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17 de Apr de 2021

Cultura

De cosas hermosas y así

El Aullido de Loba

Dos de carne y sangre. No los tengo. No son míos. Los siento propios de ellos. Los solté cual cometa al viento de la vida cuando cortaron nuestro cordón. Aún así estarán siempre conmigo, en las células suyas que quedaron encalladas en mi sistema. En ese olor a cachorro satisfecho acurrucado en el regazo que nunca dejo de buscar cuando los huelo. En las caricias que quise darles y no llegaron a ellos.

Suyos son por derecho. Y del mundo. Caminarán y me dejarán de la mano, y no me llamarán y no me necesitarán. Los extrañaré, pero ellos solo me añorarán cuando ya no necesiten que alguien les recuerde que han de lavarse el cabello. La muerte me reclamará a mí y ellos quedarán delante de mí, como todas las cosas pasadas.

Cuando se vuelvan hacia mí en sus momentos obscuros ya no tendré fuerzas para cargarlos y decirles que todo va a estar bien, aunque sepa que no es cierto. Que nada está bien nunca, que el mundo es grande y ajeno, y te agrede. Pero les diré que ellos pueden solos, que se dejen de bobadas, que se sorban las lágrimas, que se aten los machos y que vuelvan a la pelea.

Les diré que solo pueden volver a casa con el escudo o sobre él, cuando lo que desearía sería matar a dentelladas a cualquiera que osara mirarlos mal.

Me gustaría decirles que estoy orgullosa de ellos, que estoy orgullosa al verlos caminar sobre su vida con la cabeza alta y la risa en los ojos. Pero les grito que deben hacerse más fuertes, que los hombres son maldad y traición. Los empujo y los fustigo, y me muerdo los dedos que desean quitarles de encima cada espina y cada cardo.

Nunca sabrán lo mucho que los quiero. Porque ningún hijo sabe nunca cuán grande es el amor de una madre. Nunca les diré palabras suaves y no las espero de ellos. No quiero serenatas, ni poemas. Me basta con saber que les gustan los perros, los libros y el humor negro.

No quiero flores, ni perfumes. Me basta con saber que se preocupan por la política y que cuidan a sus amigos. Me sobra con saber que se cuidan mutuamente.

El Día de la Madre me parece una estupidez porque soy madre desde antes de que ellos nacieran y, si no hubieran nacido, igual hubiera sido su madre, porque me los hubiera imaginado así, hermosos y libres. Suyos. No míos ni de nadie. Entregándose a causas, o a amores, por deseo y no por imposición de un festivo.

Prefiero un ‘te quiero mamá' cualquier otro día que un regalo sin alma el día estipulado para ello.

Libres los quiero y libres son para buscarme, para necesitarme o no.

Libres son porque así los parí.

Siempre estaré yo encadenada a su rastro, siempre atenta a su llamada. Volarán y volaré y en nuestros vuelos siempre tejeré la nana de su altivez y su prestancia. De su bonhomía y su carcajada ante dioses y hombres.

No, no son míos. Suyos son para vivir y morir en honor. Ellos pelearán sus batallas, ellos tendrán sus pesares y sus gozos y tendrán mi mano para entregarles de nuevo espada y lanza cuando su brazo cansado las deje caer.

Soy madre de muchos, hombres, niños y perros. Soy madre grande. Cada uno de mis hijos es libre y vuela. Camina y se cae. Pero dos hay en el mundo que reconocen mi latir desde dentro de mi cuerpo. A esos no sé decirles te quiero.

COLUMNISTA