05 de Dic de 2022

Cultura

La cultura y el juego, una guía para los incautos

Reducir la cultura a un ámbito supravital desconectado y extraño a la vida sigue siendo un peligro real hoy en día como lo fue en el siglo XVIII, concepto que todavía es reducido a ciertas expresiones tradicionales panameñas obviando en el proceso el amplio espectro de manifestaciones culturales sobre las cuales el futuro Ministerio de Cultura debería trabajar

La cultura y el juego, una guía para los incautos
La cultura y el juego, una guía para los incautos

A finales del siglo XVIII, Friedrich Schiller elaboró uno de los textos más fascinantes en torno al Bildung (traducido como formación), y fue en este trabajo titulado ‘Cartas sobre la educación estética del hombre' en donde el filósofo y dramaturgo denunció el olvido de la dimensión vital de la cultura en aras de un ideal supramundano, hecho que según él habría acontecido debido a la fragmentación de las sociedades humanas, una conclusión inevitable debido a la necesidad de dar viabilidad a los complejos mecanismos que integran el armazón político y económico de los Estados modernos, pero cuya consecuencia más triste fue el desgarramiento de la unidad interna de la naturaleza humana, esta es: razón y sensibilidad.

Schiller sostiene que aquel Estado que pretenda construir una sociedad de paz, no se puede permitir olvidar el ámbito vital de la cultura, ya que de otro modo sería una cultura que no respira; ajena y extraña a la vida, desconectada de nuestro contexto inmediato, nuestras historias, modos y procesos. Al respecto de esta otra cultura fragmentaria, Schiller indica en la Carta VI que habría sido ella la que ‘infligió esta herida a la humanidad moderna. Por una parte, aumentaron los conocimientos empíricos y el pensamiento se fue haciendo más preciso, lo cual propició una división más estricta de las ciencias; y por otra parte, los mecanismos de los Estados, cada vez más complejos, hicieron precisa una más estricta separación de las clases sociales y de sus funciones'. Y estos Estados a los que alude Schiller producirían ciudadanos ‘felices de ahorrarse el ingrato esfuerzo de pensar' dejando que en el proceso ‘otros tutelen sus ideas' y ‘se aferran con ávida fe a las fórmulas que el Estado y el clero tienen dispuestas para tales casos'.

De este modo, esta otra cultura se terminó por convertir en un ‘un extraño para el mundo de los sentidos y renunció a la materia para consagrarse a la forma'. En otras palabras, las exigencias de la sociedad moderna hacen chocar la necesidad contra la libertad, los instintos contra el deber moral y la sensibilidad contra lo inteligible. Schiller tampoco está proponiendo un retorno a un primitivismo roussoniano; aspira en cambio a un intercambio armónico entre ambas partes (razón y sensibilidad), sin que una termine absorbiendo a la otra.

De este modo, la meta schilleriana no sólo consistió en revitalizar la cultura, a su vez anhela encontrar un mecanismo que armonice los dos impulsos que gobiernan el ámbito individual y colectivo de la humanidad, a los que denominó como impulso formal e impulso sensible. Sobre ello dirá en su Carta XIII que ‘nada parece a primera vista más opuesto que las tendencias de esos dos impulsos, puesto que uno insiste en el cambio y el otro en la inmutabilidad'. En este sentido indica más adelante que ‘la misión de la cultura es velar por los dos impulsos, y asegurar que ninguno de ellos transgreda sus límites, pues debe ser equitativa con ambos, y no sólo afirmar el impulso racional frente al sensible, sino también a este frente a aquel'.

Pese al desencanto, la Revolución sí consigue forjar cambios sobre la sociedad europea, entre ellas que el hombre adquiere una mayor consciencia de su rol en el desenvolvimiento de la civilización humana, esto es, pasamos a ser los protagonistas...

Para el dramaturgo alemán el único camino viable será la educación estética, pero, ¿por qué esta solución? Aquí, cabe señalar que una de las razones que motivó a Schiller a concebir este proyecto —quizás la más importante— podemos hallarla en su rechazo al oscuro giro hacia el cual involucionó la Revolución Francesa. Este proceso político y social, si bien provocó inicialmente grandes expectativas entre importantes intelectuales alemanes de la época como indica Rüdiger Safranski, será eventualmente rechazado por quienes se declaraban sus aduladores, en tanto que se hizo evidente para estos que la vía armada-política para forzar cambios dentro de la sociedad lleva ineludiblemente a una nueva forma de barbarie.

Pese al desencanto, la Revolución sí consigue forjar cambios sobre la sociedad europea, entre ellas que el hombre adquiere una mayor consciencia de su rol en el desenvolvimiento de la civilización humana, esto es, pasamos a ser los protagonistas; nuestro progreso ya no corre a cargo de un dios o de fuerzas desconocidas, sino que es obra y ejecución de nuestra voluntad. Imbuido por este contexto, surgen las Cartas de Schiller, quien si bien se niega a devolver el control total a la naturaleza, tampoco querrá mutilar la sensibilidad humana en favor de un rígido y gélido reinado de la voluntad racional. Sobre ello agrega Ricard Casadesús, que lo que el dramaturgo alemán no podía aceptar era un ‘Estado que aniquilaba la floración armoniosa de la personalidad humana'.

Viéndose en medio de estas dos posiciones extremas, Schiller concibe una dialéctica en la que el antagonismo de los dos impulsos se resuelve felizmente gracias a la intervención de un tercer impulso, el del juego. Por juego, Schiller entiende ‘todo lo que no es contingente subjetiva ni objetivamente y aún así no impone ninguna constricción ni externa ni internamente', y este nuevo impulso se convierte en un mediador o árbitro que no coacciona ni a la sensibilidad ni a la razón, ni permite que una se apropie de la otra.

El juego será entonces la puesta en práctica de la libertad y la actividad que permitirá la activación de este tercer impulso serán las artes, siendo estas últimas entendidas como aquellas prácticas que faciliten puntos de encuentro entre los dos impulsos opuestos. Schiller podría sugerirnos utilizar el teatro, más en nuestro mundo actual, especialmente si comprendemos la cultura como todo aquello que, habiendo nacido de un sujeto, va objetivándose hasta perder su carácter subjetivo y se convierte en algo de dominio general, las actividades que podamos emplear para esta tarea, deberían ir más allá de lo que conocemos como las bellas artes. Al limitarnos a este campo tradicional y afirmar que sólo en ellas se evidencia la cultura, haríamos frente a la actitud más obtusa de nuestra época, pues con ello ignoramos un amplio espectro de nuestras manifestaciones culturales (que tampoco se reducen al folclor, pollera, negritud, comida típica, etc).

Por juego, Schiller entiende ‘todo lo que no es contingente subjetiva ni objetivamente y aún así no impone ninguna constricción ni externa ni internamente', y este nuevo impulso se convierte en un mediador o árbitro que no coacciona ni a la sensibilidad ni a la razón, ni permite que una se apropie de la otra.

¿Qué logra la educación estética? Inicialmente devuelve al hombre su libertad perdida, la del individuo que ya es capaz de entablar un diálogo con el ámbito vital de la cultura, y por ende se encuentra más dispuesto a acercarse a su contexto sin la intervención de fuerzas extrañas o enajenantes que busquen tutelar su gusto; es por ello una educación de todos nuestros atributos: el intelectual, moral, sensible, etc. Pero la educación estética nos brinda algo más; fomenta las capacidades racionales y sensuales de mis conciudadanos, para que estos actúen como seres humanos unificados y armoniosos. De este modo, nos permitirá adquirir, por un lado, un sentido de nuestra propia individualidad, y por otro, nos introduce en el ámbito del sentir común, con lo cual crea las bases afectivas para una humanización más universal.

Todo lo anterior acontece gracias a que dicha formación produce una escisión (Entzweiung) no violenta sobre eso que Sigmund Freud describiría más de un siglo después en su Malestar de la Cultura como la experiencia oceánica (cuando las fronteras entre el yo y el mundo físico están diluidas). Según Freud esta sería la experiencia de nuestros primeros años de vida; de modo que la educación estética, contrario a la razón-moral, disminuye considerablemente el trauma generado por nuestra separación del mundo, momento en el que pasamos a la contemplación de lo externo como algo separado de nosotros. Pero la escisión no acaba en la ruptura total, pues al no ser violenta, acontece una posterior alineación (Entfremdung) de los dos impulsos antes enfrentados, una síntesis que contiene a los dos. Y, ¿no es el juego el que impulsa al niño a explorar múltiples posibilidades de ser-en-el-mundo?

Ciertamente se trata de una posición utópica, en tanto que Schiller cree que las artes pueden llevarnos a una especie de revolución silenciosa que modifique el status quo sin apoyo de reformas o cambios quirúrgicos sobre las estructuras del Estado. Pese a ello, quizás lo que debemos abandonar de Schiller son únicamente sus pretensiones sobre la capacidad de las artes para transformar a la civilización humana toda, para reemplazarle por un proyecto más austero que brinde soluciones a necesidades muy particulares, principalmente dentro de comunidades o agrupaciones históricamente olvidadas. De esta forma, lo que nos toca es recuperar al juego schilleriano como un derecho y una necesidad vital que todo Estado debería brindar a sus ciudadanos a través de renovadas prácticas que no se limiten a las bellas artes. Un juego, que como en la ironía romántica, es alegre y serio al mismo tiempo, en tanto desenvuelve nuestro intelecto y sensibilidad por igual.

Casadesús, R. (2013)

Schiller, F., (2018)

Safranski, R. (2009)

Serrano, I. M., (2013)

Sigmund, F., (1973)

Stanford Encyclopedia of Philosophy, Friedrich Schiller. 2.4 Letter's on Aesthetic Education. D'Angelo, P., La estética del romanticismo.

En tanto que Panamá se prepara para la apertura de un Ministerio de Cultura, quizás sea valioso que esta institución pueda escuchar las voces del pasado, como la de Schiller y otros más. Y es que el presente parece haber olvidado ya hace tiempo la impostergable y monumental tarea que nuestra sociedad aún mantiene pendiente en torno a la cultura, la cual usualmente sigue siendo entendida como una labor de divulgación de un grupo selecto de individuos inmersos en una especie de cultura supravital que pretende imponer e impulsar su cosmovisión —buena, moral, elevada, bella— sobre el resto; sobre esos otros, cuya producción, a juicio de los miembros de esa cultura supravital, se reducen a meras artesanías o vulgaridades que no merecen reconocimiento, o en el peor de los casos, sus problemas (criminalidad, deserción escolar, etc.) se deben resolver mágicamente con deporte.