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18 de Oct de 2019

Cultura

Jorge Artel, Poeta y Amigo

Un homenaje al escritor, poeta y periodista colombiano que vivió por más de 10 años en Panamá, donde escribió para diversos diarios y fungió como director de información y publicaciones de la Universidad de Panamá

Jorge Artel, Poeta y Amigo

Durante la gestión rectoral de Narciso Garay Preciado, tuve el privilegio de tener como asistente a Jorge Artel. Yo ocupaba el cargo de Director de la Oficina de Información y Publicaciones de la Universidad de Panamá. En esa época (1963), era un joven de 27 años y acababa de regresar a Panamá después de dos años de estudios de postgrado en la Universidad de California. Cuando conocí a Artel, quien era 30 años mayor que yo, no tenía idea de su importancia en la historia literaria de Colombia y de Hispanoamérica. A pesar de la gran diferencia en edades, Artel estableció conmigo y con mi esposa norteamericana Catherine una entrañable amistad. El poeta admiraba su extraordinario dominio del español y le fascinaba conversar con ella sobre cultura y literatura.

A Jorge Artel se le conocía en Panamá como periodista por sus escritos en diarios como La Hora , La Estrella de Panamá , El Panamá-América , El País y otros. Hablaba poco de su obra poética, pero de vez en cuando durante una conversación de sobremesa, después de algunas cervezas, declamaba con voz potente y expresiva uno que otro poema de su obra maestra Tambores en la noche. Al terminar solía excusarse diciendo, ‘perdonen, pero es el único que me sé'. En los círculos académicos y literarios de Panamá, Artel tenía amistades que reconocían su trascendencia como poeta, entre ellos, Eduardo Ritter Aislán, Rogelio Sinán, Ricardo J. Bermúdez y Jorge Turner. En Colombia los poemas de Artel fueron apreciados entre los escritores jóvenes de las décadas 30 y 40, pero su poesía nunca alcanzó la popularidad lograda en sus respectivos países por el poeta afro-boricua Luis Palés Matos, o el afro-cubano Nicolás Guillén, luminarias de la poesía afro-caribeña. Esta falta de reconocimiento posiblemente se debió a la militancia política de Artel en Colombia durante los años de su juventud, la cual ocasionó su exilio y una ausencia de 23 años (1948-1971) de su país natal. Ello no obstante, uno de sus compatriotas contemporáneos, Gabriel García Márquez, destaca la importancia del poeta cartagenero:

Jorge Artel se ha llevado nuestra tierra a Bogotá. En la pieza de un hotel capitalino abrió el poeta sus maletas vagabundas, y lentamente, con la seguridad del viajero que sabe el sitio de cada cosa, fue extrayendo de entre las camisas y los pañuelos, las preguntas de la raza, los tejidos de la música […] las raíces nutricias de la Costa Atlántica. ( El Universal , Cartagena – 1948).

Con estas notas deseo: 1) Hacer algunos comentarios acerca del valor de Artel como exponente de la literatura en Colombia y en América y 2) Compartir algunas de mis experiencias con el poeta en Panamá durante los años de 1963 a 1965, con anécdotas que ilustran el sentido de humor que adornaba su personalidad.

Notas sobre Jorge Artel y la poesía afro-caribeña en Colombia

Jorge Artel y su compatriota, el poeta Candelario Obeso (1849 – 1894), son los dos exponentes más destacados de la poesía afro-caribeña en Colombia. Pero es Artel quien despoja este género de exotismos y de estereotipos literarios y lo convierte en una expresión militante de su etnia, de su cultura y de la dolorosa experiencia histórica de sus ancestros. Artel es un poeta indomulato. Julio Agapito de Arco, su nombre de pila, fue hijo de Aurora Coneo, una campesina indígena del Valle del Sinú, y de Miguel de Arco, un albañil negro del litoral colombiano. El mestizaje fue parte esencial de su personalidad. Su obra exalta con orgullo el aporte cultural africano al igual que el aporte de los aborígenes del Caribe a Colombia. Artel destaca también en su obra el sufrimiento ancestral de ambas etnias.

En su poema ‘Negro soy' Artel dice:

Negro soy desde hace muchos siglos.

Poeta de mi raza, heredé su dolor.

Y la emoción que digo ha de ser pura

En el bronco son del grito

Y el monorrítmico tambor.

El hondo, estremecido acento

En que trisca la voz de los ancestros,

Es mi voz.

La angustia humana que exalto

No es decorativa joya

Para turistas.

¡Yo no canto un dolor de exportación!

Y en su poema, ‘La ruta dolorosa', el sufrimiento de su raza queda plasmado en estos versos:

En la reminiscencia de una lágrima

Residen nuestros dolores heredados.

¿No ves en mis palabras

El tatuaje del látigo,

No intuyes las cadenas

Y los tambores lejanos?

Toma tu canción y sígueme

Con su latido entre los labios,

Trasmutada la cruz en el acento

De un grito liberado.

Los ritmos y la sonoridad del idioma folklórico afloran con sensualidad juguetona en su poesía. Encontramos aquí la musicalidad del español repiqueteando al ritmo del tambor. No es la musicalidad refinada de la poesía modernista sino la voluptuosidad de la danza africana salpicada de hipnotizante humor. ‘Bullerengue' es el poema de donde salió el título escogido para la selección crítica de los poemas de Obeso y de Artel citada más adelante:

Si yo fuera tambó

Mi negra,

Sonara na má que pa ti.

Pa ti, mi negra, pa ti.

Si maraca fuera yo,

Sonara solo pa ti.

Pa ti maraca y tambó,

Pa ti, mi negra, pa ti.

Quisiera vorverme gaita

Y soná na má que pa ti.

Pa ti solita, pa ti,

Pa ti, mi negra, pa ti.

Y si fuera tamborito

Currucutearía bajito,

Bajito, pero bien bajito,

Pa que bailaraj pa mí.

Pa mí, mi negra, pa mí,

Pa mí, na má que pa mí.

Desde 1948 hasta 1971, Artel es un poeta itinerante, poeta de puerto, poeta marino de despedidas y bienvenidas, cautivado por la fascinación de lo desconocido, por el ansia de viajar, en busca de horizontes nuevos por donde volver a encauzar su itinerario circular y enriquecer su afán de vivir. Durante casi una década, Artel visitó o residió en casi todos los países centroamericanos, además de Venezuela, Puerto Rico, Cuba, México, y los Estados Unidos, donde estableció amistad con Langston Hughes, el gran escritor afro-estadounidense de Harlem. Luego viajó a Panamá, su segunda patria, donde permaneció 12 años (1959 – 1971). Desde temprano, sin embargo, su poesía reflejaba el deseo de volver a sus raíces. En su poema ‘Añoranza de la tierra nativa' Artel escribe:

Mi tierra es una tierra húmeda de mar,

Donde el viento acaricia la desnudez del agua

Limpia y azul como una canción de infancia.

Y en ‘Versos para zarpar un día' agrega:

¡Se dejan muchas cosas

Cuando se va a otras tierras!

Artel fue también novelista. No es la muerte, es el morir es el título de su novela (Bogotá, 1979). La única obra de teatro escrita por Artel se titula De rigurosa etiqueta. Tuve el honor de estimular al poeta a escribirla. La obra tiene sus raíces en la presentación en Panamá del ‘Diario de un loco', un monólogo hecho famoso por el fabuloso actor de la televisión y del teatro mexicano Carlos Ancira Negrete, sobrino de Jorge Negrete. Este espectáculo llegó a Panamá en 1964 bajo el patrocinio del Departamento de Bellas Artes de México. El drama es una adaptación al teatro del cuento de Gogol del mismo nombre. Estableció récords de taquilla en México y prácticamente recorrió el mundo hasta llegar a Moscú. A Artel y a mí se nos ocurrió realizar el estreno de esta obra en la ciudad de Chitré con el propósito de llevar arte al pueblo interiorano. Era teatro de vanguardia, música celestial para los oídos de Artel. Posteriormente el estreno capitalino se realizó en el Paraninfo de la Universidad. El concepto del monólogo teatral intrigó a Artel, quien eventualmente decidió escribir el suyo con el título De rigurosa etiqueta. Su estreno ocurrió cuando había regresado ya con mi familia a California. En agosto de 1965, recibí una carta de Artel que decía:

El éxito de la obra ha sido inmenso, mucho más de lo que yo esperaba. Hasta una larga y muy interesante polémica ha provocado, para lo cual brindó [Hugo] Torrijos su leída columna. Además fue premiada por el Círculo de Arte Dramático como ‘la mejor obra del año' y recibí copa de oro (puro?) y diploma de honor. Qué te parece? Todo eso lo debo a tu deseo de que fuera escrita y presentada. Montenegro [el actor], al fin, no le quitó ni agregó nada. Parece que mi silencio al respecto lo convenció .

Hay dos obras de obligada consulta, ambas publicadas mucho después de la muerte del poeta, en las que se analiza con erudición la obra de Artel. Si yo fuera tambó es una edición crítica de poemas selectos de Candelario Obeso y de Jorge Artel publicada en 2010 por la Pontificia Universidad Javeriana y la Universidad del Rosario. El estudio más comprensivo acerca de Jorge Artel se publicó en inglés, en los Estados Unidos en el año 2000. La obra se titula: Without Hatreds or Fears: Jorge Artel and the Struggle for Black Literary Expression in Colombia. Su autor, el catedrático Laurence E. Prescott, comenzó a investigar la vida y la obra de Artel en 1981. Sus investigaciones se realizaron en Colombia, México, Panamá, Venezuela, Costa Rica, Puerto Rico, la República Dominicana y Cuba, además de en bibliotecas de los Estados Unidos.

En su estudio, Prescott resume así la importancia de la obra literaria de Artel:

Situado en un punto crucial del desarrollo de la expresión literaria negra en Colombia y armado con un agudo sentido de identidad racial, orgullo costeño y dignidad personal, Artel pudo mover la literatura afro-colombiana casi por sí solo hacia una dimensión más espiritual y más profunda de conciencia racial e histórica de la que había tenido antes. [La traducción del inglés es mía].

Notas personales en torno al humor de Jorge Artel

Jorge Artel contaba con un sentido del humor espontáneo, directo e incisivo. Más que en su obra escrita, el humor del poeta se manifestaba en la relación personal. Artel era amigo de la vida bohemia, se deleitaba en la farándula y era un gran conversador. Su humor era a veces irreverente. Hasta el anuncio prematuro de su muerte era motivo de chiste. El 21 de agosto de 1994, el equipo de redacción de El Tiempo de Cartagena anunció la muerte del poeta con la siguiente introducción:

El viernes en la mañana, Jorge Artel se volvió a morir. Su primera muerte, en 1948, lo llevó a prisión durante tres meses y después lo sacó del país por defender las ideas gaitanistas. La segunda, nació de un rumor en 1982, cuando la noticia de su muerte apareció en las páginas del periódico antioqueño ‘El Colombiano', y luego fue reproducida por otros diarios del país. Un rumor ante el cual quedaron vivas las sutiles palabras del poeta cartagenero: todos mis amigos han muerto, incluso yo. El viernes pasado, sin embargo, Jorge Artel dejó una ausencia definitiva en la poesía colombiana .

El incidente de 1948 alude al ‘Bogotazo' y al asesinato de Jorge Eliécer Gaitán, el cual exarcerbó la violencia política en Colombia iniciada en la década del 30 la cual perduró hasta 1958. Evidentemente la militancia de Artel era un peligro público para el gobierno de turno porque, como él decía:

Yo soy un poeta de la muchedumbre, del pueblo con antiquísimas y profundas raíces populares. He sido leal a mí mismo, a mi nacimiento, a las condiciones sociales en que he vivido y me muevo, y hacia el pueblo, a donde va dirigida mi poesía.

‘Artel sabía sobrevivir. Adquirió este arte durante sus peripecias de viajero internacional. Poseía una robusta resiliencia física y moral'.

Para quienes prestan atención a detalles significativos, Artel, nom de plume adoptado por el poeta en los años tempranos de su juventud, sugiere claramente sus inclinaciones ideológicas de entonces. Afortunadamente, en los años de su madurez, Artel no fue un hombre aferrado a filosofías políticas. Para defender al pueblo y fomentar la justicia, su instrumento de combate fue su literatura, y su vehículo de comunicación fue el periodismo y la docencia, sus verdaderas vocaciones.

Dos años antes de su expulsión de Colombia, en 1946, Artel conoció al cubano Nicolás Guillén en Cartagena, donde ambos poetas establecieron fuertes lazos de amistad con prolongadas parrandas, como lo cuenta Álvaro Suescún en un artículo titulado ‘La Habana es una Cartagena Inmensa'. En su artículo Suescún incluye esta anécdota contada por Guillén:

Los cartageneros expresan el calor de su afecto con licor. Fueron tantas y tan sucesivas las atenciones almibaradas que una noche, después de un interminable paseo en coche por las calles amuralladas, desfallecimos durmiéndonos todos: Gustavo Ibarra Meriano, Jorge Artel, el cochero, el caballo y yo.

El único que quedó impávido, sobre sus cuatro ruedas amarradas al silencio de la noche, fue el coche –completó la anécdota Artel.

En 1963, quince años después de iniciado su peregrinaje por las Américas, conocí a Artel en la Universidad de Panamá. Entonces no era necesario el ron de Caldas para que Artel se durmiera. Lo hacía con extraordinaria facilidad. Viajar en un vehículo era todo lo requerido para que sucumbiera al sueño. Una vez le dijo a mi esposa: ‘Señora Cati, no sabe cuánto tiempo me tomó anoche llegar en el autobús a ‘La Luna'. Llegué primero a ambas terminales de la ruta por haberme quedado dormido en el camino de ida y en el de vuelta. Usted no tiene idea, las cosas que me pasan en la vida. Otro se hubiera suicidado, pero yo ¡insisto!'.

Lo de ‘La Luna' requiere explicación. El poeta residía en un promontorio del barrio de San Miguelito al que denominaba así. Se deleitaba en decir: ‘El poeta vive en ‘La Luna”. También enviaba a las hijas de Doña Kika, su compañera, a que bajaran a ‘La Tierra' a comprarle cigarrillos. Una vez que lo fuimos a visitar, llevamos con nosotros a nuestro hijo de dos años y medio, Jaime Andrés, gran amigo del poeta. Hacía calor. Tratábamos de refrescarnos en el patio al aire libre. Cati mantenía al niño en pañales. Artel dijo: ‘Yhimi, la luna está muy bella esta noche. ¿Por qué no le dices una poesía?'. El niño se paró, extendió sus bracitos al cielo y dijo: ‘¡Luna! ¡Poesía!'. Una amplia sonrisa iluminó el rostro de Artel. En otra ocasión, sacamos a Jimmy a pasear luciendo unos zapatitos italianos que captaron la atención de Artel. ‘Yhimi', le dijo Artel, ‘qué hermosos zapatos tienes. ¿Cómo te quedan esos zapatitos?'. A lo que el niño respondió: ‘Los zapatos me quedan chocolates'. Rebosante de alegría Artel exclamó: ‘Señora Cati, señora Cati, ¡este niño es un poeta surrealista!'.

A Artel le encantaba bromear con su colega el poeta panameño Rogelio Sinán. Se conocieron en México cuando Sinán era Secretario de la Embajada Panameña en la capital azteca. Reanudaron su estrecha amistad en Panamá donde Sinán dirigía el teatro universitario y Artel colaboraba conmigo en las funciones publicitarias y culturales de la Universidad. Varias veces a la semana, en las primeras horas de la noche, acudíamos a La Estrella de Panamá a entregar comunicados de prensa sobre la vida universitaria. Invariablemente, para llegar a La Estrella desde la Universidad, tomábamos la ruta de lo que era entonces la Avenida 4 de Julio, la cual separaba a la ciudad de la Zona del Canal. Sinán residía en uno de los apartamentos que colindaban con esta avenida. No tardábamos en ponernos en camino, cuando Artel se adormilaba. Pero al llegar a las cercanías de la residencia de Sinán, despertaba, abría la ventanilla del coche y con voz estentórea gritaba: ¡SIINÁÁÁNN! Y luego retornaba a su sueño. Un día llega Sinán a nuestra oficina y le dice a Artel: ‘Poeta, últimamente me está ocurriendo algo extraño. A eso de las siete de la noche, escucho voces que me llaman desde la Zona del Canal'. Artel respondió de inmediato: ‘No se preocupe poeta. ¡Es la voz de inmortalidad!'.

‘Para defender al pueblo y fomentar la justicia, su instrumento de combate fue su literatura, y su vehículo de comunicación fue el periodismo y la docencia, sus verdaderas vocaciones

Artel se consideraba un virtuoso del ronquido. Uno de los episodios más extraordinarios que presenciamos, relacionado con su hábito de relajarse, ocurrió en 1965. Panamá tuvo la distinción de ser el primer país latinoamericano en obtener un campeonato mundial de boxeo. El pugilista que puso a nuestro país en las páginas deportivas de la historia mundial fue Panama Al Brown, en 1929. Ningún otro boxeador panameño logró esta distinción hasta 1965, cuando Ismael Laguna, el Tigre de Santa Isabel, derrotó en el Estadio Nacional al boricua Carlos Ortiz para coronarse Campeón Mundial. Este evento deportivo electrificó al país. Nosotros invitamos a Artel a cenar y a escuchar por la radio el combate en nuestro apartamento. Durante 15 asaltos permanecimos atentos al desarrollo del evento, mientras Artel parecía dormir. Al día siguiente, en La Hora u otro de los periódicos nacionales leímos una columna de Artel describiendo con lujo de detalles los puntos sobresalientes del triunfo de Laguna. Mi esposa y yo le preguntamos: ‘Poeta, ¿cómo escribió esa columna si parecía dormir durante la pelea?'. A lo que Artel contestó: ‘Señora Cati, lo que sucede es que yo no me duermo, yo sólo me sumerjo'.

La última vez que vi a Artel fue durante uno de mis viajes a Panamá a principios de la década del 80. Vivía casi en la indigencia en un pequeño apartamento de la Vía España. Estaba muy enfermo. Me dijo: ‘Venme a visitar, pero ven tú solo. No quiero que tu esposa me vea en estas condiciones'.

Artel sabía sobrevivir. Adquirió este arte durante sus peripecias de viajero internacional. Poseía una robusta resiliencia física y moral. Como nos dijo en Panamá acerca de los contratiempos sufridos en su vida: ‘Otro se hubiera suicidado, pero yo ¡insisto!'.

Después de retornar definitivamente a Colombia, en 1983 viaja a Bogotá donde el Presidente conservador Belisario Betancur lo invitó con otras destacadas figuras literarias a dar un recital en el Palacio Presidencial (La Casa de Nariño). Como premio obtuvo una edición selecta de su poesía titulada Cantos y poemas. En 1985 la Universidad de Antioquia lo distinguió con el Premio Nacional de Poesía y publicó una antología poética de su obra con comentarios de Nicolás Guillén, Luis Palés Matos, Federico de Onís y José Antonio Portuondo, entre otros. Participó en la fundación de la Corporación Educativa Mayor del Desarrollo en Barranquilla, la cual años después (en el 2005) llegó a convertirse en la Universidad Simón Bolívar. En dicha Corporación fue profesor, bibliotecario, Decano de la Facultad de Derecho y Director interino. Hoy en Colombia hay edificios e instituciones públicas y educativas que llevan su nombre.

A los 25 años de su muerte, la obra poética de Jorge Artel y, en especial, los versos finales de su poema ‘Sin odios ni temores' adquieren contundente vigencia y son dignos de cincelarse como epitafio sobre la tumba del poeta:

Negros de nuestro mundo,

Los que no enajenaron la consigna,

Ni han trastocado la bandera,

éste es el evangelio:

¡Somos –sin odios ni temores–

Una conciencia de América!

Quienes quieran escuchar la voz del poeta leyendo uno de sus poemas, lo pueden hacer aquí: Youtube.com – Jorge Artel, Noche del Chocó:

Https://www.youtube.com/watch?v=yIqe1s596ak