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07 de Apr de 2020

Economía

Los peces gordos versus los hechos

¿Cuán a menudo han oído decir que tenemos el mejor gobierno que se puede comprar? Se dice que Washington está plagado de lobbyists o cab...

¿Cuán a menudo han oído decir que tenemos el mejor gobierno que se puede comprar? Se dice que Washington está plagado de lobbyists o cabilderos, cuyas generosas contribuciones a las campañas, junto con sus conexiones, manipulan la Casa Blanca y el Congreso para servir a las grandes corporaciones y a los ricos. Mientras tanto, se ignora a los individuos de bajos recursos y a la clase media. Esta desmoralizante y crítica acusación tiene sólo un gran defecto: No es cierta en un 98%.

Lo que tenemos aquí es un gobierno que está en deuda con los pobres y la clase media. Redistribuye los recursos de los jóvenes, los prósperos y los ricos a los ancianos, los necesitados y los desafortunados. Sin duda, Washington está invadido de cabilderos quienes, efectivamente, obtienen exenciones fiscales, preferencias en el Congreso y ventajas regulatorias para clientes ricos. Pero esos triunfos —a menudo citados para demostrar la ‘injusticia’ del sistema— son una nimiedad en el orden universal de las cosas.

Todo esto no es un secreto. Pero ahora un informe de La Oficina de Presupuesto del Congreso (CBO, por sus siglas en inglés) lo demuestra con una enormidad de datos.

El informe —llamado ‘Distribución de los gastos e impuestos federales en 2006’— muestra de dónde proviene el dinero del gobierno y a dónde va. La CBO divide la población en familias de ancianos (65 y más años) y no-ancianos. Representan, respectivamente, el 15% y el 85% de la población. También se examina a los no-ancianos según sus ingresos, desde el quinto más pobre al más rico. La CBO halló lo siguiente (2006 es el último año del cual hay datos detallados):

Un poco más de la mitad (el 53%) de los gastos federales que no son intereses, representaron beneficios individuales y asistencia médica. De estas transferencias (casi 1.3 billones de dólares), casi el 60% fue a los ancianos. El Seguro Social y Medicare dominaron los gastos generales. Entre otros beneficios encontramos Medicaid, seguro de desempleo, estampillas para alimentos, subvenciones Pell, beneficios de veteranos, comidas escolares subsidiadas y asistencia en vivienda.

-De los 550,000 millones de dólares en beneficios y asistencia médica de los no-ancianos, el quinto más pobre de las familias recibe la mitad. Los otros dos quintos más pobres reciben aproximadamente el 30%. Por tanto, la mayoría de los beneficios fueron a gente en la mitad inferior de la distribución de ingresos. Los pagos a la clase media alta a menudo reflejan instancias en que se utiliza el Seguro Social antes de los 65 años o se cumplen los requisitos para recibir Medicare temprano.

-Los no-ancianos pagaron casi el 85% de los impuestos, y el quinto más rico cubrió dos tercios de esa cantidad. Si se juntan los impuestos y transferencias del gobierno —lo que la gente paga y obtiene— la familia anciana promedio recibió un pago neto de 13,900 dólares en 2006; el quinto más pobre de familias no-ancianas recibió 12,600 dólares. En cambio, el pago fiscal neto para el quinto más rico de las familias no-ancianas promedió 66,000 dólares.

-Las crecientes transferencias han reducido las funciones tradicionales del gobierno, desde Defensa a Transporte y Parques. Representaron sólo el 40% de los gastos de 2006.

Si los cabilderos se proponen dar poder a los ricos, están haciendo un trabajo pésimo. La democracia responde más a la masa de electores y a las cruzadas que a los intereses de los ricos o de las empresas. En el reciente cierre del gobierno, las corporaciones de Estados Unidos descubrieron que su influencia sobre los republicanos del Congreso era modesta o inexistente. No se trata de que las grandes empresas o los individuos ricos sean impotentes sino que su poder ha sido enormemente exagerado.

La idea de que los ricos habitualmente compran y venden el gobierno constituye una fuente generalizada —pero engañosa— de cinismo. Es la premisa falsa sobre la que la así llamada ‘reforma’ financiera se apoya. Los intereses adinerados son presuntamente tan corruptos que deben controlarse o, de lo contrario, arruinarán la democracia. Las reglas para las campañas que derivaron de esta conclusión, al inspirar evasiones y comprometer la libertad de palabra, alimentaron el cinismo que se suponía debían suprimir. Han encarecido y entorpecido la política sin hacerla más eficaz.

El problema de la democracia no es la influencia del dinero. Es la influencia de la gente. Como lo demuestra el informe de la CBO, tantos norteamericanos se han vuelto dependientes del gobierno, que un cambio con consenso es difícil, quizás, imposible.

LA COLUMNA DE ROBERT J. SAMUELSON