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14 de Oct de 2019

Cultura

Drácula, el comunismo y lo hortera se mezclan en Museo del Kitsch de Bucarest

Situado en el centro viejo de Bucarest, en un elegante edificio histórico, este museo es un lugar ineludible para los amantes de esa estética universal que es lo hortera

Vista de algunas de las singulares piezas que se exhiben en el Museo del Kitsch de Bucarest, RumaníaMarcel Gascón | EFE

Un espeluznante muñeco de Drácula a tamaño natural. Chillonas ropas de cama. Uniformes, carteles y reliquias de la dictadura comunista. Todo eso se mezcla en una confusa colección cuyo elemento común es lo hortera. Estamos en el Museo del Kitsch de Bucarest.

Situado en el centro viejo de Bucarest, en un elegante edificio histórico, este museo es un lugar ineludible para los amantes de esa estética universal que es lo hortera, lo ordinario, lo vulgar: el kitsch.

"En nuestra cultura, el kitsch está presente sobre todo en los sectores más pobres de la sociedad, pero también se puede ver en las calles, en los edificios, en la ropa de la gente", explica a Efe el dueño del museo, Adrian Nastasa.

"El kitsch está en todas partes en Rumanía", resume.

Este museo al mal gusto está distribuido en varias secciones, entre ellas la dedicada a Drácula, que es, en palabras de Nastasa, "la marca más famosa de Rumanía" en el mundo.

"Comienza con el kitsch Drácula y también tenemos kitsch religioso, kitsch comunista, kitsch gitano, kitsch moderno y diseño interior kitsch", explica el joven emprendedor, que comenzó este proyecto hace dos años.

La dictadura comunista, que acabó en 1989 con una violenta revolución, es una de las temáticas que más interés despierta, tanto entre extranjeros como entre rumanos.

Dos maniquíes con uniformes de la Policía comunista dominan el pequeño despacho de la época recreado en uno de los rincones del museo.

De allí se pasa al espacio reservado al kitsch religioso, donde destaca una representación de la descomunal campana de 33 toneladas y 3 metros de alto con la imagen del actual Patriarca de la Iglesia Ortodoxa Rumana esculpida en el metal.

La campana ha sido instalada en la flamante Catedral Ortodoxa de Bucarest. Puede oírse en un radio de 15 kilómetros a la redonda y ha costado más de medio millón de euros.

En esa parte del museo hay también un icono de la Virgen que llora lágrimas de glucosa y varias fotografías de popes ortodoxos subiendo a automóviles de lujo.

La sección más grande del museo es la que ilustra el kitsch en la decoración interior.

Con una mesa en el centro y los muebles vitrina a rebosar de ornamentos de cerámica barata, omnipresentes en las casas de los rumanos de más edad, Nastasa ha recreado un comedor de la época comunista en el que los visitantes se sientan a hacerse fotos.

"Me he sentido como en casa de mis abuelos", declara a Efe Eric Nicolau, un joven rumano que visita por primera vez el museo.

"Es como si me hubiera despertado en la infancia de mis padres. ¡Es todo tan comunista!", añade.

Sobre las mantas gruesas y de colores estridentes que cubren una cama, los turistas escenifican lluvias de dólares y se hacen fotos con un fajo de billetes, una costumbre entre algunos sectores adolescentes en Rumanía que llena las redes sociales.

"Me encanta el kitsch, y cuando supe que había un museo sobre el kitsch me enamoré enseguida de la idea", confiesa Sonia Sadowska, una viajera polaca que visita el museo por segunda vez en un año.

En el rincón del kitsch gitano se homenajea a las videntes que ahora hacen negocio en internet.

En un televisor se proyectan sin parar videoclips de manele, el etno-pop balcánico rumano, inspirado en la música popular gitana, que ha llegado a ciudades de toda Europa de la mano de las comunidades inmigrantes rumanas.

Y ya casi al final aparece el kitsch moderno: coches tuneados, adoración de las marcas y horteras sin complejos que hacen ostentación de músculos y riqueza.

"Me ha recordado la época de oro del kitsch rumano, allá por el año 2000", afirma al terminar el tour la milenial rumana Anca Cionca.

Precisamente, de esa época es una de las atracciones del museo con las que se identifican visitantes de todo el mundo.

En un pequeño ordenador cuadrado, de los que ya casi no existen, está instalado el FIFA 99. Nadie que se aficionara de adolescente a este videojuego de fútbol puede evitar sentarse a echar un partido.

"Es increíble lo que han mejorado los gráficos", dice Nastasa mientras hace correr a los jugadores con el teclado.

La británica Becky Jones está de visita en Bucarest y ha venido al museo para entender mejor la Rumanía contemporánea.

"Creo que es muy divertido. Es una forma de entender la cultura rumana diferente a la de los museos más tradicionales", concluye al final de su visita.