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28 de Feb de 2021

América

En Cuba, un cardenal timorato

Después de años de bochornosa pasividad, el líder de la Iglesia Católica de Cuba, Cardenal Jaime Ortega, está empezando a manifestarse u...

Después de años de bochornosa pasividad, el líder de la Iglesia Católica de Cuba, Cardenal Jaime Ortega, está empezando a manifestarse un poco más explícitamente en contra de los más flagrantes abusos de la dictadura cubana. Pero lo hace muy tímidamente, y muy tarde.

Esta semana, Ortega hizo declaraciones inusualmente fuertes en una entrevista publicada por la revista oficial de la iglesia cubana Palabra Nueva. La noticia fue reproducida en todo el mundo bajo titulares que proclamaban: “La Iglesia cubana exige cambios”. Ortega, de 73 años, dijo que Cuba está pasando por “una situación muy difícil” y que existe un creciente “denominador común fundamental en casi todos los opinantes: que se hagan en Cuba los cambios necesarios con prontitud para remediar esta situación”.

El cardenal se refirió al reciente escándalo provocado por la muerte de Orlando Zapata, un preso político que murió tras una huelga de hambre de 85 días. Ortega repitió pedidos realizados por la Conferencia Episcopal Cubana, que demandaban que el gobierno respetara la vida de los presos de conciencia, y le pidió a Guillermo Fariñas, un disidente que está siendo alimentado por vía intravenosa desde que dejó de comer en febrero, que abandone su huelga de hambre.

Según el cardenal, el rol de la Iglesia cubana es el de “invitar a todos a la cordura”. Dijo: “El hecho trágico de la muerte de un prisionero por huelga de hambre ha dado lugar a una guerra verbal de los medios de comunicación de Estados Unidos, de España y otros. Esta campaña exacerba aún más la crisis. Es una forma de violencia mediática, a la cual el gobierno cubano responde según su propio modo”.

¿Violencia mediática? ¿Está acusando a los medios internacionales por informar sobre la muerte de una persona por una huelga de hambre tras estar cumpliendo una condena por expresar pacíficamente sus ideas? ¿Está acusando a los periodistas extranjeros por informar sobre el caso de Fariñas, quien dejó de comer para llamar la atención mundial sobre otros presos de conciencia? ¿Está acusando a los medios internacionales por señalar que Cuba tiene más de 200 presos políticos? ¿Está acusando el cardenal a los periodistas por señalar que, a diferencia de lo que ha hecho EEUU en Guantánamo, Cuba no permite que el Comité Internacional de la Cruz Roja visite las cárceles cubanas?

Intrigado, llamé a Fariñas para preguntar por su reacción. Según Fariñas, las declaraciones del cardenal “son tímidas, porque Jaime Ortega, de entrada, fue preso político, y sabe cómo lo maltrataban ahí, cómo lo golpeaban, cómo trataban de quitarle las ideas los mismos que hoy están en el poder”.

¿Por qué cree que Ortega es tan tímido?, le pregunté. “Porque la jerarquía (nacional) de la Iglesia Católica no quiere perder las prebendas que le ha dado el gobierno, como el permiso de hacer seminarios, los espacios que les han dado en las radios, y en ocasiones en la televisión.”, dijo.

Fariñas concluyó que “la Iglesia puede hacer una carta condenatoria de lo que está ocurriendo, con más fuerza que la que hizo” y que debería referirse específicamente a “los actos de repudio” contra las Damas de Blanco, señalando que esos actos “sólo se pueden dar si los orienta, ordena y manipula la alta cúpula dirigente”.

Mi opinión: No me extrañaría que Ortega haya publicado esa entrevista por presiones de sus súbditos a tener una actitud menos timorata ante lo que está pasando en Cuba. Por entrevistas con obispos y sacerdotes cubanos, me consta que muchos de ellos consideran que el cardenal ha sido un freno a los esfuerzos por defender más vigorosamente las libertades fundamentales. Ellos, y Fariñas, tienen razón.

La Iglesia Católica latinoamericana tiene una larga historia de sacerdotes que han defendido los derechos civiles y humanos y, en algunos países como Chile y El Salvador, han pagado por ello con golpizas, prisión y hasta con sus vidas. Ortega, por el contrario, pasará a la historia como un cardenal que no cumplió con la misión básica de religiosos de defender a los oprimidos. Sus nuevas declaraciones son bienvenidas, pero no es un hombre que me despierte gran admiración.