niña que ha muerto en mí’. ‘¿Como qué?’, pregunta él sin apartar los ojos del papel en donde acaba de anotar la frase: ‘quiero resucitar al niño que ha muerto en mí’. ‘Como montar bicicleta’, dice ella de inmediato, como si lo hubiese venido pensando desde hace mucho. Él levanta la mirada sorprendido y dice: ‘¡Nunca has montado una bicicleta!’. ‘No’. ‘¿Nunca aprendiste?’. ‘Pues, no’. Él se levanta del suelo y la mira a los ojos. Están desnudos, pero no se tocan —los toca la noche, los tocan las ramas—. Ellos tan solo se miran, como queriendo darse algo misterioso y dulce. Pero no se tocan. ‘¿Quieres que te enseñe?’. ‘¿Esta misma noche?’, pregunta ella con ojos de lágrima. ‘Esta misma noche, no hay tiempo que perder’. ‘¿Tienes bicicleta?’. ‘No, pero robaremos alguna’. ‘¿Resucitará la niña?’. ‘La niña y el niño, ambos’. Y están desnudos, pero no se tocan. Y ya son niños, pero aún no lo saben.