La Estrella de Panamá
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14 de Oct de 2019

Cultura

Mintiendo

Puede comer, pero coma callado y si le preguntan, mienta y niéguelo, que ya se sabe que el que come callado, come dos veces.

‘Mintiendo, me paso el día mintiendo, las verdades maquillando'…, así nos levantamos, todos los días remedando la famosa canción. Porque todos mentimos. Todos, según algunas investigaciones, llegamos a contar una trola cada diez minutos, cuento arriba, cuento abajo: ‘Había un tranque horrible'; ‘Tengo ese informe encima del escritorio'; ‘Mañana empiezo la dieta'; ‘Tengo diarrea'. La mentira es el entramado sobre el que se construye la sociedad.

Con la mentira mejoramos nuestra imagen, salvaguardamos nuestra reputación o tratamos de evitar las consecuencias desagradables de nuestros actos. Conseguimos que los demás hagan cosas en nuestro beneficio o intentamos, con las mentiras piadosas, que el otro se sienta mejor. Y nos encontrarnos con mentirosos patológicos, que mienten para ser el foco de atención sin preocuparse de los daños colaterales de sus embustes.

En nuestra vida diaria encontramos mentirosos y mentiras de todo tipo. Nos sentimos más cómodos viviendo en mundos de fantasía y oropel.

Pero aquí, en Panamá, hemos llegado casi al summum; aquí decir la verdad es un insulto, y exponer los hechos una injuria. En este país, la historia no interesa, y se aplauden los mitos porque nos cuentan a nosotros mismos como quisiéramos ser y no como somos, o como fuimos.

En este país se mantienen las apariencias y salir del clóset es un delito mucho mayor que ser un violador de menores discreto, o un corrupto silencioso. Aquí, puedes ser lo que quieras, siempre que vayas a misa de doce, del brazo de tu esposa y te laves las manos en la pila de agua bendita antes de pisar suelo sagrado.

Te perdonan casi todo si mientes convincentemente. Se olvidan agravios y afrentas siempre y cuando deformes la realidad.

Ahora bien, nada, escúchenme ustedes, aquí nada justifica que alguien diga la verdad desnuda. No existe perdón para aquel que, dando un paso al frente, diga a calzón quitado lo que todos hacen y todos fingen.

¿En serio somos todos tan ingenuos que se creen que la mayor parte de los emplanillados en la Asamblea cobran por no ir a trabajar? Pues están ustedes equivocados, porque esos señores cobran por trabajar poco, que no es lo mismo. Porque tienen que dar la impresión de probidad. ¿En serio la candidez les impide entender que este país, como tantos otros, es libre y soberano, sí, pero también se pliega, como tantos otros, a las necesidades de los que ejercen en cada época la hegemonía militar y económica de su zona?

El problema no es ése, estoy convencida. El problema no es que no se sepa lo que todos hacen, han hecho y harán. El problema es que en un país donde la mentira, la falacia, la ocultación y el disimulo son el modus operandi generalizado, que alguien sea tan inconsciente o tan irrespetuoso de decir las cosas a tambor batiente es casi delito de lesa traición.

¿Cuál es la enseñanza? Pues que no es incorrecto prometer en campaña lo que no vas a dar. No está mal robar, engañar, coimear y sustraer bienes. No está mal hacerlo. Lo que está mal es reconocerlo. Mienta, pero ofrezca una apariencia de santidad, y todo le será perdonado. Puede usted tener queridas, pero mienta y diga que su matrimonio es muy feliz. Puede usted tener yate, pero mienta, niéguelo y atráquelo usted en otro puerto. Puede usted viajar a costa del erario, pero mienta y busque una excusa. Ríase de todos nosotros, pero hágalo bajo palio y con bendición papal.

Puede comer, pero coma callado y si le preguntan, mienta y niéguelo, que ya se sabe que el que come callado, come dos veces.

COLUMNISTA