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03 de Apr de 2020

Economía

Llegó el momento de que una mujer sea presidenta, pero no esta mujer

La Convención Nacional Demócrata me recordó que me gustan mucho los ‘primeros'

SAN DIEGO – La Convención Nacional Demócrata me recordó que me gustan mucho los ‘primeros'. El primer esto, el primer lo otro. Barreras que se quiebran. Pioneros que reciben flechazos porque son suficientemente valientes para guiar el camino.

Celebremos al primer latino en llegar al nivel más alto del Gabinete y desempeñarse como procurador general, Alberto Gonzales. Aplausos por favor para el primer afroamericano en la Corte Suprema, Thurgood Marshall. Prestemos nuestro respeto a la primera mujer estadounidense en el espacio, Sally Ride.

La primera persona que cruza una puerta nunca lo tiene fácil. La gente no sabe qué pensar de uno, porque está acostumbrada a algo diferente. Por eso tiende a demostrar su ignorancia frecuentemente. Pero es necesario derribar barreras y no hay nada de malo en mostrar orgullo cuando se derriban y en celebrar a los que blandieron el martillo e hicieron volar sus trozos.

Y cuando hablamos de un puesto electo o de nombramientos gubernamentales, también es apropiado sentir un poco de desprecio por los del otro bando, que la jugaron segura y perdieron la oportunidad de hacer historia.

Por ejemplo, cuando pienso en el hecho de que el presidente Reagan hizo historia cuando nombró a Sandra Day O'Connor a la Corte Suprema, no puedo dejar de sentir algo de desprecio hacia Jimmy Carter, Gerald Ford y Richard Nixon por no quebrar esa barrera antes. ¿Qué los detuvo?

Y ahora que los demócratas hicieron historia al nombrar para la presidencia a la primera mujer de un partido importante, es justo preguntar por qué el Partido Republicano no lo hizo antes. La republicana Elizabeth Dole se presentó a la presidencia en 2000, Michele Bachmann en 2012 y Carly Fiorina en 2016. Ninguna de ellas pudo obtener peso real en su propio partido.

Entonces, en cierto nivel, reconozco el mérito de los demócratas por hacer lo que acaban de hacer. Sus corazones están en el lugar correcto. Pero no estoy seguro, en este momento, dónde están sus cabezas.

Porque además de ser ‘Nunca Trump', también soy ‘Nunca Hillary'. Pienso que no se puede confiar en que la candidata demócrata diga la verdad, de la misma manera en que no se pudo confiar en ella con respecto a material secreto en emails transmitidos en su servidor privado.

Sin embargo, el evento de cuatro días en Philadelphia produjo algunos momentos estupendos. Me gustó especialmente la manera en que el presidente Obama y la primera dama, Michelle Obama, pusieron a Donald Trump en su lugar cuando le recordaron que no es necesario hacer de Estados Unidos un gran país—porque ya lo (BASTARDILLAS)es(TERM. BAST.). También me gustó la encantadora admisión del ex presidente Bill Clinton de que su vida ‘realmente remontó vuelo cuando conocí y me enamoré de aquella muchacha'.

Sin embargo, para mí, como padre de dos niñas pequeñas, a las que deseo ver elevándose tan lejos como sus dotes y constancia las lleven, la mejor parte fue el tema de la noche del martes de quebrar techos de cristal—y lo que significaría que Clinton se convirtiera en la primera mujer presidenta en los 240 años de historia del país.

Corriendo el riesgo de echar un balde de agua fría sobre lo que el Comité Nacional Demócrata planeó como una coronación, vale la pena tomarse un minuto para reconocer lo que no significa.

No significa que, por arte de magia, las niñas no tengan que aguantar que las desvíen, en las escuelas públicas, de las materias de matemáticas y ciencias hacia las de lenguaje y redacción. No significa que las jóvenes estarán más seguras en los centros universitarios donde la agresión sexual es tan preponderante. No significa que las mujeres que ingresan en la fuerza laboral no tengan que soportar el acoso sexual o la disparidad salarial o la discriminación laboral. Y no significa que habrá una tregua en las ‘guerras de las madres' y que las mujeres profesionales no se sentirán desgarradas por tratar de tenerlo todo, tanto en casa como en el trabajo.

Elegir a Clinton ahorrará al país la calamidad de una presidencia de Donald Trump, y quizás eso sea suficiente. Pero no ahorrará a millones de mujeres estadounidenses los retos que enfrentan, las humillaciones que aguantan y los obstáculos que deben superar. Para la mayoría de las mujeres del país, aún con una mujer como presidenta, la vida no cambiará.

Por otro lado, ha llegado el momento de derribar esa barrera. Observemos la historia estadounidense, y el estado en que está el mundo. Los hombres ya han hecho bastante daño, ¿no creen? Por eso estoy ansioso por votar por una mujer presidenta. Pero no por ésta.

THE WASHINGTON POST WRITERS GROUP