La Estrella de Panamá
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17 de Oct de 2019

Cultura

La casa del lago

En el portal había una hamaca tejida de hilo crema, dos mecedoras y un barandal con escalinatas que ornamentaban la fachada

Aún podía describir el panorama, lo recordaba muy bien. Un paraíso escondido de la vista de cualquier intruso en el que sólo se percibía el canto de las aves; abundantes especies que hicieron su hogar entre la enorme cantidad de árboles que rodeaban el lago y la casa, sirviendo así, como una fortaleza natural que protegía el lugar.

Dos pisos tenía la casa de madera barnizada. En el portal había una hamaca tejida de hilo crema, dos mecedoras y un barandal con escalinatas que ornamentaban la fachada. Tres habitaciones y una sala en cuya pared principal se elevaba majestuosa una enorme chimenea de piedra y justo al frente, una amplia y suave alfombra de piel de oso pardo. Dos de las habitaciones servían como recámaras, ubicadas en la planta alta junto a un baño con un decorado rústico pero acogedor. En la planta baja la tercera habitación utilizada como biblioteca con libreros repletos de pared a pared y magníficos muebles antiguos.

Amelia tenía treinta y dos años apenas, cuando pasó por un bloqueo de escritor. Con la presión de la agente sobre sus hombros, repitiéndole de manera constante que, si no escribía algo muy bueno lo más pronto posible, sus problemas financieros serían su final y tendría que abandonarla, aunque fuese su hermana.

‘Amelia vivía intensamente aquello que ni siquiera estaba segura de poder llamar romance, pues al final de la tercera semana debía volver'.

Siguiendo su consejo de alejarse a escribir o encontrar inspiración, decidió irse a un lago del cual escuchó hablar a unos ancianos en uno de esos tantos recorridos por el país, decían que sus aguas y todo el entorno estaban llenos de mitos y leyendas que sus pocos habitantes pasaban de generación en generación y a alguno que otro viajero que se atreviese a experimentar la sensación de estar unos días en aquellos parajes. Tal era su caso, ya que nunca había sentido temor de vivir este tipo de aventura sin necesidad de compañía.

Llegó al pueblo y realizó una inspección visual, estaba claro que era el lugar perfecto, demasiado tranquilo, casi no se veían personas y los que allí se encontraban eran notablemente callados. En su mayoría, indígenas.

Un sujeto llamó su atención, cargaba provisiones a un bote y parecía no ser del lugar, era un hombre macizo, de cabellos negros y piel blanca.

Ya que a todo el que se le acercó le respondía en algún dialecto indígena o simplemente la ignoraban, decidió acercarse al hombre y preguntarle si conocía un lugar en el lago donde rentaran una cabaña o habitación para quedarse por un tiempo, que era escritora y necesitaba de ese aire fresco para recuperar su inspiración.

AILEEN B. BROWN SOLÍS

Escritora emergente

Nació en la ciudad de Panamá, el 4 de julio de 1984.

Cursó estudios secundarios en el Colegio Nuestra Señora de Bethlem y es egresada de la Universidad de Panamá, donde obtuvo una Licenciatura en Economía.

Ha participado de talleres de cuentos del Programa de Formación de Escritores (Profe), del Instituto Nacional de Cultura (INAC) y en el taller de cuento avanzado del escritor Enrique Jaramillo Levi.

Ha publicado un cuento en la revista literaria ‘Maga' No. 81 (UTP, Panamá, julio-diciembre 2017).

El individuo se presentó como Johnny y le ofreció hospedarla en la habitación vacía de su casa, le dijo que le podría incluir la comida y el hospedaje por un solo precio y así no tendría que preocuparse. Explicó que su casa estaba ubicada al otro lado, casi al final del lago y que allí podría estar tranquila. Prometió no incomodarla, aunque le confesó que lo hacía por la compañía más que por dinero.

Amelia, siendo muy arriesgada como de costumbre, de inmediato fijó el precio por día con el dueño, quien claramente estuvo de acuerdo.

Ofreció su mano para ayudarla a subir al bote y cargó muy amable su equipaje. Encendió el bote e iniciaron el recorrido. El lago era inmenso. Durante el camino Johnny hablaba sobre lo hermoso del lugar y le explicó que el dolor de no haber podido salvar a su esposa del cáncer ni con todo su dinero, habían sido más fuerte que él, por lo que decidió abandonar su vida y alejarse de todo hacía mucho tiempo, pero que la soledad aún lo golpeaba.

Al llegar a la casa del lago, Amelia se olvidó por completo de escribir, disfrutó del paisaje y prefería dedicar el tiempo a las interesantes charlas con Johnny, que eran siempre acerca de la vida, pero nunca volvió a tocar temas personales. Estaban juntos todo el tiempo, desde que salía el sol hasta que se ocultaba y cada uno se retiraba a su propia habitación.

Una noche de frío intenso, decidieron sentarse frente a la chimenea y luego de un rato de pláticas y risas fueron acercándose hasta unir sus labios en un beso que parecía desbordar ansias incontenibles. De la misma forma que las llamas en la chimenea, también se avivó la pasión entre sus cuerpos, ganándole la batalla al clima y acabando sudorosos y exhaustos hasta caer en un profundo sueño, entrelazados sobre la alfombra. Desde esa noche usaban sólo una habitación.

Amelia vivía intensamente aquello que ni siquiera estaba segura de poder llamar romance, pues al final de la tercera semana debía volver.

Él la trataba como a una reina, le preparaba platos deliciosos y se bañaban juntos en la tina con agua tibia. Disfrutaban del sexo, hasta en la hamaca del portal, tenían completa confianza en la intimidad del lugar.

Llegó el día de la partida de Amelia y Johnny le aseguró que ella jamás podría olvidarlo. La besó y en medio de un abrazo le pidió que volviera a su ciudad tranquila, que ella aún tenía muchas cosas por hacer y que para él era momento de marcharse muy lejos y entendió que no sería justo llevarla. Ella ni siquiera pudo hacerle preguntas, solo se dejó acurrucar entre sus brazos y disfrutó al máximo incluso ese pequeño momento.

La llevó de regreso hasta el pueblo, detuvo el bote, la ayudó a bajar y con la misma caballerosidad del inicio, cargó su equipaje. Ella entendió en ese instante que lo perdería. Quiso formularle preguntas y volteó de inmediato, pero tanto el bote como Johnny habían desaparecido. Buscó con la mirada de un lado al otro y cada rincón hasta donde le llegaba la vista. Nunca escuchó el encendido del motor del bote ni se notaba movimiento alguno en las aguas del lago. Quedó desconcertada.

Unos indígenas que la vieron allí parada le dieron la bienvenida al lugar, como si fuese la primera vez que la veían y le ofrecieron una cabaña para hospedarse. Esto la confundió aún más pues ahora hablaban español, aunque con el acento propio de su dialecto. Preguntó de inmediato por el hombre, describiéndoles sus rasgos y ellos aseguraron no haberle visto nunca, incluso le afirmaron que del otro lado del lago no existía ninguna casa. Ella desesperada les pagó para que la llevaran en una lancha y lo pudo comprobar con sus propios ojos, sólo había árboles y follaje. La casa y el hombre del bote desaparecieron.

Irónicamente al regresar, Amelia escribió una excelente historia, pero nada que ver con los sucesos de la casa del lago.

Durante muchos años mantuvo todo en secreto, como si nunca hubiese ocurrido, porque hasta su propia mente se martirizó durante largo tiempo, tratando de descifrar si en realidad todo esto pasó. Pero a sus ochenta y nueve años decidió dejarlo todo plasmado en un escrito y así, todo aquel que lo llegara a leer, sacaría sus propias conclusiones.

ESTUDIANTE DEL TALLER DE CUENTO AVANZADO, ECONOMISTA