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02 de Apr de 2020

Cultura

El mártir que cayó hostia en mano...

Treinta y cinco años después de ser asesinado en plena misa, monseñor Óscar Romero será beatificado en El Salvador

Aquel 24 de marzo de 1980 monseñor Óscar Romero levantó la copa del cáliz por última vez. Fue en la capilla del hospital La Divina Providencia, ante las monjas, periodistas, intelectuales y activistas políticos que le segían para escuchar sus homilías, que denunciaban las violaciones a los derechos humanos de la gobernante Junta Cívico Militar. Mientras que ofrendaba el cuerpo y la sangre de Cristo, una bala calibre 22 le perforó el pecho. Una bala solitaria y certera. Fue su sangre la que selló la eucaristía de ese lunes funesto.

Cincuenta años atrás, el que hoy se conoce como ‘San Romero de América', beatificado ‘por odio a la fe', ingresó al Seminario San Miguel, cerca de su natal Ciudad Barrios. El niño de 13 años aprendió ahí las canciones que ensalzaban a los mártires de la orden claretiana. Ahora le tocaba a él ofrecer su vida, un sacrificio que acabaría empujando a El Salvador al abismo de la Guerra Civil, y convirtió al cura en uno de los personajes más reconocidos del siglo XX.

AL PADRE LO HALLÓ LA GUERRA UN DOMINGO DE MISA...

Cuando Romero fue designado obispo de la diócesis de Santiago de María el 15 de septiembre de 1974, nadie en El Salvador se imaginaba que su apasionada defensa de los más humildes y su constante denuncia de los abusos perpetrados por el régimen militarista lo convertirían en un ícono revolucionario equiparable al Che Guevara.

Ismael Montero, superior provincial para Centroamérica de la orden Claretiana, que vivió en El Salvador entre los años 1998 y 2000, comenta que sus allegados lo recordaban como un hombre ‘medio enfermizo, soso, tímido', hasta que subía al púlpito. Una vez ahí, ‘era invadido por el espíritu santo'. ‘Cuentan que el timbre que su voz adquiría era sorprendente', señala el sacerdote.

Así lo recuerda también Demetrio Olaciregui, corresponsal panameño de United Press International . ‘Hablaba con mucha convicción, convirtiéndose en la voz que necesesitaba el país'.

Lo nombraron obispo porque era muy ortodoxo, precisa Montero. Pero su carácter cambió después del asesinato, en 1977, de su amigo Rutilio Grande, a manos de los ya conocidos ‘escuadrones de la muerte'.

‘Denunció ese asesinato en términos muy fuertes, convirtiéndose en un catalizador del descontento social. Es entonces cuando comienza a ser la ‘voz de los sin voz”, asegura Olaciregui, quien transmitía las homilías de Romero por teléfono a Costa Rica, desde donde eran retransmitidas al resto del continente americano.

Nominado a un Premio Nobel de la paz, Romero se convirtió en crítico feroz del régimen instaurado tras el golpe de estado del ‘79, perpetrado por la Junta Revolucionaria de Gobierno, en el que una vez cifró sus esperanzas, pero que no estuvo a la altura de sus expectativas. ‘Estas reformas han nacido bañadas en sangre', le dijo Romero, nombrado arzobispo el 3 de febrero de 1977, a Ocilaregui durante una entrevista.

El domingo 23 de marzo, un día antes de su muerte, Romero proferiría la que sería, tal vez, su homilía más incendiaria, exigiendo a las fuerzas armadas, en nombre de Dios y el sufrido pueblo salvadoreño, acabar con la represión. Una prueba más de su coraje, que le terminaría costando la vida.

EN MEDIO DEL PADRENUESTRO ENTRÓ EL MATADOR...

El mismo día de su muerte, Olicaregui llamó al arzobispo. El periodista estaba preocupado por el nivel de odio expresado por el ejército hacia el sacerdote. Le preguntó si podían reunirse aquella noche, pero Romero se excusó porque tenía que oficiar una misa. Ninguno de los dos sabía que sería la última. Cuando Olicaregui arribó a La Divina Providencia la liturgia ya había comenzado. El reloj marcaba cinco minutos para las 7:00 p.m, cuando un disparo interrumpió los preparativos para la ecauristía. La bala que alcanzó al arzobispo también cortó la respiración del periodista panameño, que solo acertó a recoger los lentes de su moribundo amigo. ‘Eran viejos, gruesos y con aros de plásticos, pegados con fósforo. Eran un ejemplo de su humildad, de su carácter austero', recalcó sobre la ‘herencia' que después dejó al cuidado de monseñor Arturo Rivera y Damas, sucesor de Romero.

Los días que siguieron a la muerte del arzobispo serían especialmente caóticos. La edición del 25 de marzo de La Estrella de Panamá registró la desconsoladora jornada: ‘Tan pronto como se transmitieron los anuncios de la radio sobre el asesinato, millares de salvadoreños corrieron por las calles de la capital rumbo a sus casas, temerosos de un brote de violencia'.

La asistencia a su funeral sería multitudinaria. Acudió el mismo pueblo al que el arzobispo había escuchado, siendo víctima, una vez más, de una represión militar brutal, que dejó cientos de víctimas.

SUENAN LAS CAMPANAS OTRA VEZ...

El 24 de marzo de 1990, diez años después de su muerte, se iniciaron oficialmente las gestiones para canonizar al prelado. Pero el proceso quedó estancado en 1997, después que el Vaticano aceptara la validez de la causa. No fue hasta la proclamación de Francisco Bergolio como nuevo papá, que el proceso salva su último escollo.

‘Juan Pablo II venía de otro mundo, había experimentado la realidad del comunismo soviético, por lo que le costaba entender la postura de Romero. Aún así, cuando visitó El Salvador insistió en que le llevarán a su tumba, abandonando la ruta oficial, donde se postró y lloró', recalca el sacerdote claretiano.

El pasado tres de mayo el Papa latinoamericano aprobó el decreto en que reconocía el ‘martirio de Romero por odio a la fe'. Esta estrategia eliminó la necesidad de adjudicarle algún milagro a Monseñor, acelerando así el proceso de beatificación.

Para Montero la ceremonia que se cumple hoy, donde se espera que participen varios jefes de estado de la región, además del cardenal José Luis Lacunza, es una forma de ‘reconocer a un personaje que algunos consideran como dudoso'. ‘Si usted va a El Salvador hoy en día encontrará a gente para quien no es santo de su devoción, ya que Monseñor no apoyaba ni a la guerrilla ni al Gobierno. Era un idealista'.

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INMORTALIZADO POR LA SALSA

Presente en el álbum ‘Buscando América', ‘El padre Antonio y el Monaguillo Andrés' es la canción que Rubén Blades escribió en homenaje a monseñor Óscar Romero.

DEDICATORIA

El día que fue anunciada la beatificación del salvadoreño, el cantante volvió a dedicarle el tema en Facebook.

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