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24 de Nov de 2020

Cultura

Elías

Tú, Elías, de ocho a cinco, eres una constante vital plana

Entramado en sueños y sábanas húmedas forcejeas cada mañana. Despertar es ese momento doloroso que precede al espesor de tu vida. El café tu orimulsión. Un muchacho desgarbado te examina desde el espejo; nota tu presencia primero que tú la suya. Con más aburrimiento que curiosidad te observa: lo imberbe, lo pálido, lo etéreo. Le ignoras y sigues adelante con acciones memorizadas, repetidas. Muy a lo Steve Jobs, no piensas qué ponerte porque toda tu ropa es igual; así que te vistes en automático con pantalón, zapatos y chaqueta negra. Franela blanca manga larga con botones de medio pecho al cuello. Tú, Elías, de ocho a cinco, eres una constante vital plana.

El termo te quema los dedos y el maletín de la computadora te machuca el hombro. Son dos sensaciones hermanas que te acompañan en tu trayecto diario. Durante la espera eterna del ascensor, te corren gotas de sudor por la frente y la espalda. Debiste acostarte temprano; debiste dejar esa historia fatua e irte a dormir para no sentir la pesadez que arrastras ahora cual carretilla vieja, como casi todos los días.

El pasillo que atraviesas en la planta baja es tu última tregua, el túnel del tiempo que desemboca directo al caos: la ciudad furibunda te recibe con su aliento smog y sus gritos bocina. Das un trago al café para lubricar el momento e iniciar tu danza esquiva entre la masa de transeúntes autómatas, iguales a ti. Hombros y codos se activan para una guerra de tumbos y empujones. Tus pasos no siguen un ritmo, ellos se adaptan al vaivén impuesto por el equilibrio colectivo, el del cuerpo compacto de mil patas que se transporta por la acera. Y las suelas de tus zapatos se hacen más lisas con cada traspié, un desgaste que tus zancadas no pueden ocultar.

En la esquina una señal te detiene y durante la espera te invade un sopor estático, tu organismo todo se mantiene en pausa. Solo una incipiente barba se rebela y empieza a crecer segundo a segundo. Pelos rojizos, rubios y blancos pueblan ahora tu rostro y, al iluminarse de verde un pequeño caminante del otro lado de la calle, reanudas la marcha. Tus pasos paran en seco el crecimiento del vello facial.

Anoche pudiste haber terminado el informe que hoy debes entregar, pero preferiste quedarte arrojando ideas inconexas sobre la página en blanco, jugando a ser el Dios de una historia estúpida. Una brisa sopla de frente izando una cresta de aletas tejidas. La fricción del viento te obliga a encorvar la espalda en resistencia y es cuando una leve joroba se erige en tu lomo. Das otro trago de café y una película tibia te curte la garganta entera, te hace toser un poco y tu voz se vuelve grumosa. Carraspeas con la mano libre pegada a los labios. Una mano que tus resoplidos van tornando nudosa. Unos labios finos que se hunden hacia la cavidad de tu boca. Cuando recuperas el aire, tragas grueso y una manzana de Adán puja protuberante en tu cuello, cubierta de petequias.

Al doblar, el sol te da en la cara de frente. La calidez se posa sobre tu piel y eres incapaz de sentir cómo va pigmentándola, simulando un pollo que se rostiza mientras gira lento en el horno. Tampoco notas que esas pequeñas arrugas que se marcan al pie de tus ojos cuando te encandila el destello se hacen profundas, se extienden, se multiplican. Todas las lágrimas que has aguantado en la vida se recogen en pesadas bolsas donde antes mostrabas ojeras tenues.

Estás a unas pocas cuadras de la oficina e imaginas tu entrada por los pasillos grises, los saludos en mute , la corbata ancha y ridícula de tu jefe, el olor a café seco, las plantas artificiales, tu escritorio impersonal enterrado bajo pilas de papel con tablas infinitas de números vencidos. Al anticipar esa sensación conocida empiezas a transpirar, tus dientes y las palmas de las manos se ponen amarillentas, el cabello antes alborotado por la brisa ahora está grasiento bajo el sol. Un mechón de canas titila ondulante.

Usted, Don Elías, cruza la puerta con andar chueco y metiendo un pie, con una jarra de café frío en la mano, con un maletín desvencijado colgando del hombro, con su patético look de viejo solitario. Usted, Don Elías, atraviesa el pasillo dejando una estela rancia, mostrando una palma apergaminada a manera de saludo a quienes se topa alrededor. Su amarga voz de fumador da los buenos días a su secretaria sin esperar respuesta; se interna en su cubículo oscuro y aburrido; se tumba sobre el sillón chirriante y sepulta sus neuronas en cerros de papeles, en pilas de problemas, en mares de correos, en extensos campos de batalla racionales que nada tienen que ver con aquella estúpida historia que anoche –feliz– escribía.

AUTORA

‘El pasillo que atraviesas en la planta baja es tu última tregua, el túnel del tiempo que desemboca directo al caos: la ciudad furibunda te recibe con su aliento smog y sus gritos bocina'

MARÍA PÉREZ-TALAVERA

Autora

Valencia, Venezuela, 1985. Narradora, bibliotecaria y especialista en ciencias de la información.

Graduada del Diplomado en Creación Literaria de la Universidad Tecnológica de Panamá (2015).

Actualmente cursa una maestría de Biblioteconomía y Ciencias de la Información en la Universidad San Jose State de California.

Sus cuentos han sido publicados en las revistas Maga , Panorama , diversas publicaciones digitales y la antología De un tiempo a esta parte (2016).

Autora del libro de cuentos Umbrales líquidos (2015). Es bibliotecaria de The International School of Panama. Vive en Panamá desde 2010, con su esposo e hijo.