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24 de May de 2022

Cultura

Palabra, obra y omisión

Es curioso el universo de las redes sociales, te depara una sorpresa tras otra, te asombras, te asustas y te descojonas a partes iguales mientras navegas por los procelosos mares de internet

Lees las publicaciones de personas que están destruyendo honras y reputaciones con exquisita precisión de cirujano mientras se resisten a escribir, en esa misma publicación la palabra ‘puta' o la palabra ‘mierda'. Están destrozando la imagen de un semejante mientras le piden a su ‘D-s' que ayude a ver la luz a aquel o aquella a la que acaban de arrastrar por el fango de las habladurías y los correveidiles. Y lo escriben así, D-s, porque creen, realmente creen, que es una blasfemia escribir las cuatro letras de un nombre común utilizado por una religión como nombre propio.

Y entonces llega a mi cuenta de Twitter uno de los defensores de la evitación de las palabras sucias, aleccionándome acerca de la maldad de las mismas y explicándome que el otro día escuchó a una adolescente de trece años decirle a otra que le había chupado con los labios y la lengua el pene a alguien. (Nótese la exquisita manera en la que he evitado cualquier vocablo escabroso en este párrafo). Usaba este ejemplo para ilustrarme acerca del daño que representa el uso de determinados términos.

Yo aúllo un tanto sorprendida y un mucho asustada. A mi edad la lectura de la Celestina, del Decamerón, de La filosofía en el tocador y de La muchacha de las bragas de oro todavía no me había preparado para pasar de la teoría a la práctica de la fellatio. Pero ya sabemos que los niños de hoy en día vienen al mundo aprendidos. Bien está.

Lo que no está bien es que nos asustemos de lo que dicen y no de lo que hacen. Llámenme histérica si desean, pero a mí me azara muchísimo más que a esa edad estén haciendo determinadas cosas.

Hablar correctamente implica poder utilizar las palabras correctas en los lugares adecuados, y eso quiere decir que puedas, o no, utilizar, o no, cualquier palabra que está en el diccionario. No existen palabras sucias ni malas palabras. Cualquier término puede ser usado como ofensa, como insulto o para despellejar a alguien. Hagan la prueba, imaginen la palabra ‘creyente', dicha con el tono adecuado, y díganme si no se siente como un insulto a su inteligencia. Pronuncien la palabra ‘yuca' con la entonación correcta y díganme si no se les sale una risilla nerviosa. Pues eso es exactamente lo mismo que sentían los españoles hace años cuando llegaban a Panamá y les decían que los iban a llevar al Chocho. O los panameños cuando en España les hablaban de lo bonita que era una chucha callejera.

Seguimos enmarañados en las palabras y no llegamos al meollo, nos entretenemos en zarandajas sin llegar al núcleo: las niñas de trece años hacen felaciones.

¡¿A nadie más que a mí le parece que hay algo es ese acto que amerita que nos pongamos a meditar sobre la problemática que lo rodea?! Porque de verdad que siento que somos como infantes que se tapan las orejas con las manos mientras gritamos lalalá para no oír nada que nos ofenda mientras las adolescentes siguen chupando vergas.

Pero eso no es lo peor, mientras nosotros discutimos por un grupo de letras reunidas, las niñas siguen cogiendo y preñándose y pariendo. Y niñas y niños se contagian de clamidia, y de sífilis, de gonorrea y de VIH.

Perdón, pero no sé cómo escribir este horror con palabras menos malsonantes. Miren a ver si lo superan.

COLUMNISTA