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18 de Oct de 2019

América

La ‘trama rusa', el escándalo que nunca fue

La narrativa de los demócratas se hunde tras el cierre de la investigación de Robert Mueller; con ello Donald Trump fortalece su candidatura para 2020. El mundo contiene el aliento

Las acusaciones de colusión entre Trump y el Kremlin aparecieron desde 2016, cuando entonces el magnate era el candidato presidencial.

La investigación del fiscal especial Robert Mueller llegó a su ansiado final, pero los resultados no eran los que esperaban medios y políticos críticos del actual inquilino de la Casa Blanca; en concreto, no hay evidencia de una supuesta connivencia del Gobierno de Donald Trump con Rusia.

Durante dos años algunos de los principales medios de comunicación de Estados Unidos (EE.UU.) -como CNN , MSNBC , The New York Times , The Washington Post y otros- realizaron un vasto esfuerzo por demostrar, sin evidencia, que Moscú había pavimentado el camino para que Trump llegase al poder. A través de estos canales forzaron todo tipo conspiraciones de cómo el mandatario estadounidense supuestamente era un títere del Kremlin; más parece que Mueller, su heroico campeón, ha enterrado esa posibilidad al no dar con ninguna pistas de dicha vinculación.

En un inicio les funcionó la estrategia, según un sondeo de YouGov el 87% de los votantes demócratas consideraban que Moscú había hackeado los correos electrónicos del Partido Demócrata -que luego fueron publicados por Wikileaks- para apoyar la candidatura de Trump. Más una encuesta reciente de la Universidad de Suffolk encontró que la confianza en Mueller se ha erosionado y la mitad de los estadounidenses están de acuerdo con la afirmación del presidente Trump de que ha sido víctima de una ‘caza de brujas'.

LA APLASTANTE EVIDENCIA

Hay distintas piezas claves que fueron enunciadas durante estos dos años para afirmar tal vinculación, como los reportes de compañías de ciberseguridad. Empresas como CrowdStrike -que fue pagada por el Partido Demócrata- señalaron como culpables del ataque a los correos electrónicos demócratas a los grupos Fancy Bear y Cozy Bear, supuestamente relacionados con el Gobierno ruso. Sin embargo, Jeffrey Carr, experto en seguridad cibernética, señala que la atribución de un ataque cibernético es siempre incierta.

Dichas compañías sostenían que los grupos antes mencionados utilizaban software de origen ruso, pero Carr agrega que esto sería como atribuir la responsabilidad de un asesinato a un ciudadano ruso porque el criminal -aún sin identificar- utilizó una AK-47.

Otra evidencia consistía en que dichos grupos habían atacado en el pasado a objetivos de ‘interés' ruso, como el medio TV5 Monde. Al menos una de estas compañías de Ciberseguridad -FireEye- destaca que ‘no estamos perfilando todos los objetivos de APT28 (Fancy Bear) con el mismo detalle porque no son particularmente indicativos de los intereses de un patrocinador específico. Indican áreas paralelas de interés para muchos gobiernos y no va en contra de los intereses estatales rusos'. No solo no pueden distinguir los objetivos de ‘interés' ruso de los que no lo son, sino que conclusivamente la hipótesis de que estos grupos recibían apoyo de Moscú se sostenía sobre pruebas puramente circunstanciales.

Los servicios de inteligencia estadounidenses no se comportaron mejor; en 2016, antes de que Trump ganase las elecciones, el FBI no encontraba vínculos entre el mandatario estadounidense y Moscú, pero todo cambió cuando el magnate de Nueva York venció a Hillary Clinton. Solo un mes después de las elecciones, The Washington Post publicaba que la CIA había determinado que Rusia era responsable del hackeo a los correos electrónicos del Partido Demócrata y había brindado estos documentos a Wikileaks. Otra publicación del The New York Times , que contaba la misma historia, paso desapercibida porque mostraba la hipocresía de Washington. En dicha nota se publicó que Moscú había interceptado una llamada entre Victoria Nuland, del Departamento de Estado estadunidense, y Geoffrey Pyatt, embajador EE.UU. en Ucrania. En dicha conversación se habló de un ‘esfuerzo estadounidense para negociar un acuerdo en Ucrania'; dos semanas después de esta llamada se produjo el golpe de Estado contra Viktor Yanukovych, pura coincidencia.

Una publicación del Times , previa a la del Post ya mencionada, también sostuvo que Moscú estaba detrás de las filtraciones del Partido Demócrata. ¿Cuál fue la aplastante evidencia? Básicamente las declaraciones de funcionarios rusos que sugieren que Moscú no era partidario de Clinton. Habría que dar un salto muy largo para concluir que con esas declaraciones es suficiente para deducir que el Kremlin estaba detrás de las filtraciones.

¿Y la lista de condenados? Es una lista larga, destacando el exabogado de Trump, Michael Cohen, el exjefe de campaña, Paul Manafort, ayudante de campaña, Richard Gates, el exconsejero de seguridad nacional, Michael Flynn, entre otros más.

En el caso de Cohen, en su más reciente testimonio ante el Congreso, este dijo que no había visto evidencia de colusión entre Trump y Rusia. Aseguró que nunca ha estado en Praga, ripostando a un testimonio que afirmó que él viajó allí para entregar pagos a hackers rusos. Esto último se torna en un serio golpe a la credibilidad del dossier de Christopher Steele, ex oficial de inteligencia británico, responsable del testimonio antes mencionado.

También socavó las conjeturas sobre los vínculos entre la organización Trump y Putin en torno a un apartamento de unos $50 millones. La mentira se trató de ‘un truco de mercadotecnia' propuesto por el colega del exabogado del magnate, Félix Sater, señaló Cohen.

Otras acusaciones en su contra, como la hecha por Buzzfeed News , de que Trump ordenó a Cohen mentir ante el Congreso bordean ya hacia el terreno de las teorías conspirativas. ¿Ahora también aceptamos que las vacunas producen autismo y que fumar marihuana te hace homosexual? O se puede llevar esto un paso más, ¿será Mueller un espía ruso? No parece haber tope en esto.

En concreto, los crímenes federales que Cohen sí ha aceptado son ocho; incluyen las infracciones al financiamiento de campaña relacionadas con los pagos de dinero secreto a dos mujeres que alegaron tener encuentros sexuales con el ahora presidente de EE.UU., reporta el Wall Street Journal .

‘Se acaba de anunciar que no hubo colusión con Rusia. Era lo más ridículo que había escuchado. No hubo colusión con Rusia. No hubo obstrucción',

DONALD TRUMP

PRESIDENTE DE EE.UU.

¡Pero está Manafort!, se dirá. Mueller acusó a Manafort de mentirle a su equipo acerca de compartir datos de las encuestas de Trump con un ciudadano ucraniano-ruso de nombre Konstantin Kilimnik, en algún momento de la campaña presidencial de 2016. Según el FBI Kilimnik tiene relación ‘con la inteligencia rusa', aunque sin especificarla. Hasta la fecha no se han producido acusaciones por este problema, tampoco aparece en los dos memorandos de sentencia de Mueller sobre el caso contra Manafort. Corrupción y delitos financieros son los problemas que pesan sobre Manafort. En cuanto a Flynn y Gates, ambos fueron acusados por mentir a los servicios de inteligencia, pero sin que eso apunta a la colusión Trump-Rusia.

Esta a su vez los trece ciudadanos de origen ruso y las tres compañías rusas señaladas por Mueller de estar detrás de la ‘Granja de Trolls Rusos'. Poco se puede agregar, en el sentido de que su campaña de propaganda logró unos míseros retuits y contaba con un presupuesto insignificante al lado de los millones de la campaña de Clinton. Se puede continuar, más el caso es que el fiscal especial a cargo de sacar a la luz la trama rusa no ha desvelado nada, porque tal parece que nunca hubo tal colusión.

TRUMP SALE FORTALECIDO

El fiasco de los diálogos con Corea del Norte será olvidado en favor de esta victoria política a favor de Trump, quien seguramente buscará la reelección en 2020. Con ello los demócratas se quedan sin una de sus principales narrativas para ganar votos en los próximos comicios estadounidenses; sólo les queda ‘Trump es malo' o ‘el muro de Trump es malo'.

No son narrativas particularmente fuertes, porque no comprometen a la oposición demócrata -ni a nadie que se haga eco de ellas- con políticas concretas que aspiren a mejorar la calidad de vida de la ciudadanía de ese país. A mediados de 2018, una encuesta de Gallup, evidenciaba que el público estadounidense se estaba cansando de ese cuento y sus preocupaciones se centraban en otros aspectos. Entre dichas preocupaciones, la trama rusa ni siquiera aparecía, siendo la inmigración la principal (22%), en segundo lugar la insatisfacción con el Gobierno (19%) y de tercero el racismo (7%).

Está también la propia hipocresía de los demócratas, pues muchos de sus senadores y congresistas apoyaron en 2018 el millonario presupuesto militar de Trump para 2019. Este presupuesto fue de $82 mil millones más que el presupuesto previo, y fue más de lo que solicitó la administración de Trump.

De los peores destacan demócratas como Joe Manchin III, el cuál ha votado un 58.5% de las veces a favor de las políticas del magnate de Nueva York. Incluso figuras de la ‘izquierda' como Bernie Sanders tienen algunos votos cuestionables; entre ellos destaca su apoyo a la confirmación de Andrew Wheeler, excabildero de la industria del carbón, quien fue designado para dirigir la Agencia de Protección Ambiental -ponga énfasis en las dos últimas palabras del nombre de dicha institución-.

Superar a Trump tampoco se trata de una tarea titánica, más para ello el Partido Demócrata habría de comprometerse con políticas concretas como el ‘Medicare for all', cuyo apoyo excede el 70% a nivel nacional. Y es que el miedo ruso ya no funciona, ni se entiende.

Calificar las sanciones económicas contra Moscú o los ataques contra importantes aliados del Kremlin -Venezuela y Siria- por parte de Washington como parte de un plan macabro de Putin, ¿no sería ir demasiado lejos? Así se llega al punto de que todo lo que haga Trump, aun cuando contraría los intereses de Moscú, es una orden de su homólogo ruso, porque supuestamente eso traerá en un futuro lejano resultados positivos.