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19 de Sep de 2020

Cultura

César Évora: ‘La actuación es una carrera de resistencia'

Este exponente de las telenovelas latinoamericanas enfatiza que el actor nace en las tablas. Revela que aún se puede vivir de la interpretación y explica que los ‘remakes' de las buenas historias son necesarios

César Évora (La Habana, 1959) tiene una doble vida: una cuando interpreta y la otra cuando simplemente es él. Así son los actores, seres que tienen el don de dejar de ser ellos mismos para transformarse en un personaje. ¿Quién no recuerda al padre Juan de La Cruz en El privilegio de amar ? ¿O a Esteban San Román que con su porte y grave tono de voz conquistó a La madrastra y a toda la audiencia? ‘La actuación es una carrera de resistencia, en la que siempre existe una responsabilidad social', dice él. En esta ocasión, llegó a Panamá como Marcelo, pisando las tablas del Teatro Anayansi, en la obra, producida por Omar Suárez y dirigida por Benny Ibarra, ‘Las arpías recargadas', donde compartió escenario con Victoria Ruffo, Jacqueline Andere, Ana Patricia Rojo, Lorena Velázquez, Sherlyn González, Zoraida Gómez y Maribel Guardia.

César es un hombre culto, enérgico y lúcido. Actúa porque a ‘todos nos gusta una buena historia'. Porque cree aún que en la televisión hierven relatos impecables, que huyen de lo vulgar y efímero. Actúa porque cree aún en la comunicación, mirando a los ojos. Porque crea personajes que se pueden analizar en familia ‘sin estar mirando el teléfono'. Actúa para reivindicar la producción de la telenovela, para aplaudir el drama y dejar a un lado los culebrones vacíos y sin gracia.

Dicen que para ser buen actor se necesita ser un lector voraz. Empaparse de ideas y personajes que luego se materializan con pasión en cada rol. Para el cubano, todo esto se aprende sobre el escenario frente a un público expectante. ‘El teatro es la escuela del actor. Quien no haya sido formado en las tablas teatrales, tiene un déficit enorme de capacidad y de posibilidades', puntualiza. ‘La relación tan estrecha que se produce, y a veces hacer una pausa en un texto, recuperarlo y esperar que el público termine de reírse, exige un entrenamiento y una capacidad que no te da la televisión', describe. ‘Soy actor y no me importa el medio'.

‘¿Que cómo se logra ser primer actor?'. Y lo suelta, así, simple, sincero: ‘¡Ah, caramba! Pues trabajando mucho, dejando de dormir mucho (ríe). Esa es la única fórmula: mucho trabajo, muchos años de dedicación. Nada viene gratis, nada es fácil. Hay gente a la que de alguna manera las puertas se le abren, pero esas puertas que se abren también se cierran rápido. Esto es una carrera de buenas oportunidades, pero también hay que tener capacidad para soportarla. No es solo de una novela o de una película… es una carrera para toda la vida. Es una larga escalinata que va a terminar el día de tu muerte', matiza.

La columna vertebral de César Évora está hecha por determinación, porque en la industria de la televisión, así como en la vida, nada viene sin esfuerzo. ‘La actuación no es simplemente acomodarse a las salas de la fama. Y dejar pasar el tiempo y dejar correr las horas. No es una carrera de un sólo éxito: del que ya lo logró, ya lo tiene. Lo esencial es lograr algo y mantenerlo. La actuación es una carrera de resistencia', cuenta Évora. Por ese concepto personal hizo su propio antídoto contra los vaivenes del oficio. ‘Nunca creo que he llegado a ninguna parte. Cada obra y cada trabajo en mi carrera es un peldaño y ese peldaño debe ser hacia arriba. Puede ser que a veces tengas una zona plana o que bajes un escalón, pero lo importante es saber a dónde vas', expone. ‘No he tenido siempre una escalera vertical o directa al cielo'.

Cualquier persona pudiese pensar que quienes están cerca del escenario y del foco son seres presumidos y arrogantes. Un prejuicio que desmonta Évora, y lo hace cándido y sonriente. ‘Todo tenemos un ego, ahora que te lo creas es otra cosa. Soy un ser humano, como otro cualquiera. No me considero especial, en lo más mínimo. Y se lo digo al público cuando se me acerca con esos gestos de adoración y admiración. ¿Qué me hace diferente? Simplemente que salgo en la televisión. Soy un ser humano común y cualquiera, hago las mismas cosas de cualquier ser humano. Tengo los mismos problemas que tenemos todos… Yo no vivo en una nube', sonríe.

La industria de las telenovelas siempre ha apuntando a la adaptación de historias originales, una fórmula que según Évora es necesaria. ‘El remake en la televisión es como el del cine. ¿Por qué ocurre? Porque hay nuevas tecnologías, nuevos actores, nuevas generaciones… El público evoluciona, el público cambia. A lo mejor les encantaría volver a ver esa nueva versión. Lo que se debe hacer es adaptarse a la nuevas épocas. Las historias tienen que ser más dinámicas, más fuertes… más concentradas. No dejar de ser una historia bien contada y no dejar que el público se desconecte con los personajes. Simplemente es hacer una novela, de hace 20 o 30 años, para un público que está maduro y listo para recibir esa historia. Esto es hacer un remake , como en la gran pantalla, no refrito como se le dice', reflexiona.

A la nueva era digital, cada sector debe adaptase, sin perderse en los excesos. ‘La industria está pasando por un proceso de adaptación. No va a morir. Seguimos con la necesidad de que nos hagan un cuento. Pero es un proceso de adaptación de los nuevos tiempos y de las nuevas tecnologías', sentencia. Sin embargo lamenta que la tecnología se ha convertido en ‘nuestra desconexión'.

Hay una vida distinta que se cría en Internet, pero a Évora no le interesa. Más charlas y menos celular es su llamamiento. ‘¡Por favor! Mantenlo bien claro. No tengo absolutamente nada. Ni Twitter, ni Instagram ni Facebook... nada que se parezca. Solo utilizo mi teléfono. Hay personas que se hacen pasar por mí en las redes', alerta. ‘Ahora no hablamos. No escribimos. Sustituimos todo con emojis', medita. ‘Estamos muy acostumbrados o creemos que estamos acostumbrados a la inmediatez. El celular y las redes sociales nos han distanciado. Estamos en una era de incomunicación', razona.

UN INMIGRANTE EN BROADWAY

César nació en Cuba y se mudó a México: llevó consigo la calidez caribeña y el ímpetu de su gente, que ha volcado en cada rol de sus historias. Pero antes de afincarse en la tierra del tequila, intentó hacer realidad el sueño americano. ‘Hice teatro en Broadway en el año 1988 y me di cuenta de una cosa: que no pertenecía a ese país. El sistema rechaza y busca un tipo determinado para el mercado. Respeto a los grandes actores de Estados Unidos, pero entendí que ese no era mi lugar. Me consideraba como una pieza más de engranaje. Me vine a México porque me enamoré de este país. No es un solo país, son muchos países juntos. México me ha dado una riqueza cultural infinita, son pueblos muy diversos, tradiciones distintas, comidas diferentes. Viajar por ese país, haciendo teatro, me ha dado todo', recuerda.

Se muestra escéptico ante el panorama político de su país adoptivo y admite que aún le sigue doliendo la distancia de su tierra. ‘Mucha gente que aplaudió el cambio, ahora los veo retorcer y abrir los ojos, preocuparse. Yo sí tengo la prueba de que esto no es funcional. Aunque no puedo juzgar algo que esta naciendo todavía. Son muy bonitas la ideas, pero poco prácticas en la realidad, muy poco factibles... Vamos a ver…. Mientras haya una contraparte y un contrapeso en la sociedad, ayuda a que muchos despierten', analiza.

Uno empieza entender que un actor transita entre la realidad y la ficción porque al final necesitamos un poco de fantasía en la vida a través de relatos que sacudan, agiten y queden en la memoria y César Évora es uno de esos actores capaces de vincular al espectador y ensalzar su oficio detrás de las cámaras. ‘Que cómo me gustaría que me recordaran? Cuando muera, que nos toca a todos, quiero que cremen mi cuerpo y que echen mis cenizas en el mar Pacífico, porque me encanta la energía de ese mar. No quiero que estén en el Caribe bañándose conmigo (ríe). Quiero partir con mi conciencia tranquila. No he vivido para que me recuerden, he vivido para dar lo mejor de mí en mi trabajo. Como he vivido, quiero morir'.