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18 de Oct de 2019

Cultura

Navidad escaparate

No veo yo mucha reflexión, ni mucho amor al Amor Divino, ni mucho temor a la justicia, ni a la divina ni a la humana

Ya estamos de nuevo en Adviento, el tiempo en el que los cristianos deberíamos estar reflexionando sobre la anhelada venida de Nuestro Señor y meditando sobre los votos y los deseos de los patriarcas que suspiraban ardientemente por la venida del Mesías. En este tiempo debemos meditar en la segunda venida del Mesías, a fin de que, si no nos aprovechó la primera, nos aterrorice la segunda, en que impartirá su justicia rigurosa. Y este temor a su justicia rigurosa debe conducirnos a su Santo Amor. Y no veo yo mucha reflexión, ni mucho amor al Amor Divino, ni mucho temor a la justicia, ni a la divina ni a la humana.

Tampoco veo que nos preocupemos realmente de los pobres, ni de los niños. Nos hemos convertido en una sociedad que solo lee los pies de foto que se publican en papel cuché, que esconde lo feo, que solo se preocupa de los pobres cuando toca salir en la Teletón, pero que rechaza cualquier tipo de acogida a inmigrantes o refugiados aterrorizados. Una sociedad que olvida que Jesús fue pobre, refugiado y rechazado. Que también tuvo que huir de su patria. Una sociedad en la que los niños sirven no como ejemplo ni como camino para llegar a Él, sino como el último detalle para lograr una familia perfecta, para conseguir votos en la elecciones, o como piedra de toque para discutir sobre el aborto y los vientres de alquiler.

El marido solo sirve para salir en la fotito con él y con los retoños, bien arregladitos todos, bendecida y en victoria, felicitando las fiestas, y para que me mantenga, mani, que para algo tiene que valer ese pendejo. La mujer es el escaparte de tu poder adquisitivo y la mamá de tus hijos, y claro no hay que tocarla, ni con el pétalo de una rosa. Para eso, para tocar a gusto, ya están las queridas, pero a esas no las pones en la cabecera de la mesa de la cena familiar. A esas las escondes, o no, pero para eso eres hombre y así se demuestra.

La hipocresía es el pecado panameño, y el egoísmo, claro, pero la hipocresía creo que va ganando terreno.

En un país que grita y predica seguir a Cristo, y que niega cualquier cosa que supuestamente vaya contra la doctrina cristiana, poco se recuerda que Lucas nos cuenta que Él dijo ‘¿Por qué me llamáis, Señor, Señor, y no hacéis lo que yo digo?'. Tampoco recordamos la cantidad de veces que en las Escrituras se arremete contra la hipocresía. Pablo dijo en la carta a los romanos que su conducta hipócrita había hecho que el nombre de Dios fuese blasfemado, y predijo, en la carta a Tito, que habría algunos que profesarían conocer a Dios, pero sus obras lo negarían.

Porque aquí todos se llenan la boca de bendiciones a troche y moche, de ‘Dios primero', ‘si Dios quiere' y ‘el tiempo de Dios es perfecto', sin darse cuenta de que profanan el nombre de su dios usándolo de tan frívola forma. En Mateo 12.36-37 Cristo dijo: ‘Mas yo os digo que de toda palabra ociosa que hablen los hombres, de ella darán cuenta en el día del Juicio. Porque por tus palabras serás justificado, y por tus palabras serás condenado'.

En Efesios Pablo nos hace leer: ‘ni palabras deshonestas, ni necedades, ni truhanerías, que no convienen, sino antes bien acciones de gracias'. Aprendamos esto, y que alguien le diga al Excelentísimo Señor Presidente de la República que para adorar a Dios no hace falta pagar 14,000 dólares en una alfombra.

COLUMNISTA