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02 de Dec de 2020

Cultura

Lo que me incumbe

Mujer que dijo que el SIDA es una retribución justa por tener  relaciones sexuales no apropiadas se convierte, con la aureola de santidad

Teresa de Calcuta, en el mundo Agnes Gonxha Bojaxhiu, ya es Santa Teresa de Calcuta. Lo que, no por esperado y largamente anunciado, ha dejado de ponerme los pelillos de la nuca de punta.

Hace un par de días, cuando en una tertulia echaba yo espumarajos por la boca contra la madrastra de los agonizantes, me dijeron: ‘Pero si tú no crees en la estructura vaticana ¿qué te importa lo que ellos hagan o dejen de hacer, si no te afecta?'. Enunciado que sería cierto si no se apoyase en la falacia de que ‘no me afecta'. Porque el hecho es que sí, sí me afecta. Lamentablemente afecta mi vida y la de todos. De múltiples maneras. El revoleo de una sotana en el Vaticano provoca contracciones de parto en una adolescente chepana.

Lo que haya hecho y dicho una monja albanesa reconvertida en necrofílica calcutense parece que nos queda muy lejos, ¿verdad? ¿Que puede importarnos a nosotros que la hayan santificado si nos queda a desmano allá según se escupe a mano izquierda?

Pues permítanme que les diga que están ustedes muy equivocados. Porque precisamente los santos lo son, sean reales o imaginarios, en tanto en cuanto que son modelos a seguir y dechado de virtudes deseables en creyente que se precie. Claro que yo entiendo que no todos vamos a ir recogiendo pobres enfermos por las calles de Kolkata, (aunque muchos de los cuales se hubieran ahorrado la agonía y la muerte con unos cuidados médicos básicos que nunca les proporcionaron porque lo que ella quería era que sufrieron, ya que su sufrimiento los purificaba a ellos y nos servía de inspiración al resto, o a algunos degenerados del resto), con lo que no está del todo mal que alguien se preocupase de recoger a estos desechos humanos de la vía para que dejasen de molestar a la vista y al olfato. Hasta ahí vale.

Pero es que esa buena señora se metió en muchas otras cosas, en el uso, o no, de anticonceptivos. Que según ella son malos malísimos, sin duda porque así se disminuye el número de los pobres y claro, ella y sus adláteres albicelestes se quedarían sin pobres en olor de muerte que recoger. Tampoco aceptó nunca, ¡vade retro Satanás!, el aborto, así sea que la niña de doce años violada por su tío se vaya a reventar pariendo un retoño no querido y condenado a ser paupérrimo desde que salga del coño de su madre.

Una mujer que llegó a decir que el SIDA es una retribución justa por haber tenido relaciones sexuales no apropiadas se convierte, con la aureola de santidad, en un ejemplo a seguir.

Y sí, me incomoda porque las hordas que llenaron calles en esta ciudad hace unas semanas enarbolan ejemplos como el de esta tiparraca que siempre se puso del lado de los corruptos mientras le donaran fondos para la causa. Fondos que, incluso habiendo sida requerida su devolución, ella nunca devolvió. Seguramente invocando a Santa Rita, que lo que ella da, no se quita.

Los fanáticos ahora tendrán un argumento (mendaz, sí, pero a ver quien puede hacer ver a aquel que quiere mantener los ojos cerrados) para seguir manteniendo el status quo de miseria y muerte. Un argumento para seguir sin cambiar realmente las cosas.

Los ricos son ricos por la gloria de Dios. Los pobres han de sufrir con resignación su situación y ofrendarle al Señor de Misericordia su miseria para ser recompensados. Y los que se salven, contemplarán desde puesto privilegiado los tormentos eternos que en el Infierno sufriremos los que nos negamos a aceptar ciertos ejemplos de vida.

COLUMNISTA