La Estrella de Panamá
Panamá,25º

18 de Oct de 2019

Cultura

¡Bang!

Las balas lo hacen espabilar de ese aliciente.

Muerte en cada trinchera, la guerra estaba a punto de perderse, junto con la vida de los miles de soldados, la mayoría sin llegar a los veinte años, peleando por regresar a sus familias que los esperaban con una posible parcela en el cementerio local.

Las explosiones eran constantes. Corría con todas sus fuerzas, el fuego enemigo se sentía en la piel, tan cerca que quizás ya contaba con un hoyo en la espalda, si era así, eso no lo detenía, la adrenalina lo mantenía de pie.

El sudor frío que corría por sus sienes contrastaba con el sol inclemente que le taladraba la piel, trayendo consigo recuerdos y vestigios del último verano que disfrutó con su familia en esa hermosa playa. Recuerdo lejano y más una fantasía traída a su cerebro como protección mental involuntaria, aun así, agradecida.

Las balas lo hacen espabilar de ese aliciente.

Cada vez más cerca, cada vez más certeras, quién puede huir de esas segadoras de vida.

Unos pasos más, pocos metros adelante hay una trinchera ocupada por aliados, aferrados al zaguero hilo de esperanza, solo necesitaba llegar allí, tomar un arma y empezar a responder el fuego enemigo, apoyar a sus compatriotas, salvar la vida, volver a casa. ¡Bang!

Oscuridad era todo lo que veía y el frío en su cuerpo todo lo que sentía. A pesar de tener los ojos sellados, sabía que con abrirlos no cambiaría en nada la opacidad que la rodeaba.

Deseaba moverse, pero no podía, sus músculos no respondían, desde sus pies hasta sus manos, su torso y rostro permanecieron inmóviles, por mucho que intentara. ¿Dónde se encontraba?

El último recuerdo era el rozar de las balas, los sonidos provocados por la desesperación de miles de personas que se sumaban al de las armas usadas para reprimir a los que, como ella, asistieron a la protesta de esa tarde.

‘El sudor frío que corría por sus sienes contrastaba con el sol inclemente que le taladraba la piel, trayendo consigo recuerdos y vestigios del último verano que disfrutó con su familia en esa hermosa playa'.

Recordaba haber corrido, tratando de escapar de los guardias que disparaban sin distinción. Niños, adultos, daba lo mismo. Sus piernas y brazos sangraban de las veces que los proyectiles la habían rozado al pasar, perdonada para seguir viviendo un segundo más.

La sangre conciudadana se mezclaba en el suelo, en el aire, en su piel, parecía que la sudaba, su sabor se asentaba en la boca junto al dejo amargo del miedo.

La violencia en las protestas aumentaba gradualmente, pero jamás imaginó que podían llegar a ese extremo. La obvia displicencia por la vida humana mostrada en este episodio era predicción suficiente de cómo se llevarían las cosas a partir de ese momento. Sin dudas, los tiros eran a matar, la indecisión no formaba parte de las negociaciones.

La insensibilidad en la mirada de los guardias que avanzaban sin titubeos era alarmante, sabían a la perfección cómo acabaría. Ni una onza de pesadumbre en su paso. Un dolor intenso en su costado y otro justo en su espalda se sumaban a la imposibilidad de sus piernas para seguir recorriendo los pocos metros hacia la seguridad.

Si solo alcanzara el hospital estaría bien, no tenían permitido ingresar con armas, no podrían seguir disparando, estarían seguros dentro. Sin embargo, parecía alejarse cada vez más aquel santo territorio que tanto ansiaba y, en su lugar, el piso se acercaba rápido, sin buscarlo. Agotadas sus energías, no sintió el golpe contra el empedrado.

Boca abajo, con el rostro de lado, sin poder cambiar de posición, veía personas que caían a su alrededor, como canicas soltadas por niños aburridos de jugar. Ve el miedo en los ojos de esas personas, antes de que la luz de la vida se esfume. Sabía que lo mismo le pasaba a ella. Deseaba poder regresar y ver a su niño. Lo último que recuerda es un fuerte ¡Bang!

Calor, demasiado para esa época del año, llevaba consigo humedad y más incomodidad de lo normal lo cual empeoraba la molestia de antiguas heridas, la vida de mecánico trae consigo más disgustos que ganancias, en él se manifestaba en la falta del dedo gordo del pie derecho, que no añadía a su atractivo, casi nulo, porque la naturaleza decidió que tendría fuerza, pero no belleza.

«Bueno, unas se ganan otras se pierden, la vida continúa».

Como cualquier otro día de arduo trabajo debajo del capó de autos viejos, nuevos, caros y baratos, con el lidiar de clientes insatisfechos.

No entendían que los arreglos por causa de una negligencia exigirían días y una cantidad considerable de dinero.

Él trataba de explicarles sin mucho éxito.

Ese día atendió el caso de una señora delicada y pequeña de unos sesenta años. Era de esas clientes que no creen en lo que se les dice, que necesitan la descripción de todo para rápidamente desaprobarlo.

Había esperado que se terminaran las reparaciones en su auto, una reliquia bien conservada pero que parecía estar dando las penúltimas vueltas de su larga vida, un Ford Fiesta del 78, en definitiva, llegando el final.

Ahora lo difícil no era reparar el auto sino hacerle entender a una dueña muy apegada que debería ir pensando en cambiar de vehículo si deseaba llegar más allá del supermercado de la esquina.

—Señora, debe saber que no le digo esto para molestarla, lo que sucede es que ya no se pueden conseguir ciertas piezas para reemplazar las que tiene, que ya están muy viejas.

—Joven, no me importa, este auto ha estado casi cuarenta años con nosotros, no voy a cambiarlo.

—Bien. Pero entienda que para conservar un auto tan viejo hay que hacerle modificaciones para actualizar muchas de las piezas que ya no se fabrican y para eso tendría que dejar el auto por lo menos un mes y el costo se elevaría bastante.

—Su ineptitud como mecánico no es mi problema. Repare mi auto para hoy, tengo cosas que hacer.

—Le puedo entregar el auto pero no le garantizo que vaya a funcionar más de un par de meses antes de que tenga que volver a meterlo en un taller, sea este o cualquier otro.

—Me molesta. Hasta aquí. Esto se acabó.

Al principio, él pensó que ella iba a pagar el servicio del día.

—Ahora ya no me dirá que no puede reparar mi auto.

Metió la mano en su bolso.

TAYRA NAVARRO V.

Estudiante de PROFE

Nació en la Ciudad de Panamá el 21 de julio del año 1988.

Con educación dirigida principalmente a la ciencia, no olvida su amor al arte de la escritura.

Por ello, llevó el primer Programa de Formación de Escritores (PROFE), promovido el Instituto Nacional de Cultura (INAC) en el 2017.

Forma parte del grupo de escritores que presentaron La mansión de 13 puertas el año pasado.

Todo fue caos, algunos buscaban la salida, otros gritaban o corrían, y la señora aún parada frente a él, con un arma en la mano, mirándolo fijo.

Lo último que llegó a escuchar. ¡Bang!

Despertó casi sin aire, sudado y con el rostro de su madre al frente. Ya era de mañana, hora de ir a la escuela.

—No quiero —dijo con voz quebrada.

—Nada de eso, hijo no puedes faltar tan seguido.

—Mami, por favor —imploró con tanta desesperación en su voz que ella se detuvo un minuto a observarlo.

—Está bien, llamaré al médico para llevarte esta misma tarde, estás muy pálido, mi amor.

Los ojos del pequeño, cansados, profundos, llenos de tanto miedo. Deseó tanto que eso desapareciera luego de cumplir los trece años. Sí, su situación estaba empeorando.

La mujer toma al niño del brazo para ayudarlo a moverse a la sala, no quería perderlo de vista. Dentro del cuarto hay un armario, con puertas de espejo que reflejan todo el dormitorio, incluyendo la puerta de la habitación desde donde el niño voltea antes de salir.

Sus ojos enfocan la cama y justo debajo, ve tres pares de piernas casi ocultas. Uno viste empolvados pantalones militares, pies descalzos, manchados por sangre y tierra; el que le sigue mancha el piso con el mismo rojo fluido: pies delicados, pequeños, femeninos; el par final, pies cansados, trajinados, le falta el dedo gordo del pie derecho.

ESTUDIANTE DE PROFE