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08 de Feb de 2023

Cultura

Reina Pepiada

Nos estamos convirtiendo en un esperpento, y como todo buen esperpento, el contemplarlo da un poquito de risa y mucha pena

Es un irrespeto que un humorista de quinta categoría pretenda venir a Panamá a burlarse de los panameños, a decir que son lentos y que el país es apenas una fachada de rascacielos de concreto y cristal con un trasfondo de barriadas sin agua, sin carreteras de acceso, con miles de ciudadanos atrapados cada día en un tranque infernal. Sin calidad de vida. Pero no importa que miles y miles de panameños se estén comiendo un cable. Lo que importa es que es un cable panameño y que los que nos insultan y se burlan de nosotros sean panameños.

Que digo yo que sería fantástico que se redactara una nueva lista de limpieza racial y en lugar de mulato, zambo, lobo o saltoatrás, fuéramos colocando a cada uno en su sitio según la cantidad de generaciones de antepasados que pueda demostrar que han nacido en el istmo.

De esa manera, los pueblos originarios serían los únicos que tendrían derecho a hablar de cualquier cosa. Los demás, según sus ascendientes se verían más o menos bonitos calladitos.

Los únicos que podrían hacer chistes serían los buglés, y los únicos que podrían quejarse de un servicio en un restaurante, los nasos. Los que pueden gritar de carro a carro en medio de un atasco serán los bribris y, en menor medida, los gunas y los emberás, ya que, a pesar de ser originarios de este continente, entraron a territorio panameño más tardíamente. Y eso, en cuestiones genealógicas y de demostración de valía sanguínea territorial pesa mucho, claro está.

Celebramos la fundación de una ciudad por los españoles mientras nos quejamos de que masacraron a los indígenas, pero reivindicamos nuestro folclor como símbolo sagrado de nuestra realidad identitaria sin darnos cuenta de que todo nuestro folclor, (y de paso la religión que profesamos) los trajeron los españoles, al igual que los genes que les dan los ojos azulitos a los interioranos.

Nos estamos convirtiendo en un esperpento, y como todo buen esperpento, el contemplarlo da un poquito de risa y mucha pena.

Sobre todo cuando miras desde una sana distancia y lo que ves es todo un país sutilmente manipulado por los hilos de un maestro titiritero. Cuando te das cuenta de la curiosa coincidencia temporal entre algún escándalo en el gobierno y un resurgir de denuncias y altercados en los que están involucrados venezolanos.

No sabes si reír o llorar cuando ves que todo un país cierra filas en contra de un bufón que vive de decir chistes de mejor o peor gusto y cierran los ojos ante otro bufón que vive de los impuestos que pagamos entre todos, que se esconde detrás de una muralla de policías para involucrarse en una pelea de patio limoso con un grupo de originarios. Y, en medio del dime que te diré, exigiendo respeto al cargo, va y suelta una perla: ‘Háblame en español, reina'. ‘Reina'. El Sr. Presidente de la República reineando a una mujer. Así, con dos cojones. Y nadie dice nada. Las mujeres que hace unos meses exigían respeto para todas ahora se distraen con los juegos de manos entre arepas y comediantes.

Estamos en manos de un tipo que trata a las mujeres de reinas. No de señoras. No de usted, no. Tuteada y reina. Y todos nos quedamos tranquilos porque le han prohibido la entrada a un cuentachistes comearepas.

Luego pretendemos que nos tomen en serio. Reina, dice, condescendiente, y en español, exige. Y se esconde detrás de su guardia de corps.

No somos más que un país de borregos que siguen al lobo, pero que comen sancocho. Eso sí.