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30 de Mar de 2020

Cultura

Nuevas generaciones

Estamos en un momento histórico en el que a los niños y a los jóvenes se les han concedido todos aquellos derechos y prerrogativas que durante siglos no tuvieron.

‘Los jóvenes hoy en día son unos tiranos. Contradicen a sus padres, devoran su comida, y faltan al respeto a sus maestros'. Esta sentencia, que suena tan moderna y con la que muchos podríamos estar de acuerdo, no la ha dicho ningún miembro de nuestra sociedad que ya haya entrado en edad provecta. Esto, ahí donde ustedes lo leen, lo dijo el gran Sócrates hace varios miles de años. Y miren, el ser humano es más de lo mismo, oigan. Tan modernos que nos creemos.

Que no, que no hemos inventado el hilo negro, que lo de los ‘ninis' no es nuevo. Tampoco es nueva la condescendencia con la que muchos de los millenials hablan de los que ya hemos superado con creces la edad en la que somos considerados jovenzuelos. ‘La juventud necesita creerse, a priori, superior. Claro que se equivoca, pero este es, precisamente, el gran derecho de la juventud', esta última frase, tan espectacular ella y tan perfecta, no es mía, es de Ortega y Gasset. Y en esto tenía razón, aunque haya muchas otras cosas en las que no concuerdo con el raciovitalista.

Estamos en un momento histórico en el que a los niños y a los jóvenes se les han concedido todos aquellos derechos y prerrogativas que durante siglos no tuvieron. Lejos están los días en los que Confucio los comparaba con los sirvientes: ‘Los jóvenes y los criados son los más difíciles de manejar. Si los tratáis con familiaridad, se tornan irrespetuosos; si los ponéis a distancia, se resienten'. No se lleva ahora aquello de que a los niños hay que verlos pero no oírlos, por desgracia para los que queremos disfrutar de una película o de una cena en un restaurante sin gritos ni llantos. Ni lo de que la letra con sangre entra, por suerte para ellos.

La juventud se ha convertido en garantía. De algo. Nadie tiene muy claro de qué, pero al parecer mucha gente cree que el ser joven te convierte en un ser mitológico, dotado con las mayores virtudes e impoluto, al que los defectos no se le pueden achacar. Y así tampoco es. Sin afirmar que ser joven sea una desgracia que se cure con el tiempo, sí debemos reconocer que, salvando excepciones, que las hay, la libertad y la permisividad que muchos padres, por ignorancia o por miedo, han tenido con sus cachorros, ha convertido a muchos de ellos en bestezuelas salvajes que creen tener a papá Dios agarrado por los huevos, que piensan que todo el monte es orégano y que su santa voluntad es la piedra de toque para justificar las barrabasadas que se les ocurran.

Los que aún tenemos algo que decir en disciplina y leyes deberíamos recordar que corregir es amar, que poner límites es amar y que enseñar las consecuencias de los actos es, no solo una obligación, es un imperativo. Debemos hacerlo por ellos y por el resto de la sociedad.

Me gustaría recordar que es muy fácil influir en aquellos que no tienen clara la cadena de mando, es muy sencillo cagarse en una generación completa, se ha hecho muchas veces a lo largo de la historia, Napoleón, Hitler… y lo volverán a hacer aquellos que saben utilizar las debilidades ajenas para alcanzar sus objetivos.

Enseñar las diferencias entre el bien y el mal, más allá de moralinas cristianas es un imperativo categórico y demostrarles que sus actos, aunque estos hayan sido inconscientes o lúdicos, tienen consecuencias serias, también es nuestro deber.

Debemos recordar que, como dijo el poeta Nash, ‘solo eres joven una vez, pero puedes ser inmaduro indefinidamente'.

COLUMNISTA