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17 de Oct de 2019

Salud

Centroamérica le da la espalda a la obesidad ante una industria voraz

Uruguay, Perú y Chile han puesto el ejemplo con reglamentos de etiquetado frontal que describen si un alimento es alto en grasa, azúcar, sal y calorías. Sin embargo, iniciativas similares se han estancado en Guatemala, República Dominicana, Panamá y Colombia

En Guatemala se promueve que se restrinja la publicidad de alimentos poco saludables en franjas infantiles y un aumento del precio a las bebidas gaseosas azucaradas.

El acelerado crecimiento de la obesidad en toda Centroamérica, que comienza desde los menores de 5 años de edad y empeora en los mayores de 40 años, carece de un esfuerzo de los países para hacer frente a una industria que provoca una mala nutrición en las personas.

Una prevalencia del 7 a 8 por ciento de obesidad en niños menores, que aumenta a un tercio de la población en edad escolar y luego a la mitad de los adultos hasta expandirse hasta tres cuartas partes de los mayores de 40 años es una loza a la que se le da la espalda en la región.

El coordinador del Centro de Investigación del Instituto de Nutrición de Centroamérica y Panamá para la Prevención de las Enfermedades Crónicas, Manuel Ramírez, detalló a Efe que la obesidad en mujeres rurales y urbanas no presenta diferencias, pero en los hombres que trabajan en centros urbanos aumentan entre un 30 y 50 por ciento los casos debido a que en el campo los trabajadores gastan más energía.

Y esa, subrayó, es una causa fundamental que no se atiende: "Hay una mayor disponibilidad de ingerir bebidas azucaradas y alimentos ricos en azúcar, grasa y sodio, incluso entre comidas, por lo que el consumo diario de calorías se va para arriba y cada vez nos movemos menos y gastamos pocas calorías".

Muchos factores influyen en la poca movilidad: la tecnología, el uso desenfrenado de teléfonos celulares que comienza desde la infancia y "todo un ambiente de ciudades que promueven que esto suceda, con inseguridad, transporte público deficiente e insuficiente, mucho uso del auto, alta propagación de alimentos chatarra", apuntó Ramírez.

Incluso la aparición de plataformas digitales de sistemas para pedir comida a domicilio u oficinas. "Todo ese ambiente, llamado ambiente obesogénico, ayuda a que la gente gane peso fácilmente y no queme de la misma forma las calorías que debería de quemar".

Y no hay un balance, insiste el nutricionista, debido a que así como esto se debe en primer lugar a decisiones individuales, Centroamérica "carece de políticas públicas efectivas para contrarrestar ese ambiente obesogénico, pese a los varios intentos que se han impulsado sin éxito".

Uruguay, Perú y Chile han puesto el ejemplo con reglamentos de etiquetado frontal de los alimentos con rombos que describen si un alimento es alto en grasa, azúcar, sal y calorías, elementos que delatan a un platillo por su cantidad de rombos con su peor calidad alimenticia.

Sin embargo, iniciativas similares se han estancado en Guatemala, República Dominicana, Panamá y Colombia, en donde no pasó ni siquiera la primera lectura en el Congreso; mientras que en Costa Rica ni siquiera hay en el horizonte algo similar.

En Guatemala, además, se promueve que se restrinja la publicidad de alimentos poco saludables en franjas infantiles y un aumento del precio a las bebidas gaseosas azucaradas, pero esta propuesta se encuentra en el limbo previo a ser presentada ante el pleno legislativo.

Tampoco se promueve, como un impulso estatal, la creación de parques y una mejora del transporte público, según Ramírez, pues "se ha demostrado que mientras más parques hayan cerca de donde uno vive menor riesgo de obesidad, principalmente en niños, a lo que se suma que a mejor transporte (público) y más cercano el riesgo es menor".

Por su parte, la investigadora del Instituto de Nutrición de Centroamérica y Panamá, Mónica Mazariegos, concluyó que el consumo de alimentos "altamente palatables", que gustan mucho por su alto contenido de sodio, a temprana edad e incluso desde el embarazo, provoca una preferencia por estos, al igual que los dulces.

La insistencia en esta forma de alimentarse dañina, afirmó Mazariegos a Efe, "crea el mecanismo de recompensa de gente que siente placer por este tipo de sabores y por eso cuesta tanto poder eliminar estas preferencias", y eso trasciende del esfuerzo individual por dejarlo al ámbito público para controlarlo.