El nobel de las expectativas

  • 26/10/2026 00:00
Una economía gana mucho cuando sus ciudadanos pueden planificar con confianza y mirar al futuro con mayor certidumbre. La estabilidad monetaria, la solidez de sus bancos y la confianza en las reglas del juego ayudan a que los proyectos personales encuentren condiciones para prosperar

Una familia lleva meses mirando apartamentos. Encontró uno que le gusta, hizo números y comparó las opciones de financiamiento. Antes de firmar, sin embargo, aparece una pregunta que pesa tanto como las cuentas. ¿Cómo estaremos dentro de cinco años? A pocas calles, el dueño de una cafetería considera comprar una máquina nueva. Mira las ventas de ayer, pero también imagina los clientes de mañana.

No hace falta conocer la teoría económica para tomar esas decisiones. Sin embargo, ambas tienen mucho que ver con las ideas reconocidas este año con el Premio Nobel de Economía. Basta mirar las cifras. En Panamá, el consumo de los hogares representó el 49 % del PIB en 2024. Cada decisión parece pequeña. Juntas, ayudan a explicar cómo se mueve un país entero.

Una hipoteca se paga con ingresos, pero se firma con expectativas. Algo parecido ocurre cuando alguien abre un negocio, elige una carrera o contrata a un trabajador. El futuro, aunque todavía no haya llegado, ya influye en lo que hacemos hoy. Esa intuición está en el corazón del Premio Nobel de Economía 2026, concedido a Robert E. Hall, de Stanford, y Michael Woodford, de Columbia. La Real Academia de las Ciencias de Suecia reconoció sus contribuciones a los fundamentos microeconómicos de la estabilización macroeconómica. Dicho de forma sencilla, para comprender el crecimiento, la inflación y el empleo también hay que entender cómo deciden las personas. Un premio que parece hablar de bancos centrales empieza, en realidad, en la mesa donde una familia conversa sobre sus planes.

La noticia que cambia los planes

Durante mucho tiempo, los economistas buscaron relaciones relativamente estables entre grandes cifras. Si subía el ingreso, aumentaba el consumo; si crecía la demanda, se movían los precios y el empleo. Eran mapas útiles, pero incompletos. Los choques petroleros de los años setenta mostraron que la inflación elevada podía convivir con una actividad débil. Había que corregir el rumbo.

Hall planteó una pregunta que cabe en cualquier conversación familiar. ¿De qué depende cuánto gastamos? Partió de una idea desarrollada por Milton Friedman y Franco Modigliani. Las familias no consideran solamente sus ingresos actuales, sino también los que esperan recibir a lo largo de la vida.

Imagine dos familias con el mismo salario, los mismos ahorros y gastos similares. Una decide comprar una vivienda y la otra prefiere esperar. ¿Cuál tiene razón? Una mirada a sus cuentas bancarias no ofrece la respuesta. Hay que saber qué futuro imagina cada una. La primera puede anticipar una mejora duradera en sus ingresos y adelantar la compra; la segunda, prever compromisos importantes y preferir ahorrar. Parten de condiciones semejantes, pero sus expectativas las conducen por caminos distintos.

Hall dio un paso adicional y convirtió esa intuición en una proposición que podía someterse a prueba. Si las familias ya utilizan la información disponible para decidir, los cambios en su consumo deberían responder sobre todo a noticias nuevas y resultar difíciles de anticipar. Así, una idea sobre lo cotidiano se convirtió en una hipótesis contrastable.

La experiencia de América Latina introduce un matiz esencial. No todos los hogares pueden traducir sus expectativas en decisiones de la misma manera. Para algunos, pensar en el próximo año significa ahorrar para una vivienda; para otros, organizar cuidadosamente los gastos del próximo mes. Por eso importan la estabilidad de los ingresos, la capacidad de ahorro y el acceso al crédito. Las expectativas pueden abrir horizontes, pero las oportunidades económicas permiten recorrerlos.

La fuerza de una promesa creíble

Si Hall ayudó a comprender cómo las familias deciden mirando al futuro, Woodford mostró cómo esas expectativas se relacionan con la política monetaria. En su libro Interest and Prices (2003), consolidó un marco que conecta el consumo, la fijación de precios y las tasas de interés. No descubrió que las expectativas existen, pero explicó cómo interactúan las decisiones de hogares, empresas y autoridades, y por qué importan para la estabilidad.

Pensemos en un restaurante que prepara su menú para los próximos meses. Al fijar los precios, el propietario considera cuánto cuestan los ingredientes hoy y cuánto podrían costar mañana. En toda la economía, decisiones semejantes conectan la inflación presente con las expectativas futuras.

La sorpresa está en que un banco central puede influir en la economía incluso antes de modificar sus tasas de interés. Si las personas consideran probable que las tasas cambien mañana, algunas pueden comenzar a ajustar sus decisiones hoy. Una expectativa sobre el futuro empieza a tener efectos en el presente.

De ahí que la comunicación sea parte de la política monetaria y no un simple acompañamiento. Los bancos centrales necesitan explicar sus objetivos y cómo responderían si cambian las circunstancias. Esa función cobró especial importancia durante la crisis financiera de 2008, cuando las tasas de varios países se acercaron a cero y orientar las expectativas sobre su trayectoria futura se convirtió en una herramienta económica.

La comunicación, sin embargo, necesita credibilidad. Una promesa no reduce por arte de magia el costo de un préstamo ni llena un supermercado. Para influir en las decisiones, debe estar respaldada por instituciones capaces de actuar, políticas coherentes y resultados observables. La confianza se construye con el tiempo y se confirma con hechos.

La estabilidad también tiene rostro

También hay una lección sobre cómo avanza la economía como ciencia. La crisis de 2008 recordó la importancia de los balances financieros y las restricciones al crédito. Más tarde, la pandemia mostró cuánto pueden influir las cadenas de suministro, el ahorro de los hogares y las respuestas fiscales. Estos episodios impulsaron investigaciones que incorporan mejor las diferencias entre familias y empresas. Lejos de restar valor a Hall y Woodford, prolongan el camino que ambos ayudaron a abrir. Vista desde esa perspectiva, la estabilidad económica deja de ser solamente una cifra en un informe. Es también la posibilidad de mirar más lejos.

Cuando existe estabilidad, una familia puede preparar el presupuesto escolar del próximo año o asumir una hipoteca de hasta treinta años. Un joven dedica varios años a formarse para una profesión. Un agricultor prepara una cosecha y una pequeña empresa compra maquinaria cuyos frutos llegarán después. Ninguna de esas decisiones depende solo de las condiciones de hoy. Todas necesitan un mañana que permita hacer planes.

La estabilidad es uno de esos bienes públicos que rara vez se mencionan durante una conversación familiar, aunque sostienen muchos de sus proyectos. Su valor no consiste únicamente en moderar las fluctuaciones. También está en los horizontes que permite abrir.

Una lección para Panamá

¿Qué tiene que ver todo esto con un país dolarizado? Mucho. En una economía dolarizada como Panamá, las expectativas también desempeñan un papel fundamental. Las tasas internacionales influyen en el costo del dinero; pero la confianza en el futuro influye en la decisión de utilizarlo. Eso puede traducirse en una vivienda para una familia de Panamá Oeste, una inversión en una finca de Chiriquí o la ampliación de un negocio que crea un nuevo empleo en la ciudad.

Una economía gana mucho cuando sus ciudadanos pueden planificar con confianza y mirar al futuro con mayor certidumbre. La estabilidad monetaria, la solidez de sus bancos y la confianza en las reglas del juego ayudan a que los proyectos personales encuentren condiciones para prosperar.

Las expectativas, por supuesto, no son un ejercicio de pensamiento positivo. Una familia no compra una vivienda únicamente porque confía en el futuro. Necesita ingresos, ahorro y financiamiento en condiciones viables. El optimismo que impulsa la economía es aquel que se apoya en fundamentos sólidos.

Cuando analizamos la economía solemos mirar por el espejo retrovisor. Revisamos cuánto creció el PIB, cómo se comportaron los precios o cómo cerró el año. Conocer esos resultados es indispensable, pero no cuenta toda la historia. Las familias y las empresas toman buena parte de sus decisiones mirando también por el parabrisas, tratando de anticipar qué viene después.

Volvamos a aquella familia que visitaba apartamentos. Cuando se pregunta cómo estará dentro de cinco años, no está haciendo un pronóstico del PIB. Está pensando en la vida que quiere construir. Y esa pregunta, multiplicada por millones, ayuda a entender por qué este Nobel importa también fuera de las aulas.

No solo tomamos decisiones según el futuro que imaginamos. Con esas decisiones también contribuimos a darle forma. Una economía progresa cuando las personas tienen razones para mirar lejos, confianza para hacer planes y oportunidades para cumplirlos.

Una economía progresa cuando las personas tienen razones para mirar lejos, confianza para hacer planes y oportunidades para cumplirlos”
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