La Estrella de Panamá
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13 de Oct de 2019

Cultura

Humanidad

Los derechos humanos dicen que existe el derecho a pensar diferente y a votar en libertad por aquel que vaya a actuar acorde con tus convicciones

Creernos los únicos es el mayor error humano. Creer que somos los únicos que creemos en el dios correcto, o que sabemos cómo se debe comportar el resto de la humanidad.

Y la historia, que tiene un sentido del humor un tanto especial, se encarga, una y otra vez de darnos un guantazo en los morros y demostrarnos que la razón y los derechos, la Verdad con mayúsculas, y las convicciones, se las pasan otros únicos por el arco de triunfo.

Nos indignamos, desde nuestro pedacito de certidumbre, cuando nos invaden imágenes desoladoras de aquello que unos seres humanos son capaces de hacerle a otros seres humanos. Nos estremecemos y arremetemos contra las decisiones de una persona, la cabeza visible, la voz cantante, y no somos capaces de entender que para que desastres así ocurran, ese monstruo de supuesta maldad debe estar arropado por el apoyo y la convicción de miles, de millones de otros seres, también humanos, que están de acuerdo con lo que pasa. Sí, mis queridos, lo que a nosotros nos parece repudiable, a millones de otras personas les parece bien. La ética y la moral, por mucho que deseemos lo contrario, son relativas, y el valor de la vida humana también es relativo. Nuestras convicciones actuales apenas tienen un puñado de años.

No se rasguen ustedes las vestiduras, ni enfilen contra mí sus andanadas de improperios, yo también me retuerzo de angustia al ver ciertas imágenes, al ver niños llorando, al ver a padres abrazados a pequeños cadáveres mojados en una playa. Yo también me acongojo y estoy convencida de que hay cosas que no están bien. Pero ¿saben qué? Soy capaz de ampliar el panorama y recordar a la ‘Generación robada' australiana que continúa hoy en día con más de cuatrocientos mil niños separados de sus familias, en su mayoría aborígenes, porque éstas, al parecer, no son adecuadas para criarlos. Recuerdo a los rohiyás. Recuerdo Siria. Los genocidios y las limpiezas étnicas ocurren a lo largo y ancho del globo. Algunas han sido más visibilizadas que otras. Algunas nos tocan más de cerca. Y por eso reaccionamos. Pero lo cierto es que nunca van a dejar de ocurrir. Porque si unos tienen derecho a estar felices de conceder asilo dentro de sus fronteras a cientos de inmigrantes, otros tienen derecho a no desear cargar con ellos. Porque la humanidad o la inhumanidad también es relativa. Porque los derechos humanos dicen que existe el derecho a pensar diferente y a votar en libertad por aquel que vaya a actuar acorde con tus convicciones. Porque si gana el que a ti te parece bien, tienes que aceptar que a lo mejor puede ganar otro con el que tú no estás de acuerdo. Porque no podemos convencer a todos de que la tierra es redonda, de que el aborto es un derecho, de que la homosexualidad no es una aberración, ni de lo antinatural que es pintarse el pelo de rubio y las cejas con tiralíneas.

Porque el ser humano tiene un defecto, y es el confundir opiniones, certezas y verdades. Y el ser capaz de creer que sus opiniones son certezas que se ajustan a una verdad. Sin entender que nunca encontraremos la verdad. Porque incluso aquel que dijo ‘Yo soy la verdad y la vida' murió a manos de otros que tenían otra verdad.

Por eso yo cada vez creo más en la poesía y menos en la verdad, porque creo que la Verdad no es un destino.

¿Tu verdad? No, la Verdad, / y ven conmigo a buscarla. / La tuya, guárdatela.

COLUMNISTA