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18 de Jan de 2021

Cultura

¿Para quién escribo?

Una cosa es que yo decida navegar con bandera de pendeja y otra muy distinta que lo sea

Tengo una admiradora. Me dicen que me lee todas las semanas aunque no siempre esté de acuerdo conmigo. Va a misa los domingos y vive en el interior. Supongo que a veces se escandaliza con mi vocabulario, y si fuera mi madre (o una de esas tías de cariño que voy recogiendo por la vida) se la pasaría sermoneándome y reconviniéndome. Que no se puede ir de esa manera por el mundo. Que una dama no puede ser malhablada. Ni rebelde, ni inconformista. Ni levantar la voz. Ni reír a carcajadas. Ni gritar en la cama.

Me encanta saber que gente como ella me lee. Me gusta saber que aún hay personas que tienen la mente lo bastante abierta como para comprender que también hay que leer a aquellos con los que no concordamos; sobre todo hay que leer esas opiniones. Esa es la única forma de mantener los pies en la tierra y no creernos los enviados de los dioses.

Alguien me pregunta que para quién escribo. Que cuales son los disparadores de un aullido. Y la respuesta a ambas preguntas está relacionada. Escribo para gente como esa admiradora, porque la estupidez es lo que me rompe las pelotas.

La estupidez de aquellos que se creen listos. Los que piensan que son guapos. Los que tratan de hacerte comulgar con ruedas de molino.

Me cabrea la injusticia, pero me molesta más que la gente se conforme. Y lo que hace surgir al monstruo verde en mi es que traten de medrar con el juegavivo.

Una cosa es que yo decida navegar con bandera de pendeja y otra muy distinta que lo sea. Lucho por el derecho a ser contradictoria, y por el derecho a decirles a los demás que sus derechos están conculcando los míos y que se los guarden un ratito en el bolsillo.

Me gusta la poesía y los poemas. No siempre me gustan los poetas. Pero el talento se reconoce y se acata. Me cabrean los políticos, en la mayor parte de los casos porque son feos, de espíritu y algunas cosas más. Porque mienten, y además, ni siquiera se molestan en mentir con elegancia. Pretenden envainárnosla sin vaselina. Y, tú me perdonarás, pero si me vas a coger, por lo menos ponte salivita.

Me cabrean los que juegan con los sentimientos de las personas, ya sea burlándose del amor, o manipulando el arraigo y las raíces para crear un falso nacionalismo de pacotilla y pescar en río revuelto, sacando ganancia política. A esos gilipollas les digo que miren a ver, que esas vainas suelen explotar en los morros de los que juegan con fuego.

No me gusta polemizar por polemizar. Ni me gusta la pelea porque sí, pero si yo fuera el abogado del policía que le partió los morros al doctor ronconcito, apelaría todo lo que se pudiera apelar.

Soy de derechas por ser casi anarquista. El Estado, cuanto más pequeño, mejor. La burocracia, al mínimo. Y el paternalismo lo quiero abolido. Odio que me digan que no puedo sentarme en el borde del malecón porque me puedo caer.

Me provoca la inteligencia, la bonhomía y el sentido del humor. Me provocan acercarme a la persona que los posee y aprender de ella.

Y sí, también me encanta acercarme a mis lectores y escucharlos. Algunos de mis amigos han surgido a raíz de estos aullidos. Van también estas palabras para Paco, y para Willo, y para Thirza, que también me lee y también se respinga cuando escribo culo. Ups, lo hice de nuevo. Perdón, estimada lectora, no lo haré de nuevo (por hoy).

COLUMNISTA