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25 de Feb de 2021

Cultura

Cambio versus evolución

Aullido de loba

En los pueblos de mis padres, la gente solía ir a cagar a la cuadra. Luego, toda esa materia fecal se reusaba para los campos. Yo lo hice así durante mis estancias en las casas de los abuelos. Te añingotabas al lado de la vaca Marela, o de la Mora y defecabas arropada por el olor a animal dócil. Cuando había terneros, tenías que tener más tiento, porque el jato, en su afán de jugar, podía darte un topón que te hiciera dar con las nalgas en el estiércol. Nunca he pensado en la falta de baños como una merma en la dignidad de mis abuelos, de mis padres o de la mía. Es más, incluso cuando, años adelante, se construyó baño en la casa, al final nadie lo usaba, todos preferíamos la cuadra, y la compañía vacuna.

En este país, las primeras Damas parecen tener una obsesión con la dignidad poblacional, centrando ésta en elementos distintos según cada enfoque. Una se concentró, hace unos años, en construir ‘escuelas dignas', y ya hemos visto en qué paró aquella aventura. Otra está obsesionada en que los panameños tengan aseos dignos con su proyecto ‘cero letrinas'.

La dignidad, señoras mías, no viene dada por el piso de cemento de una escuela; digna es mi madre y aprendió todo lo que sabe (y es mucho) en una escuela con piso de tierra y sin calefacción, escribiendo en invierno con guantes que tenían dos dedos cortados para poder agarrar el plumín. Ni la dignidad viene junto con un inodoro nuevecito.

Siento decirles que la dignidad de un país tampoco se extiende como luz vivificadora desde el faro del magnífico proyecto de la ampliación del Canal.

No me malinterpreten, felicito a los panameños. Pero no considero que hayan hecho nada que no fueran capaces de hacer. Desde luego que pueden manejar un canal, desde luego que pueden manejar la obra faraónica de su ampliación. Hay gente fantástica en este país, hay gente talentosa, honrada y trabajadora. Hay gente que le pone alma, corazón y vida a todo lo que hace, ya sea un tamal de olla o un muro de contención. Son esos los que crean, construyen y hacen progresar un país en el que la dignidad de sus ciudadanos no se la dan un techo de zinc o un letrina más o menos.

Y, desde luego, el logro de la ampliación no es de uno u otro cocotudo que fueron los que se sentaron y comieron y bebieron y se dieron palmaditas en la espalda felicitándose por sus buenas gestiones.

Este país cambia, a pasos agigantados, pero aún le falta evolucionar. Evolucionar hacia una comprensión diferente de determinados conceptos, el de la dignidad, el del honor, el del esfuerzo, individual y colectivo.

Una vez que los politicastros que nos rigen tengan esas cosas más o menos claras (más o menos, digo, tampoco vamos a pedirles milagros), podremos empezar a avanzar hacia una evolución, hacia un país donde se dé más importancia a los contenidos que al continente; hacia un país donde la riqueza que dejará el canal ampliado permee realmente a todos los panameños, y que aquel campesino veragüense sepa que es digno quedarse en su campito, cultivando las mejores yucas, porque gracias al canal tiene una carretera cerca y va a poder vender dignamente el producto de su esfuerzo y así mantener con dignidad a su familia, y sus hijos pueden ir a la escuela, y aunque la escuela tenga tejado de penca, ellos sabrán que la penca es tan digna como los antepasados a los que también cubrió. Arquitectura tradicional, se llama.

COLUMNISTA