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14 de Jul de 2020

Cultura

Matar y dar vida eterna

Lo mismo que no es igual invocar al Diablo que verlo aparecer, hablar de la muerte y verla llegar son dos cosas muy distintas

Lo mismo que no es igual invocar al Diablo que verlo aparecer, hablar de la muerte y verla llegar son dos cosas muy distintas. Y en este país, se invoca a uno y a la otra con demasiada frecuencia y sin demasiada conciencia.

Primer caso, un mensaje en grupo de Whatsapp, lo envían porque realmente sienten que todos los que lo recibamos tenemos que sentirnos agradecidos. Seguro que a ustedes también les llegó, pero por si acaso, déjenme que les ponga en antecedentes: un policía, de uniforme, a la orilla de una carretera por la que están pasando carros volando. Escuchamos música de alabanza religiosa de fondo. Y el tipo, a cámara, suelta una charleta sobre bendición y la suerte que tenemos de haber recibido La Palabra. En medio de su discurso empalagoso, repetitivo y poco original (¿por qué será que todos suenan exactamente igual?) nos presume de Glock, explicándonos sus características y diciendo que la lleva por si algún maleante quisiera atentar contra él. ¡Atención señores!, contra él, en medio de su verborrea, dijo la verdad, contra él. El adorador del dios israelí en ningún momento piensa en aquellos a los que juró proteger. Bien está, continuemos. Una vez que entendemos que la escuadra es para su propia defensa, nos dice que su otra arma, y aquí saca una biblia (y no de bolsillo precisamente), esa es para dar vida. Y ahí sí la derrama espléndidamente y sin restricciones. Nos ofrece la palabra de su dios, que es vida eterna, o eso dice.

No voy a entrar aquí en si es legal, constitucional o simplemente educado que un tipo en uniforme de policía evangelice, o no. Aunque me hubiera gustado ver las reacciones de la gente en este país si hubiera hecho exactamente lo mismo, hablando del Corán, o del evangelio de Satanás. No es de eso de lo que quiero hablar porque esta semana también nos hemos escandalizado viendo como una pandilla de sociópatas se divertían arrojando a un ser vivo e indefenso a la muerte segura. La ciudadanía se ha puesto en pie y el repudio ha sido infinito como las arenas del mar y los han expulsado de la escuela y se ha clamado por venganza. No voy a entrar en si a esos malandrines se les debería dar una azotaina que no se pudieran sentar en un mes y que se les debería hacer colgar un ratito en el vacío para que aprendan a sentir lo que el otro siente, o no. No voy a repetir los argumentos de que un adolescente que mate animales puede que no termine siendo un asesino serial, pero todos los asesinos seriales han empezado matando animales.

Lo que quiero señalarles a todos por si no han caído en cuenta, es que en este país tenemos distorsionado el sentido del bien y del mal. La ética, (no la moral, señores, de esa, aquí, tenemos superávit), la ética no está interiorizada. No sabemos qué está bien y qué está mal. En las escuelas, en lugar de enseñar filosofía, enseñan religión, y así nos va. Con el Excelentísimo Señor Presidente tirando la toalla a su alma mater cristiana y con anónimos en redes sociales deseando la muerte a los que no piensan como ellos. Con gente comparando matar un gato con tomar las pastillas anticonceptivas.

La diferencia entre el bien y el mal, la diferencia entre la vida y la muerte, aquí, se difumina en una religiosidad de morondanga. La moral no es suficiente si queremos vivir en una sociedad en la que merezca la pena vivir.

COLUMNISTA