28 de Nov de 2021

Cultura

La falsa perfección y la autoestima a través de las redes sociales

Por si no lo sabía, los 'like' y 'follow' son la moneda que usamos para comercializar la aceptación social, y cada uno de nuestros actos queda sujeto a la cuantificación pública

La falsa perfección y la autoestima a través de las redes sociales
Existen aplicaciones que facilitan el trabajo empírico de gente que edita convenientemente una foto para vendernos un mundo irreal.Shutterstock

Si usted es usuario de las redes sociales, se habrá dado cuenta de que abundan los contenidos “perfectos”. La foto “perfecta”, las vacaciones “perfectas”, los amigos “perfectos”, el trabajo “perfecto”, la pareja “perfecta”, el cuerpo “perfecto”.

¿Alguna vez se ha detenido a pensar, amigo lector, que parte de ese contenido que nos presentan las redes no es del todo real ni espontáneo? Como publicista le puedo decir que existen muchas aplicaciones que facilitan el trabajo empírico de gente que edita convenientemente una foto para vendernos un mundo irreal o, la repiten mil veces hasta que queda “perfecta”.

El contenido que vemos, en su mayoría, dejó de ser espontáneo y está convenientemente editado o actuado para poder captar nuestra atención de la mejor manera posible y, cuando comparamos la vida “perfecta” de esas personas con la nuestra, vienen los golpazos psicológicos brutales que a la larga nos hacen consumir el dinero que no tenemos, para comprar cosas que no necesitamos, para aparentar lo que no somos ante gente que no le importa.

Peor aún, ya no solo los jóvenes con criterios en formación son víctimas de esta moda “perfecta”, sino también adultos que en algún momento consideramos tenían mejor criterio.

Por si no lo sabía, los like y follow son la moneda que usamos para comercializar la aceptación social, y cada uno de nuestros actos queda sujeto a la cuantificación pública de la cantidad de acciones que recibimos, y como si esto no fuera poco, el resultado de ello es que empezamos a vivir la vida para mostrarla y no para disfrutarla.

En la última década hemos sido testigos de la aparición de una inexorable y terrorífica realidad: la dramática oleada de delincuencia juvenil que amenaza con arrollar nuestras instituciones sociales y, particularmente inquietante, el asombroso aumento del consumo de droga y delitos de violencia, homicidios, suicidios, violación, robo, asalto con agravantes y la temprana edad en la que se cometen estos delitos.

Adicionalmente a ello, vemos una falta de valores, tolerancia y respeto por la condición y dignidad humana, lo que provoca actos como la violencia de género o indiferencia social, los cuales, a veces se toleran porque queremos mantener un “estatus perfecto” o la pareja “perfecta” para alcanzar ciertos propósitos.

Ya ni hablar de todos los actos corruptos que se comenten tanto en instituciones privadas, educativas o gubernamentales, e incluso desde el hogar, justificados a toda costa porque es “normal” y donde aparecen frases como: “Si no te atrapan no es delito”, “si lo hace mi jefe por qué yo no”, “robó pero hizo”...

¿Lo más sorprendente? La burla o chistes que aparecen en las redes como comentarios de cosas que deberían hacernos llorar y, quienes se atreven a criticar o a hablar de forma seria sobre estos temas, son crucificados por el resto que lo toma a relajo.

Si vemos las estadísticas sociales encontraremos a niñas de ocho años no solo embarazadas, sino infectadas con el VIH o el virus del papiloma humano, deserción escolar en masa y aumento de menores en actos delictivos y su inserción en pandillas, porque al no encontrar modelos ideales, sustituyen a los padres por pares y modelos de vida “perfectos”.

Parte de esto se da por algo llamado triple riesgo delictivo (que explico en otro artículo), el cual es la combinación de tres factores: condiciones patológicas, necesidad o componentes sociales y por tentación a la perfección (especialmente cuando no hay certeza de castigo).

Antes se hablaba solo de las agrupaciones sociales de bajo nivel, sin darnos cuenta de que la “falsa perfección” ataca sin distinguir estatus.

¿Qué hacer? Trabajar más en nuestra autoestima, y si esta fue lastimada desde nuestra infancia, entonces debemos buscar ayuda en nuestra madurez.

También debemos cambiar drásticamente un sistema educativo colapsado que no aporta nada y que sigue basándose en estructuras del siglo XX para generaciones del siglo XXI, que son acosadas por esa falsa perfección y que no pueden ser parte de un engranaje que, no solo está desgastado, sino que además le faltan partes clave.

Esos tanteos mediocres que solo funcionan un par de años o que en su génesis tienen gran impulso y que con el tiempo se olvidan, no pueden seguir dándose.

Además, tenemos que salvar urgentemente el núcleo familiar.