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08 de Mar de 2021

América

El gran enigma de la ‘transición’

PANAMÁ. Con la elección de un nuevo presidente, EEUU ha entrado en lo que se conoce como “período de transición”. En él, el presidente...

PANAMÁ. Con la elección de un nuevo presidente, EEUU ha entrado en lo que se conoce como “período de transición”. En él, el presidente saliente intenta dejar todo en el mayor orden posible para que el presidente entrante —especialmente si es del partido opuesto— encuentre la casa en orden y pueda empezar de la mejor manera su Gobierno.

Esto, por supuesto, es pura fantasía. El período de transición supone —en cualquier país democrático— la forma más libre e inescrutable de poder: el presidente saliente no tendrá que enfrentar más nunca al público y sus actos tampoco influirán en ninguna campaña política.

La pregunta se cae de su propio peso: ¿Qué hará George W. Bush, presidente que en sumandato llevó a su país a dos guerras, legalizó la tortura y el espionaje interno y lo deja en la mayor crisis económica del siglo? La inquietud está en el ambiente, como lo reflejó el célebre ministro baptista Jesse Jackson hace unos días en el Chicago Sun-Times: “aunque nuestras mentes nos lleven a soñar con los primeros 100 días de Obama, son otros 100 días a los que les tenemos que prestar atención: los últimos de Bush”.

EL ATAQUE EN SIRIA

Las respuestas podríamos empezar a encontrarlas en un hecho ocurrido hace 12 días: el ataque estadounidense sobre suelo sirio, que dejó un saldo de ocho civiles muertos. El 26 de octubre, helicópteros estadounidenses entraron a Siria desde Irak y atacaron la aldea de Sukkariyeh cerca de la ciudad de Abu Kamal. El objetivo, dicen, era matar a varios “simpatizantes” de Al-Qaeda, principalmente Abu Ghadiya, supuesto coordinador de esta organización en Siria.

Con este ataque, muchos creen que el presidente Bush se encargó de mandar una serie de importantes mensajes. Primero, a los sirios, recordándoles quien es el “jefe” en la región. Segundo, a los europeos, en especial al presidente francés Nicolás Sarkozy —que invitó al presidente sirio Bashar al-Assad a París— y al canciller británico David Miliband, que recibió a su homólogo sirio Walid al-Muallem en Londres solo 24 horas después del ataque. Otros, sin embargo, restan importancia al asunto y aseguran que el objetivo, el terrorista Abu Ghadiya, era muy importante como para dejarlo escapar.

El ataque, en todo caso, encaja en el patrón que ha caracterizado a la administración Bush-Cheney: fue totalmente unilateral, violó fronteras soberanas y leyes internacionales, y utilizó la fuerza como primera opción. Como “souvenir” de los últimos ocho años sería imposible de mejorar.

ANTECEDENTES

A falta de conocer el significado del ataque en Siria —como aperitivo de lo que nos espera o como hecho aislado—, lo cierto es que los períodos de transición, al menos en los últimos 20 años, han sido todo menos tranquilos. En enero de 1989, el presidente saliente Ronald Reagan reconoció a la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) de Yasser Arafat como legítima representante del pueblo palestino. Esta decisión —considerada un regalo de bienvenida a su correligionario George H. W. Bush— facilitó enormemente el camino hacia los futuros Acuerdos de Oslo de 1993. Bush, sin embargo, no fue tan generoso con su sucesor demócrata Bill Clinton: en diciembre de 1992 ordenó la intervención de tropas estadounidenses en Somalia. Ocho años después, Clinton intentó sin éxito lograr un acuerdo para solucionar el conflicto palestino-israelí, pero aún así dejó como legado unos parámetros de negociación (los “parámetros Clinton”) que son válidos a día de hoy.

LA INCÓGNITA

Entonces, ¿cuál será el “regalo de bienvenida” de Bush para Barack Obama? Los últimos meses han traído “victorias” para Bush en forma del acuerdo nuclear con la India y la eliminación de Corea del Norte de su lista negra de países terroristas. Por otro lado, es probable que la Casa Blanca aún intente lograr la aprobación en el Congreso de los TLC con Colombia y Corea del Sur. Bush planea también viajar a Perú para el Foro de Cooperación Asia-Pacífico, y no se descarta una última visita a ‘sus’ tropas en Irak.

Estos motivos han llevado a los más optimistas a pensar que Bush podría intentar dejar un legado positivo en el panorama internacional, concretamente en el conflicto palestino-israelí, aunque la complicada situación política que vive Israel hace muy difícil, por no decir imposible, la consecución de un acuerdo. Sin embargo, quedan otras opciones: podría emular a Reagan y reconocer Hamás. Podría inclusive, sueñan algunos, cambiar sus políticas en la región, disculparse con Siria, o hasta iniciar el diálogo con Irán (algo que Obama parece inclinado a hacer en todo caso).

Por supuesto, Bush podría también dejarle el panorama aún más turbio a Obama, intensificando su presencia militar en el Cáucaso —enervando aún más a unos rusos que ya anunciaron el despliegue de misiles en el Báltico— o incluso intentar un ataque en Irán (que ya advirtió que responderá con “el doble de la fuerza” ante cualquier ataque).

Bush, informó la agencia AP el pasado 12 de octubre, “ha dejado claro que quiere que la transición sea lo más tranquila posible”. El asesor presidencial Ed Gillespie declaró que “los últimos días van a parecerse más a los primeros de lo que cualquiera hubiera querido”. Para Barack Obama, que se reunirá la semana que viene con Bush, será mejor que Gillespie tenga razón.