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18 de Apr de 2021

Economía

China, en la trampa del ingreso medio

La segunda mayor economía del mundo enfrenta el desafío de salir de esta trampa. La ralentización económica causa preocupación.

China ha caído en la ‘trampa del ingreso-medio’ —un acontecimiento importante lleno de implicancias internas e internacionales. Su economía se está ralentizando visiblemente; la caída en la producción industrial y exportaciones inferiores a las esperadas son las últimas pruebas de este fenómeno. Los mercados de valores mundiales han respondido con nerviosismo. Pero de alguna manera, la ralentización no es culpa de China y fue enteramente predecible. La explicación es la trampa del ingreso-medio. 


Para los economistas, ese término describe un ciclo inevitable en los países pobres que apuntan a ser ricos. Los primeros avances son a menudo rápidos, cuando los países adoptan tecnologías y prácticas administrativas bien conocidas. Los trabajadores pasan de una agricultura de subsistencia a las fabricaciones básicas: textiles, vestido, zapatos. El crecimiento aumenta. Los jornales mejoran. Pero gradualmente se vuelve más difícil ir a cuestas de los avances realizados en el exterior. Los países deben depender más de innovaciones, actividad empresarial e inversiones locales. 


El crecimiento se vuelve más lento cuando los países llegan a la categoría del ingreso-medio —no son verdaderamente ricos, pero ya no son desesperadamente pobres. Desde la Segunda Guerra Mundial, muchos países han seguido ese ciclo, según estudios de los economistas Barry Eichengreen, de la Universidad de California en Berkeley; Kwanho Shin de la Universidad de Corea; y Donghyun Park, del Banco de Desarrollo Asiático. 


Japón es un ejemplo clásico de este fenómeno. A fines de los años 60 y principios de los 70, su economía se expandió a una feroz tasa de casi un 9 por ciento anual; después se ralentizó a aproximadamente un 3 por ciento, informa el estudio. El crecimiento revivió en los años 80, pero después volvió a caer. Pasó de un 4.6 por ciento, en 1990, a alrededor de un 1 por ciento en los siete años siguientes. Corea del Sur, Irlanda, Israel, los Países Bajos, Estonia y Dinamarca experimentaron ralentizaciones de ingreso-medio. 


Ahora le toca el turno a China. 


Desde 1978, cuando se iniciaron las reformas de mercado, el crecimiento económico anual promedió alrededor de un 10 por ciento. En 2012 y 2013, cayó a un 7.7 por ciento. El Fondo Monetario Internacional predice más declives este año (7.5 por ciento) y el próximo (7.3 por ciento). Podrían ser aún más bajos. 


Por supuesto, la mayoría de los países estarían entusiasmados con un crecimiento del 7 por ciento. En comparación, Estados Unidos creció un 1,9 por ciento en 2013 y Brasil, un 2.3 por ciento. Aún así, China enfrenta una transición tortuosa. Su estrategia económica es anticuada. Necesita una nueva. Eso es lo que dicen muchos economistas. Los gobernantes de China parecen estar de acuerdo. 


La vieja estrategia ha descansado en un crecimiento impulsado por las exportaciones y enormes inversiones en la industria, la vivienda y la infraestructura, alimentadas por la facilidad de crédito. El crecimiento impulsado por las exportaciones enfrenta dos problemas: El comercio mundial ha decrecido, y los clientes norteamericanos y europeos de China —preocupados por su propio desempleo— se resienten con sus agresivas tácticas de exportación. Por su parte, las inversiones masivas en la industria y bienes raíces han producido excesiva abundancia de fábricas y viviendas. 


El economista Nicholas Lardy, del Peterson Institute, expresa que la explosión de la burbuja de la vivienda presenta el mayor peligro para la economía china. Perjudicaría las industrias satélites —acero, materiales de construcción— y crearía pérdidas para bancos y otras entidades crediticias. Entre 2008 y 2013, los préstamos a familias y empresas chinas saltaron de alrededor de un 120 por ciento del producto bruto interno (una medida económica) a aproximadamente un 180 por ciento del PBI, informa la agencia de tasación de créditos Moody’s. Una ralentización severa cambiaría las cosas. 


La nueva estrategia es el crecimiento impulsado por el consumo. Los chinos ahorrarían menos dinero y gastarían más. Con más gastos la economía se mantendría activa. Recientemente, funcionarios indicaron que elevarían las tasas de interés de los depósitos bancarios en el plazo de dos años. Ese hecho se considera esencial para estimular el consumo. Si los ahorristas reciben más ingresos de los intereses, se dice, gastarán más. Las tasas más altas de los depósitos también combaten el exceso de capacidad industrial desalentando los préstamos baratos a las empresas. 


Ésa es la teoría. Pero ¿qué si no funciona? El apresuramiento de China a la modernidad ha creado actitudes ambivalentes. Los ciudadanos esperan más puestos de trabajo, jornales más altos y mejores estándares de vida. También se resienten con la omnipresente contaminación de la industrialización y el arrebato de tierras para enriquecimiento propio por parte de empresas y elites del partido comunista. 


¿Habrá una reacción negativa si la ralentización económica, el mayor desempleo y la disminución en los avances salariales decepcionan esas expectativas? ¿Cómo respondería el partido comunista? ¿Podría ocurrir que no sobreviviera? La ralentización ya ha perjudicado a países (Australia, Brasil) que satisfacían el enorme apetito de materias primas de China. ¿Cómo afectaría una ralentización más profunda a la economía global? ¿Se volvería China más nacionalista en el exterior para causar una distracción del descontento nacional? No les quepa duda: La trampa del ingreso-medio no es un inconveniente menor. Constituye un serio asunto para China y el mundo. 


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