Temas Especiales

30 de Nov de 2020

Cultura

La mayor herejía de Padura

Uno de los mayores atractivos de la pasada Feria Internacional del Libro de Guadalajara 2013 era la presentación de la última novela del...

Uno de los mayores atractivos de la pasada Feria Internacional del Libro de Guadalajara 2013 era la presentación de la última novela del escritor cubano Leonardo Padura, titulada Herejes. La obra fue lanzada el pasado 28 de agosto bajo el sello editorial Tusquets, donde el autor ha publicado todos sus libros.

Padura es el fenómeno editorial que, sin haber salido de Cuba, reivindica su estancia en la isla gracias a un arraigado sentido de pertenencia. Padura escribe sobre lo netamente cubano, lo que le sería muy difícil lograr si disfrutara de un exilio dorado. Me lo confesó el año pasado en su casa de Mantilla y lo ha repetido en varias entrevistas que le hicieron por el lanzamiento de su nuevo libro.

Sin embargo, su esperada aparición en Guadalajara, donde lo presentaría Paco Ignacio Taibo II (también iba a participar de un debate sobre literatura y socialismo, junto a Néstor García Canclini, entre otros) no pudo concretarse debido a una condición cardíaca que le mantuvo hospitalizado en su ciudad natal. Para muchos significó una gran decepción no estar frente al autor de la historia novelada del asesinato de León Trotsky, la fascinante La novela de mi vida y la serie policial compuesta por siete historias del detective Mario Conde. Pero este personaje y muchos otros están presentes en Herejes, que funde el género histórico y policial y reconstruye la llegada de los judíos a Cuba.

HEREJES

Para poder escribir esta ambiciosa novela, Padura tuvo que investigar mucho sobre el judaísmo, sobre los judíos que llegaron a Cuba –algunos vinieron después a Panamá— y sobre las tendencias pictóricas holandesas del siglo XVII. Se empapó de todos los detalles de sus vidas, de cómo piensan y actúan esos chicos que les da por ‘frikis’, ‘punks’ o ‘emos’, como es el caso de Judy, Yovany y Frederic.

A inicios de la Segunda Guerra Mundial, desde el puerto alemán de Hamburgo, el trasatlántico St. Louis zarpó hacia La Habana con 937 judíos que venían a La Habana en busca de la libertad. Después de estar anclado 15 días en el puerto de La Habana, no se les permitió bajar porque las autoridades cubanas no acordaron un soborno. En tierra los familiares observaban con angustia cómo el barco se alejaba con sus seres queridos.

Uno de los pasajeros guardaba en su equipaje un valioso óleo de Rembrandt, que después apareció en una casa de subastas. Este es el argumento inicial y principal de la novela de Padura, quien teje todo un enjambre de escenas muy habaneras con épocas del siglo XVII, cuando los pintores holandeses se aferraban a la disciplina de sus maestros. Pintar un judío que semeje a Cristo es un motivo de linchamiento por parte de la cerrada escuela flamenca de pintura.

Mario Conde, el detective burlón y despelotado que ha sido el personaje principal de los libros de Padura, se encuentra con la familia Kaminsky para tratar de encontrar el lienzo. A medida que avanza la historia se van relevando sus interioridades y deseos, amores y miedos. Durante el desarrollo de la novela (que tiene desenlaces imprevisibles), el autor no escatima en referencias a cada uno de los títulos de la serie de Conde.

LOS EMOS

En medio de esta búsqueda sin fin, se le presenta a Conde el rastro de una chica que era ‘emo’ y que ha desaparecido. En los diálogos, en los encuentros y los motivos de los personajes vamos aprendiendo que todas estas influencias no dejan de hacer mella en juventudes tan supuestamente sólidas como las cubanas. El libro es un abanico de instancias que resultan de ‘una exhaustiva investigación histórica y con documentos históricos de primera mano’, en palabras del propio Padura, y nos mete de lleno en la realidad cubana, compleja y dura, la que critica sin ambages en forma atinada.

Es lo que se espera de un filólogo como Padura, escritor, guionista y periodista, que hace gala del manejo de la resolución de las historias, como en cada novela de Conde, como en la vida, donde siempre hay una dosis de dolor y otra de esperanza. Y los protagonistas no escapan impunes a esto.

Este libro, que gentilmente me trajo Ebrahim Asvat, es una crítica aguda al régimen, aunque en mi conversación en su casa el año pasado defendió la apertura que se estaba iniciando.

Vibrante y lleno de sorpresas, Herejes no da tregua al lector, situándolo en varios escenarios, aún los más impensables, además de mostrarle muchas facetas de la cultura cubana de 1939 (cuando el St. Louis estaba fondeado en su bahía) y de hoy. Asimismo, revela manifestaciones de los jóvenes habaneros que, no contenta con la falta de acceso a unas buenas Converse, un MP4 o una Blackberry, deciden convertirse en emos y con ello explorar nuevos caminos para avanzar con su vida.