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23 de Nov de 2020

Cultura

Julián

¡Julián, Julián, despierta! le dice, apresurado, José, su improvisado y pequeño cuidador. —Parece que nos tenemos que ir de aquí.

¡Julián, Julián, despierta! le dice, apresurado, José, su improvisado y pequeño cuidador. —Parece que nos tenemos que ir de aquí.

El sol se cuela por las rendijas de las alambradas. Julián se levanta sobrecogido por el frío del aire acondicionado que durante toda la noche le daba en la cabeza. Se quita la manta de aluminio y contempla con sorpresa que su alrededor hay una gran agitación. Se escuchan gritos y llantos de niños y voces de adultos llamando al orden.

— ¡Levántense! ¡Rápido, rápido, pónganse en fila!

Una señora uniformada ordena que recojan sus escasas pertenencias y que se formen en una hilera. Él mira hacia la celda donde estaba su hermana Luisa, con la esperanza de encontrarla y se sorprende al ver que todo está en calma, en silencio y que allí no hay nadie.

—Luisa, Luisa'—, llama desesperado, pero lo empujan con fuerza hasta sacarlo de la jaula. Mira hacia atrás, con desesperación, pero no puede hacer nada y comprueba que la mayoría de las jaulas, que antes estaban llenas de niños, están vacías. Lo suben a empujones, junto con otros niños, a un autobús y observa, con desesperación y tristeza, como a su amigo José se lo llevan en otro vehículo. Al alejarse, ve el letrero que se va achicando a la distancia y que dice ‘Úrsula', el nombre del lugar dónde, no sabe por cuánto tiempo, estuvo allí su hermana. Lo anima la esperanza que a lo mejor lo llevan a encontrarse con sus padres y con Luisa, que de seguro ya estará con ellos.

Se acomoda con dificultad en el enorme asiento del bus. El vehículo arranca lentamente y va aumentando de velocidad. Él observa el paisaje a través de la amplia ventana. En el recorrido ve a numerosos niños que salen de una escuela, llevan en sus espaldas mochilas con las cuales juegan y se pegan entre sí, gritan y se ven felices. Él levanta su manita y les dice adiós, ellos lo ven y le responden contentos, los observa alejarse, caminado, tomados de las manos de sus padres. Al pasar el autobús frente a otro parque, observa a otros niños, meciéndose en columpios y haciendo piruetas peligrosas, mientras gritan y cantan alegres. Recordó con nostalgia a su hermana Luisa empujándolo en el columpio del parque cercano a la casa donde vivían.

—¡No seas miedoso! le decía cada vez que gritaba. — ¡No tan rápido, ni tan alto!, le respondía él entre sustos y risas.

Luisa tenía mucha paciencia. Le enseñó a escribir mamá y papá y se sabía una canción con el abecedario que ambos cantaban a gritos. Ella empezaba abcdefghijkl y él terminaba…mnopqrstuvxyz…y se reían, porque él se enredaba con las eres y le costaba pronunciar las últimas letras.

Al concluir el recorrido el bus se detiene. Lo conducen a un lugar con un gran letrero que dice: ‘Albergue'. En la puerta lo recibe una sonriente y agradable señora. Lo toma por una mano y lo conduce a una habitación muy bien arreglada.

—Tranquilo, aquí vas a estar por unos días. Te vamos a atender bien. Cualquier cosa que necesites, nos dices y tendremos gusto en ayudarte.

Él pregunta si papá y mamá estaban allí y ella le dice que no sabía, pero prometió que los iba a buscar. Lo bañan y visten con ropa nueva. Al día siguiente lo conducen a un enorme edificio con unas inmensas oficinas. Allí encuentra a varios niños, amigos de la Jaula, que son conducidos de la mano por unas señoras simpáticas y amables. Mira el lugar lleno de grandes y amplias butacas, sillas y mesas de caoba. Adelante, sentado en un enorme escritorio, ve a un señor mayor, canoso, con una inmensa capa negra.

— ¿Ves a ese señor que está allí? Es el juez y va a hacerte unas preguntas. Tienes que ser respetuoso con él.

El señor, al que le decían Juez, tenía un extraño sombrero negro en la cabeza. Lo mira medio sonriente y le pregunta:

— ¿Sabes lo que es un abogado?

—No—, contestó, Julián.

— ¿Tienes abogado?

—No sé qué es eso—, respondió.

—Tus padres te trajeron a este país sin permiso. No sabemos dónde están. Eres de otro país. Por eso no debes estar aquí.

—No sé qué es eso. Yo solo sé que me llamo Julián. ¿Dónde están mi papá y mi mamá y mi hermana Luisa? Yo la vi en la jaula que estaba junto a la mía. Ella puede explicarles mejor. Quiero ver a mi papá y a mi mamá—, insistía con voz llorosa.

— ¡Ahora mismo estás en un país que no es el tuyo! ¡Eso lo saben tus padres que ahora no aparecen! ¡Por su culpa estás aquí!, ripostó el juez con voz severa, mirando con preocupación la sala llena de niños y niñas que tenía que atender y que no había manera de que se quedaran quietos. Algunos dormían, otros jugaban en el suelo entre sí, la mayoría correteaba entre las sillas con las mujeres policías detrás tratando de detenerlos.

— ¿Pero, tú sabes de dónde eres? Pregunta el Juez con voz cansada.

—Yo soy de aquí. Papá y mamá dicen que nací aquí.

El juez movió la cabeza de un lado a otro con impaciencia y le ordena a la cuidadora que se lo lleve. Ella lo toma de las manos, lo baja del estrado y lo conduce fuera del recinto, mientras otro niño ocupa su lugar frente al juez.

Un matrimonio formado por una pareja de jóvenes, los espera a la salida y lo saludan muy sonrientes y cariñosos.

– ¡Vete con ellos! Quieren cuidarte y te atenderán mejor que tus padres–. Dijo, con voz aburrida, su custodio.

—Ven con nosotros, le dijeron amablemente. La vas a pasar bien. Te vamos a cuidar. Irás a la escuela y conocerás a nuevos amiguitos.

— ¡No, Yo vivo con mamá y papá y me quiero ir con ellos! ¡Y Luisa me está esperando!

— ¡Ellos no aparecen y no los encontramos por ningún lado, estos te querrán y cuidarán como si fueran tus padres! ¡Vete con ellos! le gritó en voz alta, impaciente y enojada, la señora.

Julián se asusta y se refugia en las piernas de la joven que sonriente lo abraza con cariño. Ellos lo tomaron de cada mano y muy alegres se lo llevan hacia un vehículo rojo que los estaba esperando. Atrás dejaron a la mujer que se fue rezongando, ya que le tocaba buscar al otro niño que estaba en su lista y que tenía que atender, porque la fila era inmensamente larga.

Julián, cansado, contempla los rostros que le sonríen, ve en ella rasgos parecidos a los de su madre, su sonrisa, sus ojos negros y tiernos, su voz dulce y cariñosa. En el joven percibe la serenidad y firmeza de su padre. Ellos lo miran con simpatía, como si ya lo conocieran y se sintió protegido y seguro ante el abrazo, la ternura anhelada, el calor y la seguridad que lo envuelve. Poco a poco la imagen de sus padres se va diluyendo y se torna difusa, lejana, mientras el sueño lo invade y se duerme plácidamente, en el nuevo y cálido regazo.

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‘Se acomoda con dificultad en el enorme asiento del bus. El vehículo arranca lentamente y va aumentando de velocidad. Él observa el paisaje a través de la amplia ventana. En el recorrido ve a numerosos niños que salen de una escuela, llevan en sus espaldas mochilas con las cuales juegan y se pegan entre sí, gritan y se ven felices. Él levanta su manita y les dice adiós, ellos lo ven y le responden contentos, los observa alejarse, caminado, tomados de las manos de sus padres. Al pasar el autobús frente a otro parque, observa a otros niños, meciéndose en columpios y haciendo piruetas peligrosas, mientras gritan y cantan alegres.

GRISELDA LÓPEZ

Periodista y autora

Nació en Guararé, provincia de Los Santos, República de Panamá. Licenciada en filosofía, letras y educación con especialidad en periodismo. Realizó estudios superiores en comunicación social, en ciudad de México. Ex directora de radio y televisión educativa y de Canal Once. Ha sido columnista en diversos periódicos y en la actualidad en ‘El Matutino'. Ha publicado cuentos, artículos en revista nacionales y extranjeras. Se ha desempeñado como coordinadora del consejo editorial de la Fundación Omar Torrijos H. y profesora de comunicación social en la Universidad de Panamá. Medalla de oro y pergamino en el Concurso Ricardo Miró (1969). Ha publicado los siguientes libros: ‘Piel adentro' (1986), ‘Sueño recurrente' (1989) y ‘Las capas del tiempo' (2017).