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06 de Apr de 2020

Economía

¿El final de la autogestión obrera?

COLOMBIA. Cada vez que algún activo de Flaskô es rematado en una subasta judicial, la rutina es la misma.

COLOMBIA. Cada vez que algún activo de Flaskô es rematado en una subasta judicial, la rutina es la misma.

La fábrica de bombonas y tambores plásticos suspende su actividad y sus 58 funcionarios se dirigen al recinto de la subasta para transmitir un recado claro a los potenciales compradores: “Si compra, no se lo va a llevar. ¡De aquí no nos vamos!” Y ha dado resultado.

Situada en Sumaré, al interior del estado de São Paulo, la empresa es hasta ahora la única que se mantiene intervenida y ocupada por sus propios trabajadores en Brasil. Y también es un ejemplo de la autogestión más radical y políticamente comprometida. Y porque no funciona como sistema de administración.

Su situación jurídica sigue en el limbo, pero el consejo de la fábrica, compuesto por ex funcionarios y miembros de la Izquierda Marxista del Partido de los Trabajadores, mantienen las máquinas funcionando, recurriendo a distintos resquicios legales, y aguardando la ansiada estatización.

“Así como un país socialista aislado es incapaz de sobrevivir en un mundo capitalista, es imposible que una empresa autogestionada bajo moldes socialistas prospere en un país capitalista”, polemiza Wanderlei Silva Bueno, miembro del comité gestor de Flaskô responsable del área de comunicación.

“Por eso, pedimos la estatización como un camino para la construcción del socialismo”.

Flaskô es la única empresa que sigue en pie del Movimiento de Fábricas Ocupadas.

En 2002 la justicia entregó a los empleados la gestión de la empresa, luego que los dueños acumularan deudas de más de $150 millones, de los cuales un tercio correspondía a pasivos laborales.

Mientras la soñada —aunque improbable— estatización no llega, los gestores de Flaskô hacen lo que pueden por la causa.

Parte del terreno de la empresa ahora es ocupada por unas 300 familias del Movimiento de los Sin Techo; el flujo de caja de la empresa se mantiene inestable, explica Bueno, y, la mayor parte de las veces lo que entra ya está empeñado para el pago de créditos anticipados que la empresa consigue como puede.

La facturación, estimada en cerca de $80.000 mensuales, da para cubrir la cuenta de la luz y la planilla de pagos (y liquidar créditos con los proveedores).

La autogestión sigue en retirada en Brasil.

Como muestra, de las 700 empresas que alguna vez fueron parte de la Asociación Nacional de Trabajadores de Empresas de Autogestión (Anteag), que surgió a comienzos de los 90 junto con la apertura de la economía brasileña, sólo quedan 30.

Y lo que fue el golpe de gracia para ellas fue la aprobación de la nueva Ley de Quiebras de 2005.

“Todo cambió desde entonces”, dice una portavoz de Anteag.

“Las empresas ahora se pueden recuperar de la forma como eran gestionadas”, afirma.

¿Es el fin de las experiencias de autogestión? Depende del ramo industrial en que esté la empresa.

Según el profesor Rogério Valle, de la Universidad Federal de Río de Janeiro, ese modelo tal vez sea viable en industrias de bajo valor agregado, las que no serían atractivas para los inversionistas capitalistas, o en pueblos y ciudades pequeñas.