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10 de Dec de 2019

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La epopeya de Comaneci en América

Año 1976. Tiempo que vio nacer a Totti y a Ronaldo Nazário; época en que las semillas germinaron a Giba; era donde James Hunt le desposeyó el campeonato a Niki Lauda;

La exgimnasta rumana obtuvó un puntaje de 10 en los Juegos Olímpicos de Montreal (1976).

Hace 43 años transcurría un evento que dejaría un tatuaje en la historia del deporte. Eran los Juegos Olímpicos de Montreal, donde la inocencia se convirtió en historia y las pupilas en las primeras testigos de la gimnasta legendaria. A manera de recuerdo, esta fue la epopeya surrealista.

Año 1976. Tiempo que vio nacer a Totti y a Ronaldo Nazário; época en que las semillas germinaron a Giba; era donde James Hunt le desposeyó el campeonato a Niki Lauda; espacio donde el Liverpool cautivó cual Romeo en tierra de Shakespeare; ciclo embustero de ningún hombre pero sí de una mujer. Un momento con dimensión de capullo llamado Nadia Comaneci.

Silenciosa y cautelosa rumana, joven espiga de trigo que maravilló con sus emociones en la justa olímpica de Montreal, un lugar con escepticismo bisiesto, donde se contempló el mayor elogio a Zeus después de la comparsa trasatlántica que realizó el fuego unificador desde el Olimpo.

Sobre los traspiés o penalizaciones hay que decir que ni siquiera se supo si era capaz de tejer con el soplo. Una dificultad y ejecución de corte distinguido. La única huella que dejó fue imprecisa pues la perfección era su ilusión, sin embargo, no existía sensatez humana para comprenderlo.

La exquisitez de su acto y la claridad de sus movimientos dibujaron una prematura e incomprensible situación en el tablero, el momento en que La Creación de Adán cobró vida en la Capilla Sixtina: el diez.

Nadia, elogio de la disciplina y del esfuerzo. Princesa del inocente atrevimiento femenino y dueña de la hazaña que grabó en el olimpismo, convirtiéndose en moza de lo imposible en una prueba de fe, donde el humano demostró que puede alcanzar la gloria sin ser omnipotente.

La obra presentada en las barras paralelas y en la barra de equilibrio cautivó hasta la más apática mirada. No solo atrajo al Forum de Montreal donde los testigos quedaron encantados, sino también a los cientos de deportistas de otras disciplinas que se habían dado cita en la ciudad canadiense. Era la primera calificación perfecta que se le otorgaba a un competidor en Juegos Olímpicos.

Debutante en el certamen pero carismática en la grada. El público adoptó el valor y la habilidad prodigiosa de la cría para encariñarse con ella; futura ovación que la reconoció como soberana emperatriz de la gimnasia. La de Onesti vertió una total adrenalina en el all-around individual al mostrar el brío de su sangre, hecho de la más delgada y frágil destreza para escaparse sin sombra alguna de cada rutina.

La pulcra y romántica actuación se acompañó de otras dos piezas: el salto de caballo y el ejercicio de suelo, prácticas que aunque fueron superadas por oponentes, no nublaron la dorada que por determinación sería colgada en la pequeña Comaneci.

Catorce años le bastaron a Nadia para reservar un asiento en la inmortalidad de la historia olím pica. El tiempo y la gimnasta tenían una cita, aunque no sólo la época y el espacio lo sabían, sino ella también. Año 1976, absolutamente Nadia.