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21 de Jan de 2020

Cultura

Dignitas dignitatis

¿Saben ustedes lo que es una resaca? Sí, ya sé que esa, en este país, es una pregunta retórica, pero a propósito la he escrito.

¿Saben ustedes lo que es una resaca? Sí, ya sé que esa, en este país, es una pregunta retórica, pero a propósito la he escrito. Como sin duda saben perfectamente y de primera mano lo que es una resaca, sin duda también saben que estos días son de resaca moral. Los que se dedicaron a rendir cumplido culto al dios Momo están ahora en ese estadio en el que empiezan a llegar a su mente recuerdos dispersos. Fogonazos de rostros, frases, bebidas, comidas ingeridas y arrojadas. Muchos empezarán a sentir el estómago revuelto al abrir las maletas y aspirar la vaharada de efluvios mezclados, guaro, orines y vómitos propios y ajenos. Algunos, quizás con horror, rememorarán encuentros sexuales fugaces y empezarán a prender velas a todos los dioses habidos y recordados para que no se salden con un parto en fiestas patrias.

Lo bueno es que, para la mayor parte de ustedes, panameñitos de a pie, los desmanes carnestoléndicos no pasarán del ámbito de lo privado, o, como mucho, no destacarán en medio del anonimato de las masas apiñadas. En ese maremágnum de agua, música estridente y carnes rozándose, su dignidad perdida se confundirá con la dignidad perdida de cualquier otro.

Ahora bien, imagínense estar en el pellejo de aquellos cuya digna pérdida se registró y quedará plasmada para los anales históricos per saecula saeculorum. ¡Ah! La dignidad. Un concepto tan elevado, una palabra relacionada con el prestigio y el honor. La dignidad acuñada por los togados romanos no era inherente al ser humano, sino que se adquiría después de una vida de reputación intachable, de mantener los valores morales intactos y de un escrupuloso cumplimiento de las normas éticas.

Alguien digno es alguien que mantiene la gravedad y el decoro en su manera de comportarse. Decoro. Permítanme que me ría a carcajadas, perdiendo yo también, y por unos instantes, mi decoro. Juas. Juas. Juas.

Hace un par de semanas se exigió la retirada de una publicidad donde una bebida alcohólica informaba a la ciudadanía de que todos tenemos derecho a hacer el ridículo. Y es cierto. Todos tenemos no solo el derecho, sino el deber de no tomarnos tan en serio. Ridículo, según el diccionario, es aquello que por su rareza o extravagancia mueve o puede mover a risa. Y eso no está mal. Deberíamos ser capaces de reírnos de nosotros mismos sin perder la dignidad. Rizando el rizo yo, ¿eh?

Pero como siempre, en este país, hay personas que no entienden los conceptos y terminan como terminan, por el suelo, arrastradas, enlodadas y vapuleadas. Luego, en lugar de reconocer que se la cagaron y reírse de sí mismas pidiendo disculpas, tratan de mantener la ilusión de la dignidad que jamás tuvieron, a base de hacerse las víctimas, collarín, vendajes y lágrimas incluidos.

Lo peor de todo esto es que, a pesar de que muchos de nosotros entendamos que eso no es ridículo, sino patético, y el bochornoso espectáculo protagonizado por una payasa sin gracia no nos de risa sino lástima, lo peor, digo, es que hay muchos, muchos otros, miles y miles de amebas con cédula, que se tragarán el cuento. Y al grito de ‘pobrecita' la encumbrarán a los altares y la auparán a la impunidad.

Y eso es lo malo, que los tontos son más. La plebe indigna es más. Los no pensantes suelen ganar y la dignidad es un concepto que, cada vez, está menos de moda.

Con lo que nos me queda más que decir que, los que enarbolamos nuestro derecho a ser ridículos hoy en día, somos los que aún creemos en el honor.

COLUMNISTA