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14 de Oct de 2019

Cultura

La voz

Sofía se despierta todos los días a las tres en punto de la mañana. Lo sabe porque mira el reloj en su mesita de noche. Apenas abre los ojos, lo p...

La voz

Sofía se despierta todos los días a las tres en punto de la mañana. Lo sabe porque mira el reloj en su mesita de noche. Apenas abre los ojos, lo primero que oye es una voz:

Sofía, ven. Acércate a mí.

Son siempre las mismas palabras. Cuando las escucha, una ola de calor invade su cuerpo. Es como si la voz despertara en ella algo que estuvo por mucho tiempo dormido en su interior. Mientras abre los ojos, el sonido se conecta con su cuerpo, enviándole olas de fuego.

Sofía, ven. Acércate a mí.

Se levanta con la sensación de estar flotando. Ve solo oscuridad, pero la voz resuena en su cabeza, cada palabra emite un timbre al que no puede resistirse. Es una voz gruesa, como la de un hombre fuerte, pero con un tono cantarín hacia las últimas palabras.

Sofía camina con lentitud, intentando no tropezar con los objetos de la habitación, pero termina golpeándose con una de las cajas de la mudanza. Sus padres duermen en el piso de arriba, ajenos a todo lo que le sucede. Son arquitectos y decidieron diseñar hace poco su propia casa, pequeña y nada ostentosa. Aún quedan varias cosas por arreglar. Su padre es bueno socializando con las personas, las hace sentir que él también es parte de sus sueños. Su madre solo asiente, orgullosa. A Sofía todo eso le parece una tontería. Una farsa. La carrera de sus padres y sus amigos. Sus estudios, su casa. Le fastidia todo lo que tenga que ver con el mundo donde la han obligado a vivir.

Sale de la habitación y baja por las escaleras. El trayecto es oscuro. No puede distinguir el lugar donde se encuentra, ni a nadie a su alrededor. Busca la voz. Le ha pasado muchas veces de niña, pero ahora, de adolescente, es distinto. No cuenta con la misma inocencia, ni con el mismo temor. Creció en un ambiente de tensiones, con padres ausentes debido a los largos viajes de trabajo. Que si la reunión del alcalde, el empresario, los directores de escuelas, en fin. Todos tenían su atención, menos ella. Creció con niñeras que apenas podía reconocer. No tenía muchos amigos, y tampoco iba demasiado a la universidad. Los libros fueron su refugio. Disfrutaba leerlos, sumergirse en ellos y olvidarse de ese otro mundo, el suyo, que le parecía falso. Le atraían las historias de misterio y terror. Edgar Allan Poe era su predilecto, en especial, el poema de Annabel Lee. Se lo sabía de memoria y lo recitaba antes de dormir.

Sofía, ven. Acércate a mí.

Sofía abre la puerta de la entrada. Sus mejillas arden debido al impacto del aire gélido. Sale dando pasos lentos pero seguros. No se tropieza en el primer escalón, pero casi lo hace en el segundo. Sigue viendo la misma oscuridad. ¿Dónde se encuentra esa voz? ¿Está en su cabeza? Por mucho que intenta buscar el sonido, este desaparece en las últimas palabras.

La voz sigue recorriendo cada rincón de su cuerpo. Se detiene de repente. Después de unos minutos, se alza el vestido y se lo quita. No lleva nada debajo. Tiembla del frío, aunque se mantiene firme. Con la luz de la luna, se puede vislumbrar su cuerpo desnudo, tembloroso, con los pezones hinchados. Desea en ese instante ser devorada por la voz. Podría dejarse consumir con solo escucharla. Ese roce de palabras, esa progresiva aproximación hacia un sonido que desconoce y al mismo tiempo ansía conocer, poseer. Quizás desnuda pueda atraer al hombre que la llama. Sin embargo, ¿cómo sabe que se trata de un hombre? Puede ser otra cosa. Pero, ¿qué?

Sofía…

Se abraza con sus delgados brazos y alza la mirada hacia la luna llena. No, la voz no proviene de arriba. Es como si de repente estuviera detrás de ella y luego se deslizara, circundándola. Extiende los brazos para intentar apresarla, pero solo logra cerrarlos contra sí misma. No lo entiende. Esa voz la ha guiado hasta allí, ¿no? Claro que sí. Se lo dijo: ven, acércate. ¿Adónde tiene que acercarse si no puede ver nada? Su cuerpo se enciende una vez más.

La excitación y el frío la entumecen. Se encuentra de pie frente a una larga calle oscura, con la luna como única compañía, lejana, luminosa. Sabe que sus padres podrían despertar pronto. Le gritarían, tal vez la golpearían y la castigarían severamente. No le importa. A pesar del frío, logra deslizar las manos por sus caderas, por sus piernas, en un intento de contagiarles un calor que viene de adentro. Y de la voz. Siente un hormigueo intenso debajo del vientre y tiene que inclinarse para sostener parte de su cuerpo. Se humedece los labios, los dedos, y busca aquella voz dentro de sí. Puede imaginar a un hombre alto, de hombros anchos, con una mirada ardiente, manos grandes y suaves. Esas manos la rodean, buscan, incitan.

¿Qué puedo hacer, entonces? ¿Dónde puedo encontrarte, voz? ¿Quién eres?

Silencio. Se escucha a lo lejos el sonido de un gato. Algo se arrastra cerca, pero no está segura de dónde proviene. ¿Alguien la observa? Sofía suspira profundo para lograr apaciguar los temblores internos y se inclina para recoger el vestido a sus pies.

Sofía, ven…

Sostiene el vestido contra su pecho. No deja de vibrar, humedecerse, calentarse. Da un paso al frente y agudiza el oído. De nuevo silencio. Se pone el vestido y se gira con lentitud para volver a casa. Ya es hora de regresar, la luna empieza a desaparecer y a lo lejos se asoman algunos destellos naranjas.

Mientras camina, se siente suspendida, como si atravesara una tupida niebla movediza. Entonces percibe la voz, o al dueño de la voz cerca, muy cerca, casi a sus espaldas. Pero ya no tiene tiempo para seguir escuchando. No ahora. Se hace tarde y debe regresar.

Abre la puerta y entra. Se dirige a la habitación sin hacer ruido, con la cabeza en alto y los hombros hacia atrás. Muy erguida, casi mecánica. Al llegar a su habitación, se acuesta en la cama. Oscuridad. Su cuerpo continúa temblando con la misma pasión e intensidad, como todos los días desde su niñez. Suspira y cree escuchar unos pasos que se acercan a su puerta. ¿Unos pasos o una voz?

Sofía, ven. Acércate a mí.

AUTORA

‘A Sofía todo eso le parece una tontería. Una farsa. La carrera de sus padres y sus amigos. Sus estudios, su casa. Le fastidia todo lo que tenga que ver con el mundo donde la han obligado a vivir'

YOSELIN GONCALVES

Autora

Nació en la ciudad de Barquisimeto, Venezuela, el 21 de mayo de 1993.

El 2017 culminó su Licenciatua en Publicidad y Mercadeo con énfasis en imagen corporativa en la UIP (Panamá).

La bilogía El acecho de los inmortales libros I y II fueron publicados tanto en formato físico como digital, entre 2016 y 2017, y fueron presentados en la FIL Panamá 2017.

Esta semana, la autora presentó su primer libro de cuentos No apagues la luz (Foro/Taller Sagitario Ediciones).