La Estrella de Panamá
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22 de Oct de 2019

Cultura

Niñofobia

En un mundo convulsionado, desigual, violento, contaminado y en crisis, no es raro que menos personas quieran reproducirse

En algún momento, todos hemos querido huir de un restaurante donde un niño ha roto en llanto. Hemos sentido ganas de pedir a un papá o a una mamá que controle al pequeño terremoto que nos patea la silla en una sala de espera, o hemos subido a un avión y descubierto —para nuestro horror— que nos toca viajar cerca de un bebé. Pero al margen de las incomodidades comunes y momentáneas que pueden llegar a producir los niños, las sociedades occidentales, que ya son bastante adultocéntricas, parecen mostrar un creciente rechazo hacia la niñez: existen hoteles, restaurantes y vagones de trenes child-free , además de cientos de blogs, videos, libros y memes dedicados a la felicidad de vivir sin hijos. Por si fuera poco, está reviviendo el movimiento antinatalista, que tacha de egoístas a quienes se reproducen y los responsabiliza por la posible sobrepoblación que dicen provocará la debacle del planeta. Irónicamente, en estos tiempos de corrección política se ha vuelto socialmente aceptable expresar rechazo hacia a los niños.

Es indiscutible que hay padres permisivos y desconsiderados con su entorno; que existen niños terriblemente inquietos, y que una sala de cine no es lugar para un bebé. También es cierto que el amor por una mascota puede bastar y sobrar para muchas personas, y que la sola idea de poder gastar toda la quincena en caprichos y placeres puede ser motivo suficiente para no procrear. Pero, más que una simple preferencia personal, el retraso en tener hijos, o su rechazo total, es un signo de nuestros tiempos.

En un mundo convulsionado, desigual, violento, contaminado y en crisis, no es raro que menos personas quieran reproducirse. Aunado a ello, los avances en anticoncepción y en equidad de género han reducido la presión social en las mujeres por ser madres, mientras la precariedad laboral y las crisis económicas han hecho que los adultos jóvenes encuentren mayores dificultades que sus padres para emanciparse o querer formar su propia familia. Pero, si bien estos factores influyen en que menos gente tenga hijos, no aclaran por qué muchas personas, en especial jóvenes, parecen repudiarlos.

Podría tratarse de una expresión cultural del nihilismo posmoderno y la desesperanza en el futuro; del deterioro del tejido social provocado por un modelo económico-político que prioriza la renta por encima de la vida humana y nos individualiza hasta no poder reconocernos el uno en el otro. Nos volvemos cada vez menos tolerantes, queremos que la vida se ajuste a nuestras expectativas en todo momento, nos cuesta comprometernos con algo más que nosotros mismos y hemos olvidado la empatía y el sentido de comunidad. Olvidamos que los niños son parte de la vida y de la sociedad, que este mundo también les pertenece y que, al igual que los más viejos, tienen sus propios ritmos, tiempos y necesidades. Que es imposible evitar o controlar absolutamente cada berrinche de un niño, y que, aunque las pataletas sean un fastidio, forman parte del aprendizaje de límites y normas.

Algunos adultos silban y cantan en una oficina mientras sus compañeros intentan concentrarse. Otros escuchan música en público a todo volumen y sin audífonos, y nunca faltan los que van a restaurantes y, pasados de copas, gritan y se carcajean a todo pulmón para incomodidad de los demás presentes. Sin embargo, esperamos que los niños se comporten todo el tiempo, sin darnos cuenta de que imponerles estas expectativas irreales puede convertirlos en adultos inestables, disfuncionales y frustrados.

Decía José Martí que los niños nacen para ser felices, pero en el mundo contemporáneo, debemos comenzar a preguntarnos qué consecuencias traerá para los niños crecer en una cultura que constantemente les repite que estorban, o que les obliga a asumir una madurez que no es propia de su edad para que puedan ser aceptados.

Es comprensible que mucha gente no quiera tener nada que ver con niños; que prefieran tener un gato, un pez o un cactus. Que elijan pasar una vida tranquila, mirando series en Netflix y teniendo noches de descanso ininterrumpido, sin mayores preocupaciones que a dónde viajar el próximo año. Confieso que años atrás fui de esas personas y que llegué a sentir rechazo hacia los niños, pero la vida no para de dar vueltas, y hoy que soy madre de un bebé, he podido reconectar con el sentido de colectividad y de altruismo que ha perpetuado a nuestra especie en el planeta. Por supuesto, la paternidad o la maternidad no es cualquier cosa ni es obligatorio desearla, pero en este mundo hay lugar para todos.

COLUMNISTA